Jonston y La Estrella de David en concierto. Madrid, El Sol, 5 de diciembre de 2018.
Jonston hace canciones de esas que hay que saberse y destrozar mientras preparamos las lentejas. Canciones que podemos cantar desafinados y convertir en una cosa nuestra e irreconocible. La esencia del pop de fans en un cuerpo de cantautor alternativo y relajado, que las canta campechano y contenido. Jonston podría ser el primer artista favorito de cualquiera. Hasta de nuestras madres, si se ponen a ello con dedicación. Jonston, es hacerse viejo por fuera, pero no por dentro. Conservados en ámbar. Ámbar de estribillos casi perfectos, que tal vez sea leve con su nombre, a punto de desaparecer. Jonston va a ser José Ignacio Martorell.
La Estrella de David compone las canciones perfectas, que habitan en el envase equivocado. O no. Quizás podría ser el músico más completo de la escena española, con todas las virtudes desvirtuadas. O una moda enquistada de la que no sabemos cómo librarnos. Pero ahí está, con la gestualidad de Rafael, follandose mentes demasiado secas como para prescindir de lubricante. La paradoja de las mentes brillantes, ofuscadas y disimuladas detrás de una nube de minúsculas, estúpidas moscas.
Pero qué sensación, escucharlo como si hubiera estado ahí siempre. Tan familiar, repetido, conocido, obvio y genial. Mecano sin Lagaguirre y Luis Cobos. Alaska sin Dinarama. La Uniøn sin cocaína. Aute sin el Santísimo clítoris. España sin rojigualda. Incompleto y lleno de sentido, incomprensible, cristalino… Es fácil entender el llenazo en El Sol, como una suerte de peregrinación, una apología del misterio y la imperfección, un descenso a las catacumbas o al portal del infierno, donde espera con las bolsas de las basuras. A pesar de los tontos y del siglo XXI, de su estupidez para masas y masillas, de ese besamanos horrible que debió organizarse, aquella noche tuvo magia, suciedad, errores y canciones de las de verdad.