Me acaba de hablar una amiga, histérica porque nadie sabe nada de su hermana desde las 18:30 de hoy. Jorgelina se fue de su casa para laburar esta mañana, salía a las 18:30 y se volvía directo a su casa. Trabaja en el Pizza Z de la Núñez y vive en Argüello, cerquita del Paseo Rivera. La última vez que alguien habló con ella fue el novio esta tarde a las cuatro cuando le dijo que terminaba de laburar y se volvía para su casa. El jefe dice que a las seis y media terminó su turno y se fue. Desde entonces nadie sabe nada, ni el novio, ni el jefe, ni los amigos, ni los compañeros del laburo que la familia conoce, ni la familia. Son casi cuatro horas, y por ahí no parece mucho pero para la gente que la quiere es una eternidad. Su teléfono suena y ella no atiende. Tenía crédito, tiene batería y tenía plata encima. Me escribió histérica mi amiga recién y todo lo que puedo pensar es en que no quiero. No quiero quiero que encuentren a Jorgelina en algún descampado sin vida o peor, que desaparezca y nadie la vea nunca más como si todavía viviéramos en dictadura. No quiero ver marchar a mi amiga con un cartel con la sonrisa de su hermana pidiendo por justicia. No quiero que sus viejos se pregunten toda la vida qué podrían haber hecho. O qué hicieron mal. No quiero tener que llorar a otra mina más. No quiero. Y qué triste que lo primero que se nos venga a la cabeza cuando alguien no contesta sea que no la vas a ver más. ¡Aparecé Jorgelina!