Como Bonnie y Clyde || Bex & Cyris.
Las alarmas chillaban con su tecnología ultrasónica, diseñadas para emitir una frecuencia que debería paralizar a quienes las escuchasen, salvo que estuviesen protegidos por audífonos especiales. Por desgracia, Bex no contaba con uno de esos aparatos (aún), por lo que tapones de cera tradicionales tuvieron que hacer servir en su lugar. Bloqueaban la frecuencia paralizante, pero definitivamente no el ruido estridente. Si a eso se le agregaba el factor a contra reloj antes de que llegaran los guardias del edificio y la policía, y la situación se volvía bastante estresante. Por fortuna, Bex estaba acostumbrada a trabajar bajo presión.
El edificio se cerraba automáticamente en caso de robos, por lo que su primera preocupación era revertir aquello y abrir un hueco por el que pudieran escapar. Usó la pistola para volar el revestimiento de metal que protegía el aparato central de seguridad antes de dejarla a un lado y arrodillarse frente al los mandos. Sacó de su mochila entonces un pequeño computador portátil que se aderió al aparato de seguridad, dándole acceso al sistema operativo.
Puesto a que no podía hacerse oír con esas alarmas infernales, le dio un codazo a Cyris para que la mirara y con un gesto de la mano le indicó que le cubriera las espaldas mientras ella se centraba en hackear el sistema y abrirles una puerta. Con un poco de suerte, no le llevaría mucho tiempo. Llevaba semanas practicando para romper ese particular sistema operativo de seguridad en tiempo record. Si el código no había sido alterado, era cuestión de minutos.
Le llevó menos que eso quebrar el primer código de seguridad, lo cual no supuso una gran victoria porque descubrió que habían varios otros antes de poder llegar al que abría las puertas. De momento, al menos, había conseguido detener las alarmas, y el silencio jamás le había resultado tan placentero como en aquel instante.
—Voy a necesitar un par de minutos extra. Estos desgraciados instalaron más de un código de seguridad. Pero estoy segura de que puedo resolverlos, dame cinco minutos—le informó al hombre de pie junto a ella, sin dejar de teclear incluso cuando no estaba mirando a la pequeña pantallita de su portátil de hackeo.