Cuando te acercas a temas de derecho y necesitas que te expliquen algunos conceptos de la manera más simple

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Cuando te acercas a temas de derecho y necesitas que te expliquen algunos conceptos de la manera más simple
La ley puede ser tu mejor cortafuegos. Repasamos las herramientas jurídicas y la jurisprudencia de 2026 que protegen tu privacidad frente a la intrusión arbitraria. #DerechoDigital #Privacidad #Ley #DefensaJudicial
Carlos A. Aldao
Era hijo de Carlos Aldao y de Luisa Maciel. Cursó los estudios preparatorios en el Colegio de la Inmaculada Concepción de la ciudad natal de 1870 a 1878, y se graduó de doctor en jurisprudencia en la Facultad de Derecho, en Buenos Aires, en 1884, con una tesis sobre Divorcio. Se alejó tempranamente de las propiedades rurales que había heredado de sus mayores. Ingresó a la magistratura: fue juez y camarista de la Justicia de Paz; secretario de la Legación argentina en Washington en 1893.
INCUMPLIMIENTO DE OBLIGACIONES ALIMENTARIAS. EL PERIODO DE COMISIÓN DEL DELITO COMPRENDE DESDE EL INICIO DEL ABANDONO DEL DEBER HASTA EL EJE
¿Hasta cuándo se computa el delito de incumplimiento de obligaciones alimentarias? 🤔⚖️ La jurisprudencia lo aclara con precisión: el periodo delictivo no termina en la audiencia inicial ni en la sentencia, sino que se extiende desde el primer día de abandono del deber alimentario hasta el momento exacto en que el Ministerio Público ejerce la acción penal (art. 211 CNPP). 📅➡️📄 Esto garantiza certeza procesal: el imputado conoce con exactitud el lapso que se le imputa, respetando el principio de congruencia y sus derechos de defensa. ⚖️🛡️ ¡Ojo! Si tras la denuncia y antes del ejercicio de la acción penal el deudor reanuda el pago de forma ininterrumpida, el periodo se cierra en esa fecha de cumplimiento —aunque el MP señale otra en su acusación. ✅ ¿Y si sigue sin pagar después de que el MP ya ejerció la acción? 🔁⚠️ Esos nuevos incumplimientos no se acumulan al mismo delito, sino que deben investigarse como un hecho nuevo o integrar un concurso real homogéneo. 🔄🧾 Así se protege tanto el derecho del alimentista a recibir lo debido como la seguridad jurídica del procesado. 💡 Un criterio que equilibra protección a la víctima y garantías individuales en un delito de tracto sucesivo. 👨👩👧👦⚖️ ¿Lo aplicas así en tus casos? #AbogadoPenalista #derechoPenal #jurisprudencia #justicia #derecho
RETRACTACIÓN DE TESTIGO. NO SE ACTUALIZA EN EL SISTEMA PENAL ACUSATORIO CUANDO LA VÍCTIMA O TESTIGO EN EL JUICIO ORAL SE DESDICE TOTAL O SUSTANCIALMENTE DE LO DECLARADO EN LA ETAPA DE INVESTIGACIÓN, P...
¿Qué pasa si un testigo modifica su versión en el juicio oral respecto a lo dicho en la investigación? 🔍⚖️ En el sistema penal acusatorio, no existe la "retractación" como figura probatoria. Solo cuenta lo declarado frente al juez, sometido a interrogatorio y contrainterrogatorio. Las declaraciones previas ante el Ministerio Público carecen de valor probatorio autónomo —son apenas antecedentes. Esto refuerza los principios de inmediación y contradicción: la verdad procesal se construye en audiencia pública, no en despachos cerrados. 👥💬¿Significa esto que las inconsistencias no importan? ❌ ¡Al contrario! Pueden explorarse en contrainterrogatorio para cuestionar credibilidad, pero jamás para dar valor probatorio a la versión inicial. El juzgador debe valorar únicamente lo expuesto en juicio, integrándolo al acervo mediante la sana crítica y la lógica 🧠⚖️ —nada de condenas o absoluciones automáticas. Un paso firme hacia un sistema verdaderamente oral, transparente y garantista. ✨🛡️#derechoPenal #jurisprudencia #justicia #derecho #Abogadas
La FIFA y los tribunales nacionales europeos (Sentencia C-600/23)
Carlos Soto. El 1 de agosto de 2025, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) (Gran Sala) dictó una sentencia crucial (Caso C-600/23) que aborda el tema de protección judicial efectiva en la Unión Europea cuando se invocan laudos arbitrales emitidos por el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS/CAS) en Suiza. 1. El Conflicto de RFC El litigio principal enfrentó al Royal Football Club…
ATACAN A JUECES DE MANERA PERSONAL "Este señor es un ser despreciable por muchísimos motivos" "El PP, Miguel Ángel Rodríguez, cuando atacan, como ha sido este caso, también con la jueza de la Dana, van a por los jueces de manera personal" Blanca Ibarra en Malas lenguas Video publicado por ferna.d @ferna1_diez
Las oportunidades perdidas de la «nueva derecha». Por una crítica constructiva
Por Robert Steuckers
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
En abril/mayo de 1987 Guillaume Faye abandonó el GRECE, principal centro del movimiento político-intelectual francés que los periodistas habían bautizado como «nueva derecha», con el fin de darle un nombre mediático. Faye había permanecido en ella durante casi quince años y había llevado al movimiento a lo más alto en sus momentos de gloria. Salió de él disgustado. En un texto recapitulativo que redactó y que se publicó a finales de 1998 en un libro titulado L’archéofuturisme (ed. L’Æncre, París), expresa claramente su decepción; en un memorándum que no desea que se publique, pero que nos ha facilitado, había puesto de manifiesto la abrumadora responsabilidad de Alain de Benoist en el fracaso de este movimiento de pensamiento, muy prometedor en sus inicios, porque quería reactivar lo que las ideologías dominantes habían reprimido y lo que los múltiples reduccionismos presentes en la sociedad excluían o se negaban a tener en cuenta. En L’archéofuturisme, Faye, con un lenguaje más moderado que en su memorándum, enumera los defectos del movimiento y nos indica cuáles fueron los callejones sin salida en los que este se extravió y se empantanó (paganismo folclórico, izquierdismo revisado, fetichismo por palabras vacías, etc.). A continuación, esboza once propuestas para relanzar una dinámica, que no tiene por qué llamarse necesariamente «nueva derecha», ya que el concepto ha fracasado y ahora está cargado de demasiadas ambigüedades.
Las opciones filosóficas de Faye ponen el acento en el futurismo, en la prospectiva más que en la arqueología o la memoria, aunque afirma claramente que toda prospectiva futurista debe tener fundamentos históricos, referentes arquetípicos. Sin embargo, la lectura de sus textos y la escucha de sus discursos muestran que la fulgurante personalidad de Faye no tiene ningún deseo de verse demasiado cohibida o incapacitada por el peso de una herencia, sea cual sea. Ya que nos exhorta a practicar y propagar un «arqueofuturismo», una especie de mezcla de helenismo ideal y fulgurantes ideas al estilo de Marinetti —que Faye sitúa gustosamente en un entorno urbano y arquitectónico que combina a Vitruvio y Mies van der Rohe —, hagamos a nuestra vez un balance y esbocemos un proyecto para este volumen, cuyo objetivo principal es inaugurar la era de la «post-nueva derecha». Nuestro enfoque será quizás menos «futurista» que el de Faye, ya que privilegiará las continuidades históricas, sin caer por ello en arcaísmos que condenan a la inacción y «museífican» los discursos.
Una terminología ambigua
Pero antes de entrar en materia, recordemos que el término «nueva derecha» es demasiado ambiguo: la «new right» de los países anglosajones se asimila a una curiosa mezcla de viejo conservadurismo, neopuritanismo religioso y neoliberalismo ofensivo (durante el ascenso al poder de Reagan); la «Neue Rechte» alemana tiene un pasado decididamente nacional-revolucionario; la nueva derecha francesa está impulsada esencialmente por una asociación de lucha metapolítica, el GRECE (Groupement de Recherches et d’Etudes sur la Civilisation Européenne). Nuestras críticas no se dirigen a la «nueva derecha» anglosajona, cuyos postulados no compartimos y que se desarrolla en ámbitos políticos que no son los nuestros, ni, con mayor razón, a la «Neue Rechte» alemana, de la que nos sentimos muy cercanos, sino al GRECE (cuyos logros positivos no negamos) y a su «gurú», que siempre ha rechazado cualquier dirección colegiada, ha desarrollado un culto infantil a su personalidad y se ha rodeado de fanáticos devotos y sin cultura, cuyo séquito habría inspirado a Jerónimo Bosch y hecho la fortuna del Dr. Freud. De club político-cultural ofensivo y rupturista, el GRECE se ha transformado en una secta estrecha de amigos más o menos extravagantes, animada por un «canciller», una especie de gagman sexagenario, bocazas siempre ocupado en montar sketches de dudoso gusto, que no tienen nada de elitista, filosófico ni metapolítico. Triste epílogo...
Sin embargo, el caso del GRECE no comenzó como una broma (salvo si nos referimos a Roland Gaucher) (1). El GRECE constituyó una reacción saludable contra el dominio vulgar de la izquierda sobre las mentes de 1970. Esta reacción, esta voluntad, permitió sacar a la luz toda una serie de temas históricos u orgánicos, introducir en el debate temas biológicos o los descubrimientos de una psicología diferencialista abordados en Estados Unidos o Inglaterra (Ardrey, Koestler, Eysenck, etc.). La explotación de la obra de Konrad Lorenz e Irenäus Eibl-Eibesfeldt explica el gran éxito del GRECE, y también explica por qué nos sentimos inevitablemente atraídos por él. Los números de Eléments o Nouvelle école de 1975 a 1986 siguen siendo fuentes de referencia ineludibles. A pesar de las inevitables lagunas, debidas a la escasez de medios y personal, el corpus fue tomando forma, suscitando debates y fecundando mentes. Algunos adversarios de la ND reconocieron la importancia de sus aportaciones (Raymond Aron, por ejemplo).
En los años de auge de la ND, se formó discretamente a decenas de cuadros, que luego se incorporaron a diversos niveles de la vida política o cultural de Francia. Lejos de las miradas, estos hombres y mujeres siguen haciendo un buen trabajo, en redes asociativas, en módulos de investigación, en editoriales... Pero han abandonado la secta, ya no la frecuentan, lamentablemente ya no influyen en los jóvenes que buscan un camino y ya no utilizan ese lenguaje codificado, reconocible y estereotipado, que revela más una vulgata que un método.
La ND: un buen comienzo
Otra aportación nada desdeñable de la ND: haber contribuido a «desculpabilizar» la cultura denominada de derechas, demonizada desde 1945. Este es sin duda el principal motivo del odio que la izquierda establecida profesa a la ND y a la empresa de Alain de Benoist. Este odio se desplegó con una ferocidad patológica a partir del verano de 1979, cuando la ND ejercía una fuerte influencia en una revista semanal de gran tirada, Le Figaro-Magazine, dirigida por Louis Pauwels. Alain de Benoist tenía allí la sección de «ideas», un puesto de vanguardia muy eficaz para cambiar mentalidades e indicar nuevas vías a la cultura francesa. La idea de una «escuela de pensamiento» que formaba a cuadros con total autonomía, la voluntad de destruir las represiones de la cultura dominante y de proponer algo nuevo, sin recurrir nunca a viejas ideas, contribuyeron a forjar el «mito ND». Sin embargo, muy pronto la ofensiva fracasó: la ideología dominante, los vigilantes de la república, la izquierda parisina, los devotos de un catolicismo progresista o integrista se aliaron contra la recién llegada y la obligaron a retirarse. La ND tuvo que ceder ante el neoliberalismo y el culto moralizante de los derechos humanos (que encubría las peores negaciones de derechos que jamás haya conocido la historia). En las propias filas de la ND, el entusiasmo dio paso al resentimiento. La lucidez desapareció en favor de la paranoia. En lugar de admitir que la ND se retiró, tras una hermosa lucha, porque sus efectivos eran demasiado reducidos y aún insuficientemente formados, el microcosmos neoconservador parisino se sumió en llantos y crujir de dientes. Quince años después de la resaca, a pesar de la oportuna apertura de nuevas vías (ecología, comunitarismo, etc.), ninguna reflexión filosófica real y profunda ha venido a reforzar las opciones iniciales. Los deseos piadosos y las lamentaciones antitecnicistas o antiliberales no pueden sustituir al discurso crítico: hubiéramos deseado un estudio más profundo de Carl Schmitt, Gramsci, Hans Jonas, Sombart, De Man, etc. Y una inmersión en el vasto océano de la posmodernidad filosófica (Lyotard, Foucault, Deleuze, Guattari, etc.), lo que habría sido muy natural para un movimiento de origen francés.
En junio de 1989, durante una sesión de formación en el «Círculo Heráclito», abierta a los cuadros del movimiento, quise marcar mi regreso al GRECE, tras un eclipse de casi seis años, llamando la atención de los cuadros (o lo que quedaba de ellos...) sobre la amplitud y la pertinencia de la crítica contemporánea de los filósofos franceses: solo encontré indiferencia, incomprensión y hostilidad (para leer el texto de esta intervención, véase «La genèse de la postmodernité», en: Vouloir, n.º 54/55, 1989). «No he entendido nada», me dijo un dirigente después de mi exposición.
Del mismo modo, las opciones biologizantes del GRECE necesitaban —Alain de Benoist no me contradirá, aunque recientemente haya vuelto a su manía contable de calcular cocientes intelectuales— una sólida renovación. Me parecía necesario abrir las investigaciones de la ND a las teorías de la cognición humana, propuestas por los discípulos de Konrad Lorenz, supervisados por Riedl y Wuketits, retomar la teoría de los sistemas de Ludwig von Bertalanffy y su actualización por el japonés Maruyama, introducir en los debates franceses los trabajos del alemán Friedrich Vester (véase mi ponencia en el seminario de mayo de 1989 del equipo de Vouloir, celebrado en Flandes y al que asistió un equipo de directivos del GRECE dirigido por Charles Champetier: «Biologie et sociologie de l’“auto-organisation”», en Vouloir, n.º 56/58, 1989). «No he entendido nada» fue una vez más la reacción de un directivo (no, no, no era Champetier: se había ido al campo flamenco en busca de una tienda que vendiera cigarrillos. Este adicto estaba en abstinencia... hay que entenderlo...).
En febrero de 1991, en Perugia, Umbría, durante mi ponencia en el coloquio de las ND francesa (A. de Benoist), italiana (M. Tarchi y A. Campi) y británica (M. Walker), insistí en tener en cuenta el método de Derrida para evitar desarrollar una concepción rígida de la identidad, propia de ciertos partidos nacionalistas o populistas, cuyas insuficiencias subrayaba el propio de Benoist. Quise respaldar esta crítica de Alain de Benoist situando el debate en un plano politológico y filosófico, negándome a dejarlo en el de las invectivas estériles (véase «Dévolution, Grand espace et régulation», en: Vouloir, n.º 73/75, 1991) (2). Esta crítica del «identitarismo rígido» implicaba una reflexión sobre los conceptos de différAnce y différEnce en Derrida. Como único comentario, tras mi exposición, de Benoist me preguntó por qué había hablado de ese «imbécil» de Derrida. Parecía tomarme por loco.
Una negativa a abandonar sus insuficiencias...
Estos tres incidentes, un tanto burlescos, muestran que, en el seno de la ND, no existía una voluntad clara de distanciarse de ciertas insuficiencias o ciertos pasadismos, ni de consolidar sus buenas intuiciones iniciales. La ND no quería abrirse al pensamiento francés contemporáneo, mientras que todo el debate alemán y estadounidense está profundamente marcado por las aportaciones de Foucault, Deleuze, Lyotard, Derrida, etc. La ND no quería responder seriamente a la crítica incansablemente repetida de «biologismo» que le dirigían sus adversarios. Debería haber reivindicado su organicismo biologizante, pero respaldándolo con argumentos científicos incontestables, en lugar de quedarse petrificada por el miedo cada vez que un adversario le reprochaba hacer «biopolítica». La ND llegó a demonizar ella misma todo discurso biologizante-organicista, con argumentos poco sólidos, extraídos de doctrinas éticas poco realistas o de una lectura un tanto superficial de las críticas tradicionalistas formuladas contra el vitalismo. Por último, los comentarios despectivos de Alain de Benoist sobre el pensamiento de «Derridada» son bastante sorprendentes, si tenemos en cuenta que la ND sigue siendo acusada hoy en día de haber fundado un «discurso identitario», retomado por la extrema derecha, acusada a su vez de desarrollar una visión estrecha y rígida de la identidad. A pesar de sus apasionados discursos contra Le Pen («el programa del FN me revuelve el estómago», respondía a los periodistas de una revista repleta de monstruosas faltas ortográficas), de Benoist no desarrolla una teoría válida de la identidad que escape tanto al fijismo de las viejas derechas como a las críticas de los profesionales del antifascismo.
A principios de 1999 la ND acaba de publicar su primer manifiesto (uf, por fin, ya está...). Si bien las pistas sugeridas o las observaciones que se formulan en él cuentan con mi aprobación en líneas generales, considero sin embargo que este manifiesto se queda en el nivel de los buenos deseos o de la protesta moralizante. Le faltan precisamente buenas referencias filosóficas.
Mi autocrítica
Por último, mis críticas pueden parecer ociosas después de tantos años siguiendo los pasos de la ND. De hecho, se podría fácilmente lanzar la crítica: «¿Qué has estado haciendo durante tanto tiempo?». En mi defensa, diría que no había nada más en la francofonía y que mi interés por el GRECE era paralelo a mi interés por iniciativas alemanas e italianas de la misma naturaleza. De hecho, estoy suscrito a Criticón y Junges Forum desde 1978, mucho antes de mi paso por el GRECE. Leía Linea de Pino Rauti y compraba las versiones italianas de los libros de Evola que no estaban traducidos al francés. Muy pronto pude comparar las ventajas y los defectos de unos y otros. Luego, a partir de 1976, seguí muy de cerca las iniciativas de Georges Gondinet, que en aquella época no tenían nada que ver con las del GRECE. Siempre he optado, me parece, por la pluralidad de fuentes de información frente al reduccionismo y el agotamiento sectarios. Es una opción que me sigue pareciendo válida: por eso pido a todos los que se interesan por la ND porque quieren salir de la monotonía dominante que no reduzcan sus fuentes de información a una sola y única oficina, sino que busquen sistemáticamente la diversidad. Es mediante una práctica diversificadora y diferenciadora (¡Derrida!) como los «refuzniks» que somos acabaremos por comprender y abordar la realidad en todas sus facetas. Y así ganar la batalla metapolítica, prometida por de Benoist, antes de que operara sus tímidos repliegues: miedo a la política, miedo a los populismos, miedo a los periodistas que lo critican, miedo a los lenguajes francos y crudos, miedo a reafirmar su biologismo, miedo a ser tachado de fascista, miedo a no ser recibido por algún pez gordo. No hace falta ser un gran filósofo para condenar y despreciar tal actitud. Basta con recordar el adagio: el miedo es mal consejero.
La «nueva derecha» y la historia
Las miradas que la «nueva derecha» francesa ha hecho sobre la historia de Europa siempre han sido borrosas y ambiguas. En cuanto a la «nueva derecha» italiana, se ha preocupado mucho por redefinir la historia del fascismo (cuando esta tarea ya había sido asumida plenamente por Renzo de Felice o Zeev Sternhell). Redefinir el fascismo era la tarea de su principal promotor en la universidad, era su trabajo como investigador, y ninguno de nosotros cuestionará, evidentemente, esta función que era y sigue siendo suya.
En París, la vulgata ND —al decir «vulgata», no culpo ni a de Benoist ni a otros exponentes de la ND, sino a una corriente difícilmente definible que se ha asimilado erróneamente a la ND y que impregna todo el campo de la derecha francesa— no ha desarrollado una visión coherente de la historia: como mucho, se percibe en ella una vaga mezcla de visión decadentista y nordicismo (indoeuropeo), donde los acentos pesimistas de Gobineau (mal leído) y Spengler (mal digerido) se mezclan con los acentos «normandistas» y pesimistas del último Drieu. Cada uno de estos autores es apasionante en sí mismo. Cada uno de ellos nos ofrece una obra con múltiples capas:
Gobineau, en particular, además de su nordicismo (que se le reprocha vivamente), rehabilita el papel de Persia en la influencia de los pueblos indoeuropeos y critica el intelectualismo helenístico (fuente de declive); Persia nos legó, en particular, una ética guerrera y caballeresca, de la que heredarán, tras muchos rodeos y a través de un filtro cristiano, los caballeros medievales; toda una historiografía y muchos rumores hacen de Gobineau el inventor de un racismo agresivo que acabará desembocando en «lo impensable»; en realidad, Gobineau fue un gran viajero abierto al islam iraní y a Oriente, que despreciaba a los «pequeños muertos de hambre» (como llamaba a los inútiles de los barrios elegantes de París) y no consideraba a Europa como «el ombligo del universo» (cf. Jean Boissel, Gobineau (1816-1882). Un Don Quichotte tragique, Hachette, 1981; véase también Alexis de Tocqueville, Œuvres Complètes, Tome IX, Correspondance d’A . de Tocqueville et d’A. de Gobineau, Gallimard, 1959). Gobineau fue quien abrió el pensamiento francés a los místicos panteístas de Persia, quien, mucho antes que Derrida, reclamó una apertura de nuestro pensamiento a este universo intelectual.
Spengler, con su noción de pseudomorfosis de las civilizaciones, con su mito turaniano, su clasificación de las culturas (fáustica, mágica, etc.);
Drieu, con su experiencia como combatiente en 1914, su paso por el dadaísmo (y su participación como testigo de descargo en el «proceso Barrès»), su carrera como escritor parisino, sus tentaciones políticas (Doriot, etc.), sus reflexiones sobre las tradiciones, en particular sobre Guénon, descubiertas tardíamente con la publicación de su Diario.
Estos tres autores pueden interpretarse de maneras muy diversas. Escapaban o deberían escapar a toda vulgata y a todo reduccionismo interpretativo.
Una vulgata lamentable
Por otra parte, buena parte de los militantes del movimiento de la «nueva derecha» parisina se consideraban herederos de este complejo ideológico más místico que político, más idealista que concreto, un complejo que se cultivaba en un gueto con exclusión de cualquier otro y que mezclaba el «fascismo francés» y los «escritores malditos de la colaboración». Al mismo tiempo, mezclaban este complejo corpus con la corriente nordicista, procedente de una lectura muy parcial de Gobineau o incluso de Vacher de Lapouge (3), en la que la historia se percibía como la continua disminución de la influencia física y metafísica de los pueblos germánicos en Europa, de la que Francia, su país, solo era heredera en parte, una heredera que, además, había rechazado explícitamente este legado desde el abad Siéyès.
A grandes rasgos, digamos que, antes de la actualización de 1990, en las primeras décadas de la historia de la ND, consciente o inconscientemente, se hacía hincapié en la línea Gobineau-Drieu la Rochelle, retomando los panfletos antifascistas y antirracistas, pero esta opción, entre los camaradas pseudonacionalistas y neoderechistas, se reivindicaba con cromos brekerianos como bonus; esta línea se desvinculaba de cualquier contexto político real y se simplificaba en una vulgata bastante limitada, suscitando la compasión de todos aquellos que viven a diario los embates del mundo real, sea cual sea su forma. En los pasillos y entre bastidores de la ND parisina, se tenía la impresión de vagar por una utopía irreal, bajo una burbuja de cristal donde se condenaban todos los hechos de la vida real que contrariaban la imagen ideal del mundo, de los hombres y de los franceses, soñada por esos pequeños estudiantes fracasados o esos mediocres empleados de banca subalternos, con un perfil psicológico inestable y que, debido a esta discapacidad, porque sentían estas carencias y defectos en sí mismos, se habían reciclado, para darse una importancia totalmente ficticia, en una «lucha metapolítica planetaria».
Apoyados por todo un comercio de baratijas con el logotipo del GRECE, los defensores de la vulgata balbuceaban o garabateaban fragmentos tan oníricos como inconexos de ese batiburrillo nórdico-fascista-parisino; fragmentos que los derivaban de esa veta pseudo-gobiniena y los expresaban en textos o imágenes o discursos ebrios después del postre, y luego los repetían hasta la saciedad, sin el menor espíritu crítico, mezclándolos con interpretaciones ingenuas y juveniles de los mundos uranianos-olímpicos y de las caballerías ideales, descritos por Evola en Rebelión contra el mundo moderno. Críticos del catolicismo popular, blasfemos con respecto a los cromos, los crucifijos, las vírgenes y las santas Ritas al estilo de Saint-Sulpice, los granujas del GRECE repetían bajo otros signos los mismos defectos que las feligresas y las devotas de las parroquias de la provincia.
El antifascista profesional sin profesión bien establecida, el inefable «René Monzat», la tenía bastante fácil al denunciar estas baratijas en Le Monde, el 3 de julio de 1993. Este triste muchacho, cuya inteligencia ciertamente no destaca por su brillantez, concluía que el GRECE era «fundamentalmente nazi», porque Alain de Benoist, que no es nazi ni nada más que él mismo, nada más que su propio egoísmo narcisista, se había «enriquecido» copiosamente vendiendo «torres de Yule» de terracota —modelo SS-himmleriano— a sus feligreses, multiplicando por diez el precio base de su mayorista alemán.
Un escandinavismo irreal y onírico.
Pero el nordicismo/germanismo de Gobineau se inscribe en una historia más compleja, de la que la ND nunca ha dado cuenta realmente: contribuyó a petrificar esta veta, sobre todo a ridiculizarla definitivamente (¡Dumézil lo había comprendido!), sin extraer de ella las potencialidades aún vivas, sin haber destacado, por ejemplo, la contribución geopolítica y geoestratégica del mundo nórdico-escandinavo a la historia general de los pueblos europeos: apertura de las rutas marítimas del Atlántico norte, explotación del eje Báltico/Mar Negro, apertura del comercio euroasiático a través del mostrador de Bulgar en los Urales, organización del comercio fluvial en el Dniéper, el Don y el Volga, apertura del Caspio y acceso del comercio europeo a Persia y Mesopotamia: tantas rutas que siguen siendo, hoy más que nunca, de candente actualidad. No: para la camarilla de mentes estrechas que saltaban y se agitaban alrededor del gurú Alain de Benoist (que sin duda no compartía sus simplismos), los escandinavos de los siglos IX al XI no eran ni técnicos excepcionales de la navegación ni comerciantes audaces que abrieron Europa al mundo: se les describía como una especie de caníbales peludos y bigotudos que saqueaban conventos o, peor aún, como campesinos simplones que vivían al margen de los tumultos del mundo, fabricando con terracota lámparas antiestéticas (que, en retrospectiva, hacen estremecer a Monzat y a sus patrocinadores de Le Monde) en lugar de estudiar la resistencia de la madera al mar y al viento, el mapa del cielo para orientarse en alta mar, la aerodinámica de los cascos de los barcos para lanzarse a audaces expediciones. Ser técnico o comerciante, en la visión del mundo de los débiles seguidores del gruñón gurú neoderechista, era caer en la «tercera función», es decir, la función del trabajo, de la producción, considerada menor por estos ociosos que no mandaban nada, que no producían nada, que vivían de subsidios o de puestos de funcionarios, pero que creían firmemente que eran potencialmente los soberanos de la futura «gran Europa». Los vikingos imaginarios de los círculos neoderechistas no eran admirados por lo que habían sido, exploradores, marineros y comerciantes, sino porque se les atribuían estereotipos físicos: ser rubios y tener un vigor que, en la mayoría de los casos, no tenían estos vikingomaníacos de Auteuil-Neuilly-Passy. Aquí salimos de la política, de la metapolítica, para entrar de lleno en la psicopolítica o incluso en la psiquiatría sin más.
Restaurar la «virtù» de los romanos y los germanos
Volvamos a la historia: el mito nordicista que atraviesa la historiografía europea desde los humanistas italianos del siglo XV es sobre todo la expresión idealizada de dos preocupaciones recurrentes en el pensamiento político de nuestro continente: la desaparición de la virtù política, de la fuerza para configurar la política en beneficio de la Ciudad, donde la virtù se planteaba en un primer momento como propia del pueblo y del Senado de la Urbs romana y, posteriormente, por translatio imperii, como propia de los pueblos germánicos. Esta virtù es una idea republicana en el sentido etimológico del término, tal y como nos explicó Maquiavelo en su Príncipe. Como tal, se opone al cesaropapismo del Vaticano que, en el siglo XV, muestra sus límites y se empantana en un callejón sin salida; también se opone a los intentos de centralizar los Estados monárquicos en detrimento de los cuerpos concretos que componen la Ciudad. En este sentido, la disminución de la influencia de los pueblos germánicos no es más que la disminución de la virtù en los cuerpos políticos de Europa y no la pérdida de ningún sistema coercitivo. La asunción de la virtù equivale a la pérdida de autonomía de los cuerpos concretos de la Ciudad, a la desvitalización de las sociedades civiles. La visión de Gobineau no es más que una manifestación tardía —en la época romántica, evidentemente atravesada por un spleen que, en las mentes débiles, corre el riesgo de resultar incapacitante— de esta preocupación recurrente por la virtù en la historia de las ideas políticas en Europa. Gobineau no modificó su enfoque en un sentido jurídico y concreto, a pesar de que el siglo XIX se interrogaba sobre las fuentes del derecho (Savigny, Ihering, de Laveleye, Wauters, etc.); a su pesar y para desgracia de su propia posteridad, sentó las bases de un discurso tejido de lamentaciones sobre el declive del germanismo.
En la misma línea pesimista, Hippolyte Taine fue un pensador mucho más concreto y metódico: la ND nunca lo abordó. Del mismo modo, nunca se ha hecho nada sobre la problemática de las razas en Francia, que agitó todo el debate del siglo XIX, oponiéndose los celticistas (Augustin y Amédée Thierry, H. Martin, Guérard, el «genio celta» de J. de Boisjoslin), germanizantes (el mito «franco» en Chateaubriand, Guizot, Mignet, Gérard, Montalembert, de Leusse) y romanizantes (Littré). Este debate no solo versaba sobre la definición de «raza» y no anticipaba en modo alguno las reducciones caricaturescas del nacionalsocialismo, sino que se centraba en el derecho, en la forma de configurar la ciudad, de repartir las tareas entre las clases. Taine hablaba de un «realismo con connotaciones populares y raciales». Para la ND lo onírico primó sobre el realismo que Taine deseaba. ¿Por qué este rechazo?
Drieu la Rochelle, escritor en el París decadente posterior a 1918, tras su heroica conducta durante la Gran Guerra y su relación con los dadaístas y surrealistas, percibe los retos del mundo con una lucidez notable, pero esta se ve empañada por su pesimismo, por un decadentismo finalmente bastante lamentable y por una melancolía que se revela plenamente en las páginas de su Diario (por otra parte, una mina inagotable de información de todo tipo). Tras la derrota del Eje en 1945 y el suicidio de Drieu, este pesimismo y esta melancolía resultan aún más incapacitantes para quien quiera construir una verdadera alternativa filosófica, ideológica y política. En lugar de al Drieu triste, ¡hay que volver al Drieu visionario!
El fracaso del Eje, la quiebra de la «metafísica occidental»
Porque 1945 no es solo el fracaso del Eje: es el fracaso de toda la metafísica y la civilización occidentales. Los Aliados ganaron esta guerra sobre el terreno, sin duda, pero no propusieron nada más que «recalentado», como lo demuestra, casi al contrario, el innegable éxito de la filosofía «deconstructivista», nacida en Estados Unidos y en Derrida, siguiendo los pasos de Heidegger. Este último percibió el germen de un potencial real en la «revolución alemana» (en 1934, durante el paréntesis de su «rectorado»), pero también terribles callejones sin salida en su voluntarismo excesivo, donde la voluntad llevada al paroxismo rompía los lazos del hombre con las continuidades que lo alimentaban espiritual y políticamente y que constituían su identidad profunda. Sin embargo, al constatar los callejones sin salida del nacionalsocialismo, Heidegger tampoco optó por las visiones americanista y bolchevique de la sociedad y del mundo. Ante este abanico de hechos y pensamientos, ante este triple rechazo por parte de Heidegger, la ND podría y debería haber:
abandonado los pesimismos incapacitantes;
retomar, más allá de Gobineau, el republicanismo de Maquiavelo, con la noción de virtù, presente en la antigua Roma y, por translatio imperii, entre los pueblos germánicos (como bien vieron la estirpe de observadores de Tácito a los humanistas italianos y estos a Montesquieu, siendo este último una referencia ineludible para todo pensamiento democrático serio, es decir, para todo pensamiento democrático que se niegue a conceder la etiqueta de «democrático» a todo lo que se presenta como tal hoy en día en Europa occidental).
Prestar más atención, desde el principio, al enfoque de Heidegger; en lugar de dedicarle la atención que merecía desde el inicio de su trayectoria, la ND, a finales de 1960 y principios de 1970, impulsada por una especie de pereza filosófica, prefirió apostar por una vulgata antifilosófica extraída de la filosofía anglosajona (una caricatura torpe del «empirismo lógico») para la que las cuestiones metafísicas o axiológicas, el lenguaje metafísico y la enunciación de valores carecen de sentido.
A raíz de la recepción de Heidegger, la ND podría haber seguido la línea «deconstructivista», continuar con una crítica rigurosa de la «metafísica occidental» y no dejar el arma del deconstructivismo en manos de sus adversarios. Este abandono del arma del «deconstructivismo» condenó a la ND al estancamiento y, luego, inevitablemente, al declive y la decadencia. Sin un buen uso del arma «deconstructivista» la ND no puede desarrollar una crítica creíble de las instituciones existentes o de las falsas alternativas (izquierdistas). Corría entonces el riesgo de pasar por un simple apéndice intelectual, un salón donde se charla, un refugio para ociosos adinerados, al margen del poder.
Deconstructivismo y la Francia rabelaisiana
A continuación, la ND podría haber propiciado una práctica de deconstrucción permanente en el ámbito de la historia. Me explico: dominado por una metafísica particular (platónico-cristiana) Occidente ha actuado en el terreno de la historia de una determinada manera, es decir, de una manera que deploran los contestatarios radicales de esta metafísica, de este Occidente y de esta historia. La metafísica occidental, sobre el terreno, ha causado daños, como observó Heidegger. En nombre de una metafísica particular, se han borrado del espacio occidental: los resortes de las comunidades naturales de Europa, un proceso que se ha desarrollado inexorablemente desde la centralización del decadente Imperio Romano tardío hasta la cristianización manu militari, pasando por el sometimiento de las almas por la Inquisición, por la filosofía política de Bodin, que no deja lugar a los cuerpos intermedios de la sociedad (es decir, a los cuerpos concretos de la soberanía popular), por los deísmos y racionalismos hostiles a toda originalidad y misterio, por la erradicación de las fiestas populares, las fiestas juveniles, el espacio de libertad de los goliardos y las vagantes, el universo dionisíaco-rabelaisiano. La ND nunca se ha conectado con estas corrientes milenarias, nunca ha utilizado sus bazas y sus contactos en el mundo periodístico francés para promover los escritos de quienes constataban esta erradicación plurisecular, al margen de cualquier marco político, ideológico o «clubista». Si lo hubiera hecho, nadie habría podido reprocharle que, tras un discurso modernizado, se escondiera la voluntad de «recalentar» la vieja sopa nacionalsocialista.
Paralelamente a esta negligencia de la veta rabelaisiana, la ND tampoco revalorizó las luchas campesinas y populares contra los Estados, expresiones políticas de esta metafísica occidental. Rechazó este enfoque, a pesar de los incesantes llamamientos de Thierry Mudry, entre otros, porque estaba prisionera de una sola palabra: el igualitarismo. Alain de Benoist, preocupado por su vocación pontificia en el microcosmos neoderechista, desarrolló durante su carrera en la gran prensa (Valeurs actuelles, Le Spectacle du Monde, Le Figaro-Magazine, parcialmente, Magazine-Hebdo) todo un discurso, en definitiva bastante cojo, sobre la «desigualdad», con cálculos de CI, derivadas y asíntotas comparando la inteligencia de los pigmeos y los suecos, los mongoles de Ulán Bator y los ecuatorianos de Quito, dejando entrever, quizás incluso sin saberlo, un modelo piramidal en el que él ocuparía un lugar muy alto, en la cima de la pirámide, con el mundo entero a sus pies como miembro augusto de MENSA (el club francés que recluta a personas con un coeficiente intelectual superior a la media, pero sin evaluar su estado psicológico antes de admitirlas en el selecto club de la asociación). Esta es sin duda la visión onírica que atraviesa los sueños del Papa de la «nueva derecha». Todo esto es muy entretenido, pero ¿dónde está el interés (meta)político de tal postura?
Ignorancia de las revueltas populares
La opción «desigualitaria» de la ND, ilustrada con una obstinación casi monomaníaca, impedía abordar las luchas populares, con el pretexto de que Marx, Engels, Bloch, etc. se habían interesado por la «Guerra de los Campesinos» de principios del siglo XVI y que un movimiento que elegía la etiqueta de «derecha» no podía, evidentemente, relacionarse con «marxistas» (!!!!!!???), una estupidez resonante que dejó este terreno fértil de luchas y revueltas populares a los socialistas o comunistas que, por otra parte, también eran prisioneros de la «metafísica occidental», debido a su materialismo rígido (mecanicista y fisicalista) y a su racionalismo estrecho (que aceptaban los logros de ese racionalismo more geometrico que comenzó a mutilar los cuerpos concretos de la soberanía popular desde el Renacimiento). Del mismo modo, las dimensiones populares de las revueltas francesas del siglo XVII, las revueltas populares y campesinas contra la monarquía y contra la república a finales del siglo XVIII, las pequeñas revueltas campesinas del siglo XIX (estudiadas por el historiador Hervé Luxardo) (4), lamentablemente no tuvieron cabida en las reflexiones de la ND.
La opción anticristiana, el rechazo de las estructuras derivadas de la «metafísica occidental» no debería conducir al rechazo de identificarse con las luchas de los pueblos reales contra los países legales, de las concreciones carnales contra las abstracciones jurídicas y racionalistas, rechazo que condena a la ND a ser solo un salón de preciosos charlatanes con ambiciones limitadas, sin conexiones útiles con el mundo exterior. Las profesiones de fe «organicistas» no son más que pura retórica si no sugieren una política orgánica concreta. Los «intelectuales orgánicos» siempre están al frente del pueblo real o, al menos, dirigen a una parte del pueblo real, aunque esté disperso a través de diversas redes (profesiones, sindicatos, partidos, clubes, etc.). A la larga, un club de pensamiento con vocación metapolítica y/o política debe reunir bajo una nueva bandera a los ciudadanos dispersos en múltiples estructuras en vías de obsolescencia, ya que la obsolescencia es la ley de la historia para las estructuras, sean cuales sean. La ND ya no puede perfeccionar esa labor de reunión porque las viejas ideas derechistas rígidas que no deja de transmitir (un antiigualitarismo redhibitorio que desemboca en un antipopulismo incapacitante), a pesar de sus negativas, le impiden paradójicamente conectar con las pocas izquierdas orgánicas de vocación contextualista (que proclaman y demuestran que el marco, el contexto social, económico y político deben respetarse como tales en la teoría y en la práctica, contrariamente a los universalismos tradicionales de la izquierda; en Francia, esta izquierda está representada por el MAUSS, es decir, el «Movimiento Antiutilitarista en las Ciencias Sociales», al que Benoist corteja en vano, con viles halagos, desde hace tantos años).
Un personal subordinado mediocre
Por último, hay otro enfoque de la ND que está condenado al fracaso: por su parisianismo, por su tímido repliegue en torno a su gurú, se ha mostrado incapaz de dispersar los centros dinámicos del movimiento por todo el territorio francés; además, se ha visto perjudicada por su reticencia a salir de las fronteras de Francia y, debido a la escasa calidad intelectual de su personal subalterno, a pensar verdaderamente en Europa, a aprender las dinámicas políticas, culturales y sociales que operan en Italia, Alemania, España, el Benelux, Escandinavia, etc., y a actuar eficazmente en un contexto europeo (lo que implica dominar varios idiomas, aceptar que el otro hable el suyo y no exclusivamente el francés, escuchar educadamente una exposición en alemán, italiano o inglés sin sentir la necesidad imperiosa de salir a fumar un cigarrillo en el patio o a tomarse una cerveza en la barra, etc.). Los intentos más recientes de la ND parisina de salir de las fronteras de Francia se topan con el mismo lastre estructural: contratación de autodidactas especializados en bricolaje ideológico, viejos amigos sin cualificaciones específicas, marginados sin originalidad y llenos de fantasías, personas conflictivas rescatadas de la basura de los partidos identitarios que los han excluido por su incapacidad en todos los aspectos prácticos.
A continuación, la ND parisina no dejó de obsesionarse con los «debates» parisinos, que a 30 km de la capital francesa no le importaban a nadie, lo que le impidió suscitar un nuevo movimiento de contestación global y orgánico en toda Francia. Es cierto que Alain de Benoist —seamos justos— tuvo la voluntad de conectarse con los debates filosóficos estadounidenses, alemanes e italianos, pero no enseñó a sus seguidores a dominar las fuentes de información y documentación no francesas que habrían permitido reforzar en el discurso cotidiano de la ND ese «pulmón exterior», que aportara constantemente nuevos argumentos y los desplegara ante sus adversarios. Además, como de costumbre, de Benoist tuvo el arte de reclutar a estudiantes fracasados, personajes pintorescos o tristes como adolescentes reprimidos, incapaces de hacerle sombra (para él, eso era lo esencial...) pero igualmente incapaces de dominar ni siquiera un inglés básico. De este modo, se privaban de toda la documentación útil para la revolución cultural en la que se suponía que debían participar, en el laboratorio de vanguardia que, por supuesto, el GRECE pretendía ser. Alain de Benoist quiso abrirse a Alemania, nunca pecó de un nacionalismo francés cerrado en sí mismo, hostil al mundo entero, que rechazaba la Europa en construcción, poblada de «rancuneux» (esta bella expresión, que aún menciona el Littré, fue reintroducida en el discurso político por Michel Winock). Esta actitud de buen europeo de Alain de Benoist me inspiró respeto y simpatía, al menos al principio. Pero, aunque era europeísta sin segundas intenciones, dio rienda suelta a los pseudoteóricos de un nacionalismo francés irrealista en sus expresiones heroicas e ingenuas, que el lector atónito, acostumbrado a análisis más sutiles, encontró en el número 38 (titulado: «¿Por qué Francia?»). A continuación, no dejó de frecuentar a un tal Philippe de Saint-Robert (¡la partícula sería ficticia!), apóstol de un hexagonalismo de derechas y de un antieuropeísmo lamentable, que soñaba con reconstituir la Francia de los 130 departamentos de Napoleón (5). Estas delirantes iniciativas impidieron la fusión del corpus neoderechista y las reivindicaciones regionales en Francia, fusión que habría permitido una evolución gradual hacia una constitución federal al modelo alemán, español o suizo. La ND debería haber indicado en su programa el objetivo que se había fijado para Francia y para el bien de los pueblos del Hexágono: hacer realidad en las mentes una constitución federal para una VI República Francesa, rompiendo así con el estatismo cerrado de inspiración bodiniana que nunca habían abandonado las facciones nacionalistas francesas de diversas tendencias. La labor de la ND debería haber consistido en preparar la llegada a largo plazo de esta VI República, de modo que Francia tuviera una constitución en armonía con los demás países de Europa en vías de unificación, para que hubiera homogeneidad constitucional en todos los Estados de la Unión antes de la unificación monetaria y antes de la supresión de las fronteras. Hoy en día, tenemos casi ambas cosas, pero sin homogeneidad constitucional, lo cual es una herejía y una aberración: la ND podría haber previsto este engaño y sugerido una alternativa creíble. Al no hacerlo a tiempo, no asumió su responsabilidad histórica. No respetó su promesa de ser una instancia de «primera función» (instancia que encarna la soberanía y el derecho según Dumézil). Cabe preguntarse por qué...
Regionalismo y crítica del Estado bodiniano
Si hubiera forjado sobre el terreno una alianza duradera con los movimientos regionales serios, la ND habría trabajado en la elaboración concreta de esta constitución federal para la Hexágono, negando al mismo tiempo las formas estatales de la «metafísica occidental» que han borrado las sociedades francesas desde Francisco I hasta el jacobinismo. Para perfeccionar esta alianza entre la ND y los regionalismos, el club metapolítico de Alain de Benoist debería haber desarrollado una visión no bodiniana del Estado, una concepción simbiótica de los cuerpos intermedios (que son, no lo olvidemos nunca, los verdaderos cuerpos concretos de la soberanía popular), que permitiera combinar regionalismos y reivindicaciones sociales y populares concretas, vinculando esta idea simbiótica a las luchas sindicalistas, deshaciéndose de su discurso neoliberal (ante litteram) sobre el igualitarismo y la desigualdad, que le valió ser acusada sin cesar de «darwinismo social» (por mucho que de Benoist se defendiera posteriormente, esta etiqueta se le quedó pegada).
Por último, un movimiento metapolítico como el GRECE, que en su propio acrónimo afirma querer comprender el conjunto de las dinámicas que actúan en la civilización europea, nunca ha reflexionado sobre las grandes fuerzas históricas y geopolíticas que han atravesado las regiones de Europa. Al igual que muchas visiones no dinámicas de la historia, el GRECE parece haber cultivado también una visión estática de la historia, en la que figuras hieráticas, fuertemente tipificadas, repiten incansablemente el mismo drama, sin imprevistos más que los previstos por el guionista, con, como telón de fondo, una tragedia que se repite en bucle bajo el detestable impulso de los mismos embaucadores. Al gurú del GRECE le gustaba decirse «spengleriano», pero ningún lector de Spengler se reconocerá en su «visión» (miope y ya no fáustica) de la historia europea.
En la oficina neoderechista parisina, al final se ha dicho poco sobre las líneas maestras de la historia sueca, alemana, rusa, balcánica e hispánica, sobre las efervescentes dinámicas geopolíticas a lo largo de los grandes ejes fluviales de Europa, sobre los retos territoriales, como si estos tumultos milenarios fueran a calmarse de repente, tan pronto como el gurú decidiera, desde lo alto de su magnificencia, tomar la palabra. Su germanolatría, que no es más que una coquetería parisina, no logra articularse en Alemania, donde las nuevas derechas (muy diversas) están muy comprometidas con los problemas de la historia y la actualidad. El gurú de la ND es torpe en el debate alemán. Su Alemania de niñas con largas trenzas anudadas, de campesinos con pequeños sombreros bávaros, de soldados altivos y perdidos, no es más que una Alemania de cromos: la Alemania real es una Alemania de ingenieros meticulosos, filósofos precisos y rigurosos, filólogos puntillosos, industriales eficaces, técnicos experimentados, comerciantes temibles, revolucionarios radicales, moralistas intransigentes, sindicalistas combativos, juristas tenaces. Pero de esa Alemania no habló, sin duda porque habría asustado a sus feligreses y provocado pesadillas a los frágiles niños que tanto lo admiran. Pienso que deberían haber dejado de soñar y empezar a trabajar.
Rechazo de la historia real e imágenes idílicas
Durante una rueda de prensa en Moscú el 31 de marzo de 1992, en la que dos periodistas de la revista moscovita Nach Sovremenik me preguntaron cuál era mi postura ante la nueva crisis balcánica y frente a la Serbia de Milosevic, respondí recordando acontecimientos importantes de la historia europea, como la guerra de Crimea, el Tratado de San Stefano (1878), la ayuda prestada por los rusos a Serbia, Rumanía y Bulgaria en el siglo XIX y su deseo de que se instaurara la paz entre serbios y búlgaros, etc. Mientras respondía a esta pregunta, importante para los rusos, que tienen una larga memoria histórica, a diferencia de los occidentales, adentrándome en un terreno que no interesaba a de Benoist, el muy cabrón me ordenó que me callara sin moderar el tono de su voz, tirándome de las solapas de la chaqueta y ocultando su brazo detrás de la ancha espalda de Alexander Dugin, sin darse cuenta de que era a la vez grosero con los periodistas que me ponían en el punto de mira y ridículo al lloriquear de esa manera porque ya no era el único que podía hablar (6). Además del asombroso narcisismo del gurú, este incidente burlesco muestra claramente el rechazo neoderechista de la historia real; un grave defecto, ya que si no se toma el pulso a la historia más allá de las divisiones políticas y más allá de la división binaria entre izquierda y derecha, si no se lee la historia a través de los textos de los tratados que la han marcado, se actúa bajo el dictado de «representaciones platónicas», es decir, de «imágenes de Epinal», artificiales, arbitrarias y desconectadas de la realidad. Ahora bien, las «imágenes de Epinal» siempre están clasificadas en algún lugar, ya que, por definición, son fijas, inmóviles porque no están vivas. Al manejar sus fantasías estéticas y éticas (su obsesión por querer dictar una «moral» ...), de Benoist ha pronunciado un discurso al margen del funcionamiento real de los Estados de nuestro continente, se ha sustraído al juego dramático de la historia, por desinterés, deliberadamente o por miedo al compromiso. Grave pecado contra el espíritu. Peor aún, tal enfoque es mediocre y, al decir esto, pienso en una réplica de Malatesta de Montherlant: «A la cárcel, a la cárcel, señor. ¡Por mediocridad!».
La incapacidad de la «nueva derecha» para enunciar un corpus jurídico coherente.
Desde el principio, el objetivo de la «nueva derecha» no es disertar sobre el derecho (la aventura de la pequeña revista Hapax, torpedeada por de Benoist, fue lamentablemente demasiado efímera como para analizarla aquí). Sin embargo, una pregunta legítima es: ¿se puede pensar en el destino de una civilización, se puede comprometerse con la defensa y la ilustración de una cultura sin pensar nunca en el derecho que debe estructurarla? La ND quiso remontar las raíces de Europa a la matriz indoeuropea. Una voluntad legítima, expresada en particular por Emile Benvéniste en su Vocabulaire des institutions indo-européennes. En esta obra fundamental, una verdadera exploración en profundidad del vocabulario indoeuropeo, Emile Benvéniste sentó las bases de una investigación fundamental. En efecto, el vocabulario institucional indoeuropeo revela el origen de todas nuestras prácticas jurídicas; las raíces lingüísticas más antiguas siguen repercutiendo en nuestro vocabulario jurídico e institucional, al tiempo que transmiten un significado preciso que difícilmente puede borrarse mediante manipulaciones arbitrarias o encerrarse en conceptos demasiado estrechos. Es imprescindible conocer bien esta trayectoria y, sobre todo, estas etimologías.
La ideología dominante en Francia ha arrojado una sospecha sistemática sobre este tipo de investigaciones, con el pretexto de que mantiene vínculos ocultos e inconfesables con el nacionalsocialismo. La ND ha sido acusada de relanzar la temática nacionalsocialista de los «arios» al referirse a las investigaciones indoeuropeístas. De ahí un conjunto de lamentables malentendidos que perduran y que dan pie a algunos pequeños grafómanos «antifascistas», debidamente remunerados por misteriosas oficinas o directamente con el dinero de los contribuyentes. ¿Por qué se da esta situación? El derecho positivo actual, con sus referentes mecanicistas derivados del pensamiento materialista del siglo XVIII y de un iusnaturalismo moderno que pretendía desligarse de todo contexto histórico, no puede tolerar, so pena de aceptar a la larga su propia desaparición, una investigación fecunda y profunda sobre los arquetipos del derecho en Europa. Un retorno sistemático a estos arquetipos también arruinaría los cimientos políticos de Francia (y de otros países), que son de naturaleza coercitiva a pesar del discurso «democrático» que mantienen como pura propaganda.
En el contexto francés, la ND, por las torpezas de Alain de Benoist y por su manía de llenar sus periódicos de iconografías de inspiración nacionalsocialista, permitió a los vigilantes del orden jacobino y republicano seguir arrojando sospechas sobre todas las investigaciones indoeuropeístas. Les bastaba con decir: «Mirad a este editor de cromos nazis en revistas intelectuales que no dejan de hablar de los indoeuropeos, no hay humo sin fuego...». En efecto, en el contexto de 1970, la posible confluencia de ciertos rasgos contestatarios del «pensamiento del 68» (en Deleuze y Foucault) y el recurso a los arquetipos del derecho podrían haber contribuido a fundar un derecho de ruptura, a la vez futurista y arquetípico, a pesar del antijuridismo fundamental de Foucault. En última instancia, este antijuridismo foucaultiano no es más que un antipositivismo, en la medida en que el positivismo se había apoderado por completo del derecho, sobre todo en Francia, pero también en otros lugares de Europa. El positivismo había edulcorado y congelado el derecho, que se había vuelto mecánico y legalista, provocaba una inflación de leyes y reglamentos y ya no aceptaba modificaciones flexibles ni adaptaciones, con el pretexto de que «la ley es la ley». Al desacreditar totalmente los estudios indoeuropeos (porque contenían en germen una impugnación del orden jurídico positivista de la República), al plantear sistemáticamente la ecuación «estudios indoeuropeos = nueva derecha = neonazismo», los periodistas lacayos del régimen bloquean de forma preventiva cualquier cuestionamiento de las estructuras arcaicas de la Francia republicana. La historia deberá determinar si Alain de Benoist desempeñó o no conscientemente el papel de «chivo expiatorio» para permitir este exorcismo permanente y dar un respiro a la vieja república...
Ignorancia del legado de Savigny
Carl Schmitt se rebeló contra el positivismo y el normativismo jurídicos, contra su rigidez y su cerrazón a cualquier renovación: su postura se define como «existencialista». Así, el derecho, el Estado, una constitución, una institución son tantos cuerpos o entidades vivientes, animados por ritmos lentos, que hay que captar, aceptar, modular y no borrar, rechazar y erradicar. Estos ritmos dependen del tiempo y el espacio, de la historia y la tradición. Schmitt se inspira aquí en Friedrich Carl von Savigny. Este jurista alemán de principios del siglo XIX, especialista en derecho romano, veía en el derecho un continuo, legado por los antepasados (mos majorum), en el que no se podía intervenir de forma aleatoria y subjetiva sin provocar catástrofes. Savigny concebía el derecho como una herencia y rechazaba las manías modernas de querer imponer un derecho, unas leyes y unas constituciones inventadas ex nihilo, a partir de a priori ideológicos, de preceptos morales o éticos adoptados al margen y en contra de la continuidad histórica del pueblo. Savigny se opuso al Código Napoleónico, de esencia revolucionaria, y a las constituciones escritas que congelaban el flujo vivo del Volksgeist (cf. Friedrich Karl von Savigny. Antologia di scritti giuridici, a cura di Franca De Marini, Il Mulino, Bolonia, 1980).
Savigny, sus maestros Gustav Hugo y Philipp Weis, partían del principio de que toda codificación constituía un camino equivocado, susceptible de conducir a la arbitrariedad y la tiranía. El derecho se nutre de la historia y no puede ser creado arbitrariamente por legisladores-técnicos según las circunstancias ni impuesto por la fuerza al pueblo. El derecho se forma mediante un largo proceso orgánico, propio de cada pueblo. Cualquier intervención arbitraria en la continuidad del derecho interrumpe el proceso natural de su desarrollo; incluso en una fase de declive, cuando el poder se ve obligado a recurrir a decretos coercitivos, la codificación es peligrosa porque congela y estabiliza un derecho corrupto, ahora privado de fuerza vital. La fijación y estabilización del derecho en fase de decadencia perpetúa regímenes defectuosos e incluso injustos. Carl Schmitt escribe en su famoso texto en homenaje a Savigny y declara que su obra es «paradigmática»: «El derecho como orden concreto no puede separarse de su historia. El verdadero derecho no se establece (gesetzt) [como una ley], sino que surge de un desarrollo no intencionado (absichtslos) ... El positivismo, que surgió posteriormente, ya no conoce ni origen ni patria (Heimat). Solo conoce causas o normas fundamentales establecidas como si fueran hipótesis. Quiere lo contrario de un derecho desprovisto de intencionalidad; su intención última es dominar y obtener en todo la “calculabilidad”».
Para Ulrich E. Zellenberg, que hoy sigue los pasos de Savigny y Schmitt, el derecho «se expresa en las costumbres de la comunidad, que se perciben como corolarios de la voluntad de Dios. El derecho y la justicia son, por lo tanto, una sola y misma cosa. No hay diferencia entre el derecho positivo y el derecho ideal. Dado que el príncipe y el juez no están llamados a crear un nuevo derecho, sino a garantizar el derecho ya existente, las reivindicaciones individuales, las decisiones que deben tomarse en casos concretos y las innovaciones de hecho se legitiman como recursos al derecho antiguo o como el restablecimiento de su sentido propio» (cf. Ulrich E. Zellenberg, «Savigny», en: Caspar von Schrenck-Notzing, Lexikon des Konservativismus, Stocker, Graz, 1996).
Defensa de la «societas civilis» y derecho de resistencia
El derecho histórico, adquirido tras una larga historia y no fabricado por juristas profesionales, implica a) la defensa de la societas civilis y b) el derecho de resistencia a la arbitrariedad y la tiranía. La voluntad del positivismo de legislar a toda costa pone el derecho a disposición exclusiva de los juristas profesionales. Consecuencia: el derecho se convierte en el instrumento de una minoría que busca afianzar su poder mediante la ingeniería social. Incluso «instituciones» como la familia, el matrimonio, etc. están a merced de las intervenciones arbitrarias de una casta aislada de la societas civilis. Para Schmitt las «órdenes concretas», las instituciones antropológicas (según la definición que da Gehlen), son bastiones de resistencia contra el frenesí legislativo de los legisladores positivistas; estas «órdenes concretas» imponen límites a la ingeniería social y jurídica, frenan el flujo normativo y obligan a los juristas a aceptar las reglas de las órdenes concretas so pena de destruirlas. La furia legislativa de los juristas positivistas (Schmitt: «los legisladores motorizados») destruye la confianza de los ciudadanos en el derecho, que pierde toda autoridad y legitimidad.
Desde el punto de vista histórico, la reacción de Savigny se opone tanto a la escuela filosófica de Christian Wolff (1679-1754), que inspira el absolutismo racionalizador, como a los partidarios de la adopción sistemática del Código Napoleónico (Anton Thibaut, 1774-1840). El derecho germánico prevé el derecho a la resistencia contra la tiranía: en la Edad Media, este derecho se inscribe en las obligaciones recíprocas del señor y el vasallo, y luego en el derecho de los estados de la sociedad a oponerse a la violencia arbitraria del príncipe. Con Althusius, el derecho a la resistencia es el derecho de la societas civilis a oponerse al absolutismo.
Este breve esbozo de los principios jurídicos del pensamiento denominado «conservador» muestra que el discurso de la ND debería haberse inclinado hacia una defensa en todos los frentes de la libertad popular contra las instancias bodinianas, coercitivas y jacobinas de la República Francesa. En el plano cultural, este enfoque, que retoma la defensa conservadora, antiabsolutista y antirrevolucionaria de la societas civilis, debería haber recopilado, comentado y glorificado todas las etapas y manifestaciones de la revuelta popular en Francia contra la arbitrariedad del Estado. Del mismo modo, la ND debería haber participado en la definición de un derecho arraigado en la historia, como había hecho Savigny para Alemania. Para un movimiento que pretendía situar la cultura por encima de la rutina política, la economía o incluso lo social, resulta sorprendente que nunca se haya publicado nada sobre el concepto de Kulturstaat de Ernst Rudolf Huber, discípulo en parte de Schmitt, ya que le fascinaba la noción de «orden concreto». El Kulturstaat de Huber es un Estado que extrae su ética (su Sittlichkeit) y sus normas de una cultura concreta, herencia de todas las generaciones anteriores. Esta cultura es una matriz prolífica, abierta y fructífera: es una «fuente» orgánica inagotable siempre que no se atente contra su integridad (Savigny y, tras él, Schmitt insistían enormemente en este concepto de «fuente»/«Quelle», en la imagen elocuente de la «fuente» como generadora del derecho). La noción de fuente en Savigny y Schmitt, la noción de «cultura» en Huber, impiden ver en el derecho y en el Estado meras instancias instrumentales. El Kulturstaat no es un Zweckstaat (un Estado utilitario, sin continuidad, sin arraigo territorial, sin pasado, sin proyecto). La función del Estado es proteger la integridad de la «fuente», es decir, de la cultura popular. Esa es su primera tarea. Por consiguiente, la cultura no es algo que dependa del «espíritu de fabricación», de la «viabilidad», como se dice hoy en día, sino que genera valores intangibles que, a su vez, fundamentan la idea de justicia y justifican la existencia de sectores no comerciales, como la educación (véase Max-Emanuel Geis, Kulturstaat und kulturelle Freiheit. Eine Untersuchung des Kulturstaatskonzepts von Ernst Rudolf Huber aus verfassungsrechtlicher Sicht, Nomos-Verlagsgesellschaft, Baden-Baden, 1990).
Basándose en este enfoque del derecho, que comparten las escuelas conservadoras alemana, austriaca, italiana y española, la ND podría haber:
desarrollar una crítica de las instancias revolucionarias institucionalizadas en Francia y en los países influenciados y marcados por el republicanismo revolucionario y el impacto del Código Napoleónico;
alinear este país con las preocupaciones políticas de su entorno europeo (ya que el organicismo repercute finalmente en el conjunto de las familias ideológicas, más allá de las divisiones políticas);
preparar a nivel europeo una contraofensiva orgánica bien fundamentada;
elaborar correctivos contra los miasmas de la centralización, el utilitarismo anticultural, la deconstrucción de los sectores no mercantiles a nivel eurocrático, etc.
Savigny, escuela histórica, Bachofen
Schmitt, en su defensa del recurso a las principales ideas fundamentales de Savigny (véase «Die Lage der europäischen Rechtswissenschaft», en: Verfassungsrechtliche Aufsätze, Berlín, 1973), establece explícitamente el vínculo entre el enfoque de Savigny en el ámbito del derecho, por un lado, y el de Gustav von Schmoller y su «escuela histórica» en economía, por otro. Además, Schmitt anuncia la necesidad de volver a sumergirse en el estudio de la Tradición, evocando en particular a Bachofen y la profundización de los estudios de filología clásica. Estos nos proporcionan una imagen ahora muy precisa de la más remota antigüedad europea. Las fuentes más antiguas del derecho se nos presentan en toda su densidad religiosa. Gracias a los esfuerzos de los filólogos, las visiones edulcoradas de la antigüedad clásica que había transmitido cierto humanismo escolar desaparecen en los basureros de la historia. Schmitt escribe: «No se trata en absoluto hoy en día de volver atrás como los reaccionarios, sino de conquistar una inmensa riqueza de nuevos conocimientos, que pueden resultar fructíferos para el presente en el ámbito de las ciencias del derecho; debemos apoderarnos de estas riquezas y darles forma» (op. cit., p. 416). En este llamamiento de Schmitt, se establece claramente el vínculo entre las ciencias jurídicas y la nueva filología clásica, considerablemente enriquecida desde Bachofen. Schmitt legitima en el discurso politológico el recurso a la Tradición. El legado filológico se moviliza con el fin de dotar a la Ciudad de un derecho acorde con su historia y sus orígenes, con sus fuentes. La ND ha hecho un mal uso de este legado filológico, sobre todo al repetir y parafrasear a Dumézil, mezclándolo con ciertas intuiciones de Evola, inspirado a su vez por Bachofen, pero sin movilizarlo nunca para proponer otro derecho, para oponer al derecho republicano y revolucionario institucionalizado un derecho verdaderamente conforme a las fuentes europeas del derecho. Alain de Benoist perdió el tren: convirtió su puro discurso cultural (¡culturalista!) en un fin en sí mismo. Falló en su misión. Traicionó. Sirvió al adversario. Con sus torpezas y su falta de coherencia en las ideas, con su negligencia del mensaje de Carl Schmitt, ha servido a los enemigos del pueblo francés, a los enemigos de Europa, a los enemigos de los pueblos europeos.
Schmitt, al reclamar una investigación bidisciplinar que uniera el derecho y la filología según Bachofen, pretendía dar una herramienta a la futura élite de Europa: si el derecho ha seguido siendo consuetudinario en Inglaterra, pero permanece en manos de los propietarios de la sociedad civil, si el derecho está en manos de funcionarios-juristas en Francia, a los que se enfrenta la sociedad civil con la ayuda de sus abogados, demasiado a menudo impotentes, Alemania, en el espíritu de Savigny, debe alinear una falange de profesores de derecho y filólogos, capaces de juzgar según el sentido del derecho y no según las formas y reglas abstractas. Esta falange de juristas tradicionales y filólogos sustituiría a la antigua «Cancillería Imperial», encargada de arbitrar las diversidades del Sacro Imperio. Schmitt abogaba así por una «primera función» soberana, organizada según el proyecto de Savigny. Esta «primera función» utilizaría métodos organicistas e históricos. La ND, si hubiera estado dirigida por hombres competentes, habría tenido la oportunidad de convertirse en una élite de este tipo. Desgraciadamente, no se centró en las tareas que Schmitt le asignaba. Practicó un ocasionalismo sistemático y ridículo, en el que cualquier ocasión era buena para «hacerse el listo», para brillar en los salones parisinos poblados de imbéciles con el cerebro podrido por las locuras revolucionarias y jacobinas, por el «espíritu de fabricación» (¡Joseph de Maistre!), por las consignas más absurdas, de las que Bernard-Henri Lévy y toda la pandilla de estrellas mediáticas dieron un buen ejemplo durante la crisis bosnia. Ese era el objetivo prioritario de Alain de Benoist: lograr golpes mediáticos sin futuro. Frente a esta pandilla parisina, la ND no opuso un proyecto claro: al contrario, presentó un auténtico «movimiento browniano» de ideas diversas, sin vínculos aparentes entre sí. De repente, no estaba a la altura de aquellos que le llevaban ventaja en el mundo «intelectual» (?) parisino.
Un derecho familiar y colegiado
El recurso a los estudios indoeuropeos también podría haber superado la división que arruinó la posteridad de Savigny en Alemania: la estéril oposición entre romanistas y germanistas, es decir, entre los partidarios del derecho romano y los partidarios del derecho germánico. Hoy en día, la filología y los estudios indoeuropeos apuntan, por el contrario, a una fuente común más antigua, propia de todas las grandes tradiciones populares europeas, y que se sitúa más allá de esta división artificial entre romanidad y germanidad. Tal ha sido la contribución de Emile Benveniste, del georgiano Thomas V. Gamkrelidze, del ruso Vjaceslav V. Ivanov, de Dumézil y de Bernard Sergent. En todos estos trabajos, que revelan a nuestros contemporáneos las matrices culturales del mundo indoeuropeo, una parte importante de estos respetables volúmenes trata de las «instituciones». Gamkrelidze e Ivanov son muy precisos en todo lo que se refiere a los vínculos sociales, base del derecho privado y del derecho público, desde la antigüedad hasta nuestros días. Si la ND se hubiera referido a estos corpus, en lugar de extraer de Dumézil una especie de submitología guerrera, apenas digna de los juegos de rol para adolescentes desorientados, nunca habría sido objeto de la crítica de «nacionalsocialismo».
Con una sólida aportación filológica, la ND habría estado mejor armada frente a sus adversarios. El derecho primitivo indoeuropeo es familiar y colegiado, implica la libertad, el derecho a resistir a la tiranía, la deliberación democrática: la ND habría tenido fácil refutar los argumentos de sus adversarios republicanos en Francia. Al criticar cualquier aportación filológica, estos se alineaban automáticamente con los partidarios del absolutismo, la coacción y la ruptura entre la sociedad civil y el aparato estatal. La ND les habría arrancado las máscaras con deleite: estos falsos demócratas son verdaderos terroristas y el republicanismo institucionalizado no es democrático, es incluso lo peor de lo contrario a la democracia. La ND podría haber confiscado para sí sola la etiqueta de «democracia». Schmitt incluso aconsejaba llamar a Tocqueville en su ayuda... Efectivamente, ante la falange que reunía a Savigny, Tocqueville, Schmoller, Schmitt y los filólogos indoeuropeístas, el discurso republicano habría aparecido rápidamente como lo que es: un batiburrillo sin consistencia.
Por último, la noción de Volksgeist parece típicamente alemana. Los eruditos alemanes, desde Herder hasta los hermanos Grimm, han estudiado en profundidad las profundidades del alma popular germánica. Pero, fuera de la esfera cultural y lingüística germánica, los filólogos eslavos tomaron el relevo y exploraron a fondo los rincones y recovecos del alma eslava. Algunas mentes tan audaces como brillantes (Van Gennep) han emprendido una iniciativa similar en Francia, pero este logro debe a su vez ser politizado e instrumentalizado contra los partidarios republicanos de la «ciudad geométrica» (término acuñado por Georges Gusdorf, otro pensador fundamental que ha sido totalmente ignorado por de Benoist; cabe preguntarse legítimamente ¿por qué este ostracismo?).
Denso entrelazamiento de jurisdicciones y tradiciones
Puede que la antigua Francia no tuviera constitución, pero no era un desierto jurídico. Al contrario: la historia de los derechos comunales o municipales, las estructuras jurídicas de las parroquias de las provincias de Francia, las asambleas organizadas o no por síndicos permanentes o elegidos, la diversidad de las instancias judiciales, el régimen de la milicia popular, la asistencia pública y la organización de los hospitales y leprosarios, la función de los jueces, las protecciones concedidas a la agricultura, son otros tantos modelos, ciertamente complejos, que expresan la vitalidad del pueblo llano y garantizan sus derechos fundamentales frente al poder.
Es en este denso entramado de jurisdicciones y tradiciones jurídicas donde floreció la Francia rabelaisiana, la famosa alegría francesa (véase Albert Babeau, Le village sous l'Ancien Régime, reedición, Ginebra, 1978, ed. original, París, 1878). En lugar de fomentar las dudosas fantasías vikingas y germanófilas de algunos adolescentes frágiles (o de seniles precoces...), la Nueva Francia debería haber retomado esa Francia alegre de las libertades rurales, aunque el tipo del galo alegre, pagano, obsceno y libertario no se corresponda con el personaje siniestro, lúgubre, gruñón y tiránico que hoy orquesta esta Nueva Francia moribunda, atormentada por el resentimiento rencoroso de una anciana abandonada. El recurso a la vieja Francia rabelaisiana habría sido sorprendente si la ND lo hubiera combinado con una explotación ideológica eficaz de la distinción fundamental que había establecido el etnólogo Robert Muchembled entre la «cultura del pueblo» y la «cultura de las élites». La cultura del pueblo es fundamentalmente pagana (es decir, campesina y orientada hacia los ritmos naturales a los que nadie puede escapar), se centra en la diversidad de lo real y en las innumerables diferencias que lo animan. La cultura de las élites es estrecha, esquematizada, geométrica antes de la letra, represiva, «vigilante y punitiva» (por retomar las expresiones favoritas de Michel Foucault), en una palabra, escolástica. La apuesta por la cultura popular rabelaisiana implicaba también tomar partido:
por las revueltas regionales contra la «ciudad geométrica» montada por Siéyes y los revolucionarios;
por la diversidad de expresiones populares en las antiguas provincias de Francia;
por las revueltas populares en general, ya fueran campesinas, regionalistas, sindicales u obreras.
Esta triple toma de partido permitía retomar la noción de «derecho a la resistencia».
Pero, por desgracia, la opción derechista, el deseo irrefrenable (¡pero nunca realizado!) de «comer en la mesa de los poderosos», de servir como mercenarios a las derechas del poder, de soltar incansablemente discursos anticomunistas ineptos, de aliarse con políticos derechistas corruptos que exhiben su prosa en la prensa burguesa, de querer colaborar a toda costa con esta prensa (porque paga bien), impedían jugar esta doble carta de la defensa y la ilustración de la vieja Francia popular y rabelaisiana, de reivindicar el derecho de resistencia de la societas civilis, de defender al pueblo real contra sus opresores, legistas o militares. Pero los poderosos no aceptaron el mercenariado propuesto, el gurú de la ND fue despedido; fue entonces cuando se produjo un aggiornamento de la ND, un intento de abrirse a la izquierda intelectual, a sus cenáculos, a sus salones. Pero ¿cómo entrar en ese mundo, cuando se vuelve penosamente del otro lado, cuando se ha querido ser el gendarme intelectual de una falsa derecha que nunca es otra cosa que la verdadera izquierda republicana institucionalizada?
Crear una «cancillería imperial»
Schmitt, en su proyecto de reconstruir una especie de «cancillería imperial» creando su élite de juristas tradicionales y filólogos, guardianes del pasado más antiguo de Europa, no pretendía derribar brutalmente todo el edificio jurídico revolucionario-institucionalizado. Ponía en duda la validez y, sobre todo, la legitimidad de ese edificio, constataba que la inflación de leyes y reglamentos, que la fijación en las normas había conducido a un totalitarismo insidioso, a una tiranía de las normas, al surgimiento de una jaula de acero institucional que hacía aleatorios los cambios y las adaptaciones necesarios. Sin embargo, en Francia, el gaullismo de 1960, heredero del republicanismo francés, gestiona una constitución, la de la V República, que recibió indirectamente, a través de René Capitant, la influencia de Schmitt y de la escuela decisionista alemana. La influencia de Schmitt se ha considerado a veces «estatista»; se ha dicho que servía para apoyar a los antiguos Estados de modelo occidental y sus aparatos de control y represión. Se trata de una interpretación simplista de su obra. Lo hemos visto al analizar su defensa de un retorno al enfoque de Savigny. La societas civilis y sus órdenes concretas son, para Schmitt, instancias y valores de orden y disciplina, son receptáculos de virtudes creativas. Los constitucionalistas de la V República, siguiendo la lógica de Schmitt, tuvieron que llegar a la misma conclusión. Y admitir que el republicanismo francés y sus imitadores en Europa generaban una ruptura problemática y perversa entre la societas civilis y los aparatos del Estado. En 1960 los politólogos gaullistas reflexionaron sobre la cuestión: la brecha entre la societas civilis y los aparatos del Estado debía superarse mediante tres innovaciones realmente fructíferas: a) la participación en el ámbito económico-industrial, b) la creación de un Senado de las profesiones, que elevara a la élite de la societas civilis al más alto nivel del Estado y de la representación política; c) la creación de un Senado de las regiones, que permitiera devolver a todos los territorios de la Hexágono una representación directa sobre una base local, eludiendo lo que Gusdorf había denominado la «embriaguez geométrica de la Francia en cuadrados» (en La conscience révolutionnaire. Les idéologues, París, 1978).
A pesar de sus negativas, a pesar de sus reiteradas declaraciones de querer salir del gueto de la extrema derecha, de Benoist nunca ha dejado de estar atado por todo tipo de hilos a sus amigos de la antigua OAS, que hacían del antigaullismo un dogma y estaban tan cegados por sus resentimientos que no veían los cambios positivos del gaullismo en 1960. Es cierto que Alain de Benoist escribió un buen artículo en Le Figaro-Magazine, en el que afirmaba ser gaulliano más que gaullista. Pero la transición que parecía anunciar en ese artículo se quedó ahí... Solo Europa, Tercer Mundo, misma lucha constituye un intento de Alain de Benoist de salir concretamente del duopolio de la Guerra Fría, pero, por desgracia, este libro no tuvo continuidad, no se actualizó después de 1989. Armin Mohler había instado a los alemanes a apostar por la alianza francesa y el apoyo a los «estados locos» fuera de Europa. Alain de Benoist siguió sus pasos. Pero, ¿cuál es la receta para la postperestroika? ¿Qué teoría sobre Rusia? Alain de Benoist es fiel a su enfermedad: solo ideas abstractas y éticas desencarnadas, sus piezas de meccano. Por lo demás, huida de la historia, huida del mundo.
Derecho de resistencia y ciudadanía activa
Por último, si la ND hubiera retomado la noción —sin embargo, eminentemente conservadora— del «derecho a la resistencia», no habría tenido ninguna dificultad en desarrollar un proyecto de ciudadanía activa (y participativa) y en defender los sectores no mercantiles (educación, sector médico) atacados por el economicismo imperante. Hoy en día, las pocas referencias a la ciudadanía activa en los textos de la nueva derecha parecen caer del cielo, parecen ser solo una manía y un capricho pasajero, que los verdaderos partidarios de la ciudadanía activa no se toman en serio. Pero nosotros, Sampieru, Mudry y yo mismo, que muy pronto reivindicamos esta orientación hacia el pueblo real, fuimos tachados por el gurú de «trotskistas» o «ecologistas», de lectores de la revista Wir Selbst, considerada en aquella época peligrosamente «izquierdista». Hoy, al parecer, el gurú se ha convertido él mismo en un «trotskista» y un «ecologista», halaga vilmente, pero sin resultado, al director de Wir Selbst y, para limpiar sus antiguos insultos, ha hecho escribir a uno de sus servidores italianos una carta insultante en la que nos tildaba de «teste matte della Mitteleuropa» (los exaltados de Mitteleuropa). ¿Es un programa capaz de seducir a los «exaltados» querer la subsidiariedad, el restablecimiento del derecho a la resistencia, querer un derecho que se hunda en el humus de la historia, ser fieles a Carl Schmitt? (7).
Lagunas económicas y geopolíticas
Enumerar los múltiples errores de la ND francesa requeriría un libro entero. A modo de conclusión, señalemos además que la economía ha sido la pariente pobre de la «revolución metapolítica» de la secta GRECE. No se ha emprendido nada serio para dar a conocer al gran público las tesis de los economistas heterodoxos. En materia de geopolítica, se ha evocado vagamente un binomio franco-alemán (insuficiente en la Europa actual) y se ha repetido un antiamericanismo encantado, más ético que práctico. Alain de Benoist nunca ha reprochado a los estadounidenses que fabriquen «tratados desiguales» con todas las demás potencias del planeta, nunca ha analizado seriamente el despliegue del poder estadounidense desde la independencia de los Estados Unidos: en un coloquio de la GRECE, ante un público atónito, su principal argumento decir que «la sodomía entre cónyuges es punible por los tribunales en algunos estados de la Unión». Y de Benoist, inmediatamente después de pronunciar esta frase histórica, miró a su público, como esperando una reacción. Los participantes miraban sus zapatos con aire avergonzado. Y de Benoist siguió hablando, pasando de la sodomía a otra cosa, como los polígrafos pasan de la física nuclear a los cómics. ¿Agotan las obsesivas y patológicas argumentaciones sobre la sodomía toda crítica al americanismo?
Las letanías antiamericanas, justificadas por el esteticismo, por la ética guerrera europea, por la hostilidad hacia el cristianismo en general y hacia el cristianismo protestante americano en particular, por la voluntad obsesiva de defender la libertad de sodomizarse en círculo, no aportan nada concreto. Las ligas puritanas e histéricas de la virtud y los cenáculos pansexualistas y promiscuos solo sirven como distracciones: mientras unos y otros vociferan y se agitan, no se entrometen en el funcionamiento de la ciudad, para gran satisfacción de los dominantes. La CIA puede dormir tranquila.
La CIA puede dormir tranquila...
La ND, que en teoría se presenta como un movimiento para la defensa y la salvaguarda de Europa, nunca ha formulado una geopolítica continental desde el punto de vista francés. Conocemos las visiones mitteleuropeas de la geopolítica alemana, incluso los proyectos del Kontinentalblock derivados del pensamiento de Haushofer. La ND francesa nunca ha divulgado los logros de la geopolítica francesa contemporánea: no se ha publicado ningún texto sobre las obras de Hervé Coutau-Bégarie, Pascal Lorot, François Thual, Jacques Sironneau, Yves Lacoste (un «izquierdista» ...), Michel Foucher (un malvado que trabajó para Globe...), Zaki Laïdi (un «árabe» ...), Michel Korinman, etc., cuando en toda Europa estos trabajos son pioneros e inspiran a las escuelas geopolíticas existentes. Peor aún, La Nouvelle Démocratie nunca siguió los pasos de Jordis von Lohausen, que pedía a franceses y alemanes que defendieran Europa «espalda con espalda», lo que implicaba un compromiso francés en el Atlántico, una defensa de la marina francesa, tradicionalmente europeísta y vacunada contra los excesos de germanofobia que a menudo han agitado los círculos militares. ¿Ha defendido la ND parisina a los marinos franceses y sus proyectos? ¿Ha recomendado la lectura de los escritos teóricos de la Armada? No. La CIA puede dormir tranquila. La Navy League también. La germanofilia y el europeísmo germanizante de la ND de Alain de Benoist son señuelos, trampas para incautos, espejismos. Una política germanófila y europeísta en Francia es una política de apoyo a la marina del país e implica un compromiso civil y militar en el Atlántico; Alemania reorganiza el continente con Rusia; Francia se queda con la fachada atlántica. Espalda con espalda, decía Lohausen.
En filosofía, las carencias de la ND son aterradoras. Mientras que en Alemania, tierra por excelencia de la filosofía, todos recurren a los filósofos franceses contemporáneos para eludir las rutinas que afligen al pensamiento alemán actual, que fanáticos tenaces tratan de alinear con los criterios más estrechos de la «corrección política», la ND parisina ha ignorado deliberadamente a los grandes filósofos franceses contemporáneos. Incluso he oído decir y repetir en las filas de la ND que hoy en día ya no hay «grandes filósofos», salvo de Benoist, por supuesto, ¡el genio entre los genios! ¡No se puede estar más equivocado!
Por último, una estrategia metapolítica no puede ser puramente estética, ni girar al capricho de todos los vientos, ni presentar sus argumentos desordenadamente, al estilo del «movimiento browniano» de las partículas. Una estrategia metapolítica no puede situarse por debajo de la efervescencia política y partidista, salvo:
si se propone encontrar y retomar los hilos conductores,
si capta y localiza las fuerzas en el bullicio de la realidad;
si lleva a cabo un trabajo de arqueología de las instituciones.
Los filósofos franceses nos han legado los métodos para realizar tal trabajo. Pero es necesario no haberlos ignorado...
En resumen, entre otros textos de referencia para orientar nuestro trabajo, hemos elegido el de Schmitt, comentado en esta exposición. A continuación, nos fijamos objetivos claros, no percibimos el trabajo teórico como un juego de salón. Estos objetivos son:
restauración de un derecho europeo basado en sus raíces y fuentes más antiguas (referencia a Savigny).
Restauración de los derechos de las comunidades reales que conforman el tejido de Europa.
Restauración de una «cancillería imperial» capaz de armonizar esta diversidad jurídica, corolario de la diversidad europea (y esta cancillería imperial debe contar con hombres y mujeres de todas las nacionalidades, capaces de dominar varias lenguas europeas).
Mantener los sistemas jurídicos abiertos, con el fin de evitar el fanatismo normativista y cualquier forma de «corrección política».
Prever una instancia decisoria en caso de peligro existencial para la instancia política (nacional o europea).
Estudio sistemático de las tradiciones de Europa, tal y como nos pidió Schmitt.
Combinar esta restauración jurídica y este método histórico con un programa heterodoxo en economía (la referencia que hace Schmitt a la escuela histórica de Gustav von Schmoller).
Las observaciones de Kowalski
Este programa es amplio y abarca prácticamente todas las disciplinas del saber humano. Pero este programa no puede en ningún caso abstraerse del movimiento de la historia. Y cargarse con el lastre inútil de fantasías, imágenes idílicas, vanidades personales... Para terminar, señalemos una hipótesis sobre la ND, formulada por el politólogo alemán Wolfgang Kowalsky (en: Kulturrevolution? Die Neue Rchte im neuen Frankreich und ihre Vorläufer, Opladen, 1991). Kowalsky, tras analizar la evolución de las ideologías politizadas en Francia, desde mayo del 68 hasta la llegada de Mitterrand, y tras examinar el papel de la ND en esta larga efervescencia, concluía diciendo que la «metapolítica» de la ND, más exactamente su programa de «revolución cultural», era un arma contra la sociedad civil (Kulturrevolution als Barriere gegen die Zivilgesellschaft). Es cierto que el razonamiento de Kowalsky es confuso, confunde alegremente ND y FN, cree en un «reparto de tareas» entre estas dos formaciones (lo cual es una manía de los investigadores antifascistas profesionales sin profesión definida). No obstante, la pregunta de Kowalsky debe plantearse, pero de otra manera: dada la total inconsistencia de los discursos de la ND sobre el derecho, la economía, la geopolítica, las relaciones internacionales, la estaséologie (el estudio de los movimientos sociales; este neologismo es de Jules Monnerot), la historia, la organización de la salud, los proyectos prácticos en materia de ecología y suministro energético, etc., nos vemos obligados, siguiendo a Kowalsky, a constatar que la societas civilis, espacio real de la civilización o la cultura europea, no encuentra en la ND ningún argumento para defenderla contra la creciente influencia de un mundo político totalmente desviado, que ya no tiene otro proyecto que perpetuarse, autojustificándose con argumentos de hace dos o tres siglos, saqueando la sociedad civil con una fiscalidad delirante, controlándola a través de la prensa y los medios de comunicación a sueldo, vigilando y castigando a quienes se atreven a cuestionar este poder inicuo (encarcelamiento de federalistas franceses, procesos judiciales contra independientes que cuestionan el sistema de seguridad social, control de la función médica, etc., todas ellas prácticas que, evidentemente, se dan también en otros países). Kowalsky exagera sin duda al sugerir que de Benoist construyó para toda Francia una barrera contra la sociedad civil, con el fin de proteger y perpetuar el sistema bodiniano, vigente desde Richelieu y los jacobinos. El papel de Alain de Benoist, si es que realmente ha sido una distracción, ha sido más modesto: impedir que en los círculos denominados «de derecha» se esgriman argumentos a favor de la descentralización, el federalismo, la defensa de la sociedad civil, la reforma jurídica, judicial y constitucional y un retorno a los proyectos gaullistas de participación y senado de las profesiones y las regiones (olvidados desde la salida y la muerte del General), se cristalizaran y se reforzaran, con el fin de desafiar seriamente el sistema vigente y optar por una revolución europea armada con un programa coherente. La «metapolítica» según de Benoist no ha sido más que una cortina de humo, una distracción, que solo ha servido para desorientar a los jóvenes estudiantes al no movilizarlos para un trabajo jurídico, económico, sociológico y filosófico políticamente fructífero a largo plazo. Oportunidades perdidas... Citas perdidas... ¿Ceguera o sabotaje? La historia nos lo dirá...
Forest, febrero de 1998.
Notas:
(1) Roland Gaucher, que reconoce plenamente los méritos del GRECE, aunque le reprocha su desconocimiento de la estrategia de Gramsci, también sabe describir con humor los defectos que nosotros denunciamos: «Recuerdo aquí una intervención de Alain de Benoist que me llamó la atención durante un coloquio organizado por el Instituto de Estudios Occidentales. Cuando le llegó el turno de hablar, desde el fondo de la sala, se adelantó, rígido y altivo, con un rollo de papel en la mano. Sus partidarios se levantaron para aclamarlo; en aquella época no era muy conocido, pero ya había sabido formar su camarilla y su claque. No recuerdo gran cosa de su intervención, salvo la expresión de un rechazo radical de la historia de Job en su estiércol. Según él, no nos concernía. Era radicalmente ajena a la cultura europea» (Roland Gaucher, Les Nationalistes en France, tomo 1, La traversée du désert (1945-1983), p. 157). Más adelante, Gaucher se muestra aún más cáustico: «Terminaré sobre este aspecto del GRECE con una anécdota que me contó un día el difunto Bonomo, excelente reportero de origen pied-noir. Hace unos quince años (quizás en la época de la creación de la revista Fig-Mag), Bonomo había servido de piloto a Alain de Benoist y a uno de sus amigos en una expedición al Cabo Norte. Bonomo conducía el coche, los otros dos iban sentados atrás. Y, a medida que pasaba el tiempo, era evidente que los dos nórdicos estaban desarrollando un serio complejo de superioridad hacia este mediterráneo, un pez de segunda categoría. Finalmente llegaron al final del viaje, a un punto X ... que sin duda había sido designado por la tradición nórdica pagana: «Entonces —cuenta Bonomo—, de Benoist y su amigo salieron disparados del coche. Y, golpeándose con sus pequeños puños sus delgadas costillas, avanzaron hasta el borde del acantilado y gritaron, extasiados, con el rostro levantado hacia el pálido sol: «¡Padre! ¡Padre! ¡Somos nosotros! ¡Hemos vuelto! ¡Te adoramos!». En resumen, ¡era un padre Sol muy amable! (op. cit., pp. 157-158).
(2) Cerca de Perugia, en febrero de 1991, Alain de Benoist estaba sentado al fondo de la sala de conferencias, una magnífica sala de este antiguo convento transformado en centro de seminarios, con un parqué del siglo XVIII perfectamente restaurado. Estaba prohibido fumar para no dañar el parqué. Alain de Benoist fumaba, sucio y desaliñado, con su traje arrugado, su camisa manchada y sus zapatos que no veían betún desde hacía meses. Una aureola de humo se elevaba sobre su cabeza y la de su amante, vestida con unos vaqueros rotos y deshilachados a la altura de la rodilla y la nalga izquierda, un curioso contraste con todas las damas italianas presentes, cuya elegancia, ese día, era realmente impresionante. Los amigos parisinos traían de las orillas del Sena el look de vagabundo. «El estilo es el hombre», decía Ernst Jünger, y a Alain de Benoist le gustaba repetir esta frase. Yo también la medité, mirándolo, ese día. A mitad de mi exposición, se levantó para salir a fumar, llamado al orden por el conserje. Volvió en el intermedio para decirme: «¿Por qué has hablado de Derridada?».
(3) Esta lectura parcial es una lectura antifascista de Gobineau. Muchos chiflados de derechas han repetido tal cual las calumnias difundidas sobre Gobineau en Francia por los defensores de un antirracismo vulgar, que harían mucho mejor en inspirarse en las experiencias de Gobineau en Oriente para desarrollar un antirracismo coherente. Hay que reconocer que las vulgatas antirracistas y racistas comparten la misma visión truncada de la magistral obra del orientalista Gobineau.
(4) Véase Hervé Luxardo, «Les paysans. Les républiques villageoises. 10ème-19ème siècle», Aubier, París, 1981; Hervé Luxardo, «Rase campagne. La fin des communautés paysannes», Aubier, París, 1984.
(5) Y, al mismo tiempo, convertir Hamburgo en la capital del departamento de «Bouches-de-l'Elbe». Una fantasía que ya le había causado algunos problemas al hombre cuando estaba destinado en Bruselas y soñaba con iniciar su marcha hacia el Elba, conquistando Valonia y los Fourons.
(6) ¡Había que verlo! Habría sido el deleite de cualquier caricaturista impulsivo, con sus cejas caídas tristemente, como el bigote de un Tarass Boulba de feria, la boca abierta, la mandíbula colgando miserablemente como si acabara de recibir un uppercut, las mejillas agitadas por convulsiones nerviosas, el labio inferior tembloroso, reteniendo a duras penas, gracias a la fuerte viscosidad de una saliva nicotinada, su eterno cigarrillo medio apagado y pestilente.
(7) ¿Y qué pensar de la pandilla de vikingomaníacos de París y alrededores, del famoso Canciller del gurú, bocazas que se desgañita gritando las peores tonterías en las universidades de verano del GRECE, agitando para formular un grosero paganismo de bazar oriental, y qué pensar de esa amante vulgar y analfabeta que hace poco, con el cigarrillo en la boca y la invectiva en los labios, la lluvia y el buen tiempo en las oficinas del gurú, y qué pensar del actual presidente de la secta que en 1960 se movía en un grupo ultrarracista (¡que haría palidecer a Julius Streicher!), expulsado con estrépito por Jean Thiriart de «Jeune Europe» en Bruselas, de un presidente que nos lanza una fatwa desde lo alto de su tribuna, durante el último coloquio del GRECE, afirmando que somos «extremistas peligrosos»? No, estos no son «teste matte»: al parecer, son la vanguardia de la élite europea. Pero, ¿es esta la élite que Schmitt deseaba? Me permito dudarlo.
Fuente: https://robertsteuckers.blogspot.com/2011/11/pistes-manquees-de-la-nouvelle-droite.html?m=1