Solo
Nos sentamos juntos en un bar que él conoció hace unos días, pidió una promoción de shops y una porción de papas fritas mientras veía como sus gustos por cosas dulces había cambiado. El mesero se retiró y pude ver su mirada perdida y opaca. Carecía del fuego de antaño, aquel que emanaba chispas de esperanzas en su hablar y aún así, con ese rostro caramelizado por el sol y la tierra, lucía tranquilo y plácido. Si sólo me quedase con la primera impresión, quedaría con la sensación que estaba muerto, pero ahondando en sus pensamientos entendí que había llegado a un estado que no hubiese podido imaginar en el pasado.
El primer shop llegó junto a las papas, tomó un trago largo y luego comió un poco de los tubérculos, paró de masticar y volvió a perder la mirada en el vacío. Aquella sensación me perturbaba, me hacía sentir que estaba en un estado melancólico/depresivo, pero a la vez se sentía inquebrantable.
¿Qué más se puede romper un hombre roto? Fue la pregunta que me hice al verlo.
De vez en cuando miraba a la gente, escudriñaba todo lo que tenían para mostrar hasta que se bebía otro trago de su cerveza (una rubia para empezar). De pronto, una chica se nos unió, pidió un encendedor que mi amigo negó rápidamente (ya que no fuma), luego la chica volvió para pedir la silla desocupada y finalmente, luego de varios minutos entre medio, comenzó a charlar con él. No me había percatado que su físico había cambiado con notoriedad. Sus facciones estaban más marcadas, su mentón largo resaltaba su quijada, su cabello a media melena le daba ese look ochentero de rockero desgreñado, su cuello lucía grueso y firme, como sus hombros y brazos. Estaba más delgado, lo bastante para darme cuenta de que ya no era el gordo de antaño, sus brazos se veían fuertes y tonificados, podía ver como la playera se marcaba en sus bíceps.
Es un gran cambio le dije y él sólo asintió mientras miraba a los ojos a la chica. Ésta se marchó al rato sin lograr avance alguno con mi camarada. Él siguió bebiendo hasta terminar su primer trago y el plato de patatas. Pidió el segundo mientras suspiraba en su interior y la sensación de hastío golpeaba mi corazón.
En un momento creí entenderle, ver lo que veía y sentía al estar parado sobre un páramo desolado, pero la emocionalidad que me embargaba no se reflejaba en él, había sobrepasado el condicionamiento por sus sentimientos y se mantenía estoico frente al abismo. Tomó el segundo Shop en dos tandas mientras intentaba recuperarme de la impresión, llamó al mesero, pagó su cuenta y se marchó. La chica de la otra mesa hizo comentarios a su amiga mientras él se marchaba, dejándome atrás como lo hizo con su emocionalidad, como lo hizo con todo aquello que le perturbaba su paz.












