Amnesia, para Kise. Kuroko tiene que ser la víctima de ese deseo. 24 hrs.
OMG MIRA LO QUE VAS A LOGRAR CON ESTO —va a preparar su pañuelo por las dudas (???)—.
Con la cabeza dándole vueltas, contempló el techo de la habitación, donde el ventilador giraba sobre su cuerpo en un movimiento continuo e imparable, como único testigo de la escena que se manifestaba bajo su presencia. Parpadeó mientras se acostumbraba a la luz que se colaba a través de sendas ventanas, cubiertas por una fina capa de tela blanca, casi trasparente, que ondeaba con movimientos suaves a causa de la fuerza ejercida por el ventilador. Todavía faltaba mucho para verano, pero la temperatura parecía propia de esa época.
Los labios del joven se entreabrieron, y un jadeo huyó de ellos como un intento por demostrar que proseguía con la llama de la vida ardiendo en su interior. Las largas pestañas se movieron mientras sus ojos se mantenían fijos sobre el techo, y vigilantes, dorados al igual que cada hebra que constituía aquella lisa cabellera, la cual bañaba sus facciones, y también una minúscula parte de la almohada sobre la que estaba apoyado.
¿Quién era, y qué era lo que debía hacer?
Su mente parecía un archivador libre de notas, sin una sola partícula, sin el más mínimo recuerdo que albergar a excepción de una cosa contundente: Debía asesinar.
Despojar la vida de un ser humano de forma brutal, y ese humano respondía al nombre de Kuroko Tetsuya.
No recordaba absolutamente nada respecto a esa persona a excepción de su apariencia física: Un muchacho flacucho, con ojos que lucían determinados en un intento de añadir fuerza a esa etérea presencia. Alguien de movimientos sutiles que recordaba casi a un fantasma. Aunque su memoria se encontraba limitada, su cuerpo parecía tener sus propios recuerdos, y es que cada vez que la imagen de dicha persona surgía nítida en su cerebro, su pecho parecía doler.
¿Era él la razón por la que todos sus recuerdos se habían esfumado? Y, si lo mataba, ¿Podría averiguar el motivo que subsistía tras esa pérdida tan grande?
Quería respuestas, pero sentía que debía acabar con él a toda costa.
Y ese sentimiento que se acumulaba en su pecho, ¿Qué era? ¿Odio, acaso?
Era una emoción cuya fuerza era tan poderosa, tan destructiva, que generaba conflictos en el interior de sí mismo, guiándolo a una espiral de sentimientos encontrados y cosas imposibles de describir. Un caos, propiamente dicho. Un caos capaz de destruir todo lo que lo rodease, tanto material, como espiritual.
Sus dientes se apretaron.
Necesitaba acabar con él.
Él era el culpable de todo.
Su cuerpo se movió con la gracilidad de una pantera, abandonando el lecho sobre el que mantenía reposo, y bajando hasta el interior de la cocina, casi tan vacío como su propia mente, comprendió poco a poco lo que debía hacer. Sus piernas lo guiaron en pasos rápidos hacia uno de los múltiples cajones, del cual extrajo un largo y afilado cuchillo.
Observó el filo por unos instantes, y pasó el dedo sobre el lado reverso. El metal relucía límpido, amenazante, incitándolo a acabar con la labor que mantenía en mente, y una sonrisa torcida surgió sobre sus labios, casi disfrutando de los segundos que transcurrían como soldados, cuya marcha armónica resonaba en sus oídos con la claridad del agua que fluía en el bosque, y tal salvaje como la que procedía de las montañas.
No pensó en nada más: Una vez que acorralara a su víctima, iba a requerir algunas respuestas, y luego la degollaría sin piedad, acabando con todo eso de forma inmediata.
Si lo mataba, definitivamente recuperaría sus memorias.
¿Pero por qué era él el único que recordaba?
Apretó los dientes, y tras enfundar el cuchillo en el interior de su abrigo, salió a la calle en busca de su presa.
« Si no me ofreces las respuestas que busco, te haré sufrir segundo a segundo hasta que me des lo que necesito »