Banda: DIR EN GREY
Género: AU, drama
Capítulos: Drabble (6/6)
Clasificación: Todos los públicos
Resumen: Conjunto de relatos cortos basados en distintos elementos icónicos de la cultura japonesa.
Escribió un par de palabras en la tablilla y la colgó junto a todas las demás. Los deseos variaban, al igual que el pulso de quien las hubiese escrito; sin embargo, se notaba que en cada oración estaban volcados los trazos de la esperanza. A Toshiya le gustaba ponerse a leer los mensajes cada vez que iba a visitar al dueño del templo, pues lo encontraba, además de pacífico, purificador. Kaoru siempre se reía cuando lo encontraba ensimismado en la lectura, pero nunca le preguntaba qué era lo que pedía: respetaba su privacidad como la de todos los que acudían a venerar a los dioses.
No obstante, a simple vista, Kaoru no condecía con la imagen que se tenía de los monjes o los cuidadores. La primera vez que lo vio dudó que fuera el encargado, su cabello ondulado hasta por los hombros, su forma de vestir y, por supuesto, los tatuajes que adornaban tanto sus brazos como sus manos, eran casi ofensivos. Pero al comenzar a tratarlo, después de varias charlas sentados en la galería del templo, comprendió por qué la gente seguía eligiéndolo.
Algo poseía que incentivaba a uno a regresar. Y en su caso fueron, además de las tablillas, las historias que le relataba por las tardes, después de que se cerraran las puertas al público, frente a un estanque cubierto de flores de loto.
Así fue que se enteró de la existencia de Tooru, un amigo de la infancia de Kaoru que permaneció atrapado por más de diez años en un tōrō (luego de haberse suicidado cuando él se mudó por un pleito entre su padre y su abuelo), hasta que finalmente lo liberó. A Ryutaro, el hombre con apariencia de joven que aún buscaba en la lluvia al espíritu del único ser al que amó. A Hiroto, el niño ardilla que se quedó con el kiseru de su abuelo, la tarde en la que se leyó el testamento y se enteró que era el único heredero del templo. Al muchacho poco comunicativo que le compró un daruma con la esperanza que fuera el primero de muchos otros pasos con su pareja. Y al modelo que escribió un mensaje en la cuerda del fūrin ante la desesperación de perder a su novio en un accidente de tráfico: todas y cada una de las historias que Kaoru le contaba poseían algo especial que las hacía únicas a su manera, quizás, por la variedad de sentimientos que habitaban en ellas. Fueran tristes o con finales casi felices, eso no importaba, porque adquirían un matiz mágico al verlos reflejados en los dibujos de sus brazos.
Cuando le preguntó por el significado, Kaoru comenzó desde el principio, utilizando una frase que marcaría el comiendo de todas sus charlas; tal y como hacía su abuelo en su infancia: «Érase una vez…».
De ese modo Toshiya dejó de ser alguien escéptico.
Suspiró y fue donde Kaoru siempre estaba. La única diferencia era que esta vez no se encontraba solo, sino con otro hombre, el que se encargaba de «eternizar» todo lo que no quería olvidar. Porque al contrario de Ryutaro, él no había dejado de ver ni sentir cosas, pero ante el temor de ir envejeciendo y olvidarse de esos rostros y figuras, a modo de recordatorio las dejaba impresas en su piel.
«Tanto las cosas buenas como malas… así me aseguraré de atesorarlas hasta el día que deje de respirar.»
Miró el espaldar de Kaoru mientras el hombre se concentraba en ultimar algunos detalles del dibujo. Luego siguió las líneas de sus brazos y sus dedos, cubiertas de color, de marcas que el común de la gente nunca llegaría a comprender. Porque las personas no sólo se tatuaban para pertenecer —como el caso de un yakuza—, sino también para homenajear a aquellos que fueron parte de la vida. De los recuerdos. Vivos o muertos. Sólidos o etéreos.
Ni bien el otro hombre se fue, Toshiya se sentó al lado de Kaoru y contempló, muy por encima del papel transparente que le colocó, el trazo de la tinta y los restos de sangre: estaba demasiado hinchado para distinguirlo.
—Has vuelto a dejar un ema, ¿verdad?
—¿Eh?
—Tienes las yemas llenas de tizne.
Toshiya se miró las manos y enrojeció. ¡Siempre que escribía en la tablilla de madera terminaba con los dedos manchados de pintura! Se cruzó entonces de brazos y miró el atardecer: desde ese lado del templo lucía mucho mejor.
—¿A quién has decidido retratar esta vez? —preguntó—. ¿Me contarás también su historia?
—Ya la conoces —contestó Kaoru, a la vez que encendía un cigarrillo.
—No importa cuántas veces las cuentes, me gusta escucharte… así y hagas pausas o sonidos extraños.
Ambos rieron. Sus voces retumbaron junto al sonido de los pájaros y las cigarras que, en pleno cortejo, vibraban en la corteza de los árboles: aquél era un verano bastante caluroso, seco, con alguna que otra lluvia pasajera. Muy diferente al verano en el que ellos se conocieron, húmedo e inestable.
Toshiya se tumbó en el suelo, con los brazos abiertos. Comenzaba a sudar.
—En todo este tiempo que te frecuento, ¿nunca deseaste averiguar qué es lo que pido? —quiso saber.
—A veces.
—¿Y por qué no me lo preguntas?
Kaoru no respondió.
—Bueno, da igual. Mi deseo era bastante estúpido, así que los dioses no deben habérselo tomado con seriedad.
—Pero qué cosas dices…
Durante bastante tiempo escribió cosas superficiales, idiotas, que deberían haber sido ignoradas por cualquier divinidad. Sin embargo, desde que descubrió cuán feliz era pasando las tardes entre historias de yōkai y humanos en ese templo de Hyōgo, las dejó de lado y empezó a desear otro tipo de cosas:
Que Tooru hubiese encontrado finalmente su camino entre las luces.
Que Ryutaro y el hombre de la máscara con forma de lechuza pudieran usar el tiempo como su aliado para volverse a encontrar. En esta vida o en otra.
Que el niño ardilla pudiera volar cada vez más alto con sus saltos y que nunca olvidara el verdadero significado de su nombre. Ni el de Kaoru.
Que el chico de la mudanza pudiera pintarle también el ojo izquierdo al daruma.
Que el modelo y su novio escucharan por siempre el sonido de la campanilla cada vez que quisieran regresar el uno al otro.
Y que, por sobre todas las cosas, pasara lo que pasara, Kaoru jamás se olvidara de él.
—Oye, Toshi…
Volteó hacia un lado y vio cómo Kaoru se quitaba el film transparente que cubría el tatuaje. Se incorporó y, con un extraño ardor en los ojos, contempló el mismo dibujo que acompañaron todos sus deseos en las tablillas.
—Por esto es que ya no necesitas saber su historia —dijo—. Ahora también formas parte de mis recuerdos.
—Aquí en verdad… No, tú seguro eres un yōkai y nunca me has dicho —murmuró como pudo, reprimiendo las ganas de tirársele encima y llenarlo de besos—. ¡Es justamente lo que acabo de escribir en el ema!
Ninguno de los dos dijo nada. Toshiya simplemente apoyó la cabeza en el hombro ajeno, mirando el estanque y el verdor que les rodeaba. Las estatuas, donde estaba seguro que vivían los espíritus que no era capaz de ver ni sentir, adquirían un matiz diferente al ser abandonadas por los rayos del sol. Caía la noche, pero no tenía intención alguna de regresar a casa.
Entonces levantó el rostro. Estaba tan cerca de la manzana de Adán de Kaoru que escuchó cómo tragaba saliva; el murciélago de tinta que yacía al lado de la carótida también se movió gracias a ello: era la imagen de una historia que esperaba poder conocer pronto.
Extendió la mano y le quitó el cigarrillo que pendía de sus labios.
—¿Qué dirás cuando pregunten por ese nuevo tatuaje?
—Ya lo sabes.
—Dímelo, por favor —pidió, pasándole el cigarrillo luego de haberle dado una calada—. Apuesto a que será la historia más bonita del mundo.
—¿Porque estás tú?
—Naturalmente.
Kaoru sonrió, se llevó una vez más el cigarrillo a la boca y lo apagó. Después le pasó el brazo por encima de los hombros, le dio un beso en el cabello y susurró: «Érase una vez, en verano…».
Toshiya se acurrucó a su lado, escuchando cómo Kaoru relataba el comienzo de sus días. Y aunque ya conocía el desenlace de aquella historia, para él sería, sin dudas, la más importante y bonita de todas. Porque había conseguido que una persona que lo había visto todo se fijara en él, un simple humano más, al que no sólo escogió para grabar en su piel hasta el final de sus días, sino que también le permitió sondear su corazón.
Los veranos ya no serían iguales para ninguno de los dos, estuvieran juntos o no. Nunca más.
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Ema: tablilla de madera donde se suelen volcar los deseos.