Sueño lúcido
Banda: Dadaroma Género: AU, drama Capítulos: One-shot Clasificación: Todos los públicos Resumen: Al fondo de un callejón sin salida se encuentra un ser capaz de aspirar pesadillas. Takashi, cansado de ser víctima de ellas, decide probar suerte, sin ser consciente de que aquel encuentro marcará un antes y un después en su existencia.
«¿Te has enamorado alguna vez? ¿Horrible verdad? Te hace tan vulnerable...Te abre el pecho hasta tu corazón y eso significa que alguien puede entrar dentro de ti y liarla»
The Sandman
La pesadilla había sido «sustraída». Lo supo sin la necesidad de que Tomo hiciera algún tipo de sonido: la misma sensación de vacío se encargó de ponerlo al tanto. Suspiró y, poco a poco, abrió los ojos, queriéndose acostumbrar nuevamente a aquel lugar. «Esta vez ha sido rápido», se dijo, mirando hacia el frente. A lo mejor, la pesadilla que aquel sujeto aspiró no se trataba de nada del otro mundo, y por eso mismo todo había sido meramente un trámite. Acto seguido, el hombre que se adueñaba de las pesadillas ajenas le hizo una seña para que se retirara. Takashi se puso de pie, cuidando previamente de no enredarse con su propia ropa, y salió de la habitación sin decir nada, como era habitual: una serie de reglas le imposibilitaban despegar los labios ante la figura de aquel fenómeno.
En el pasillo se detuvo y se apoyó en una de las paredes, ligeramente mareado. No era la primera vez que le pasaba algo así, pero sí que lo padecía con tanta intensidad. Esperó a que las cosas dejaran de dar vueltas, y con firmeza encaró hacia la salida, no sin antes dejar sobre el escritorio donde permanecía el asistente de Tomo un billete de mil yenes.
Yoshiatsu apenas levantó la vista cuando salió.
Afuera el clima había recrudecido (¿o sería tal vez esa sensación vacua lo que le hacía tiritar en cada paso?). Acomodó su ropa lo mejor que pudo y enfiló por ese oscuro callejón, evocando, una y otra vez, el rostro del hombre que lo «aliviaba».
Lo conoció gracias a Yusuke. Ambos, por el trabajo que tenían, solían enterarse de todo tipo de cosas, y entre ellas figuraba, naturalmente, esos rumores con poco asidero que, sin embargo, corrían de boca en boca al ritmo de: «Me lo contó un amigo de un amigo de un amigo». Obviamente al principio ninguno de los dos lo creyó posible, pero cuando atravesaron ese callejón sin salida y vieron una luz mortecina hacia el final, con un cartel que rezaba el nombre del local, «Dadaism», comprendieron que no era simple palabrería: allí existía una corriente extraña. Misteriosa. Mágica.
Esa misma noche Tomo le arrebató la peor de sus pesadillas por tan sólo un par de yenes.
«¡Es una ganga!», le dijo a Yusuke ni bien salió, sintiéndose tan liviano como una pluma. Todas las preocupaciones de aquel sueño desaparecieron como la neblina con la llegada del sol, ¡no quedaba vestigio alguno del terror! Lo único que le supo mal fue escuchar por parte del asistente, las reglas que tenía que respetar si quería seguir visitando a aquel extraño personaje: sólo podía acudir una vez al mes. Tampoco se le permitía hablar ni preguntar nada. Una vez que se ingresaba a la habitación donde éste se encontraba, había que tomar asiento, cerrar los ojos y esperar a que todo terminara. La pesadilla era extraída, y se producía un simple carraspeo que marcaba el fin del ritual.
Desconocía su edad, sus aficiones o siquiera si le gustaba la cerveza o prefería el café al té. Era imposible tratar de adivinar ese tipo de cosas, en la habitación todo estaba en penumbras, una simple bombilla de veinticinco watts iluminaba un escritorio raido y un cenicero cubierto de colillas. Nunca encontró un vaso con agua o un envoltorio de algún dulce tradicional. Ese sujeto era un completo misterio mirase por donde se lo mirara, aunque lo que más le perturbaba no era su capacidad de extraer pesadillas ajenas, sino esas manchas de pintura que le cubrían medio rostro.
«A lo mejor él mismo se lo hace para infundir más miedo. O son los efectos secundarios de aquel don, ¡quién sabe!», le dijo Yusuke cuando le comentó el aspecto que poseía. Pero Takashi no estaba tan seguro que así fuera, le daba la sensación de que eran todas las pesadillas que aspiraba e iban concentrándose alrededor de la boca y los pómulos. A veces la tonalidad variaba de un rojo intenso a un azul eléctrico, y, algunas tantas más, a un negro muy profundo. «Ese color sólo debe salir a flote cuando las pesadillas son de buena calidad», concluyó con el correr del tiempo, prestando real atención a ese detalle cada vez que iba y dejaba que se adueñara de todos sus temores.
Sin embargo, esa noche, Tomo lucía algunas pinceladas oscuras también en sus manos y el cuello. Pensando en ello, su teléfono celular vibró en el bolsillo de su abrigo, sacándolo de sus cavilaciones. El número en pantalla le hizo caer en cuenta del mundo en el que se encontraba, por lo que, con cierto pesar, intentó contestar lo mejor que pudo.
—Justo estaba yendo para ahí —respondió luego de un par de reproches—. Tuve un pequeño contratiempo, pero en diez minutos estaré en la habitación.
Del otro lado de la línea se escuchó un sonido extraño y, acto seguido, se cortó la comunicación. Takashi cogió un taxi y en menos de diez minutos estuvo subiendo al piso donde se encontraba él, un sujeto que no le quitaría sus pesadillas, sino que se las inocularía. Sonrió cuando lo vio frente a una botella de champán, ataviado con un costoso traje de dos piezas de algún famoso diseñador. Se sentó entre sus piernas y se acurrucó en él, fingiendo que había echado de menos su compañía: aquel también era el ritual de Takashi para todos sus clientes.
El hombre comenzó a desvestirlo y todo siguió el curso natural de las cosas. Los clientes no pagaban para andarse con rodeos, pese a que muchos de ellos a veces sólo necesitaban charlar un poco para menguar la opresión de sus trabajos y sus familias. La mayoría de personas que frecuentaban a Takashi iban de los treinta a los cincuenta años. Jamás se permitió aceptar un rango superior a aquel techo, no porque les tuviera asco (pues éstos eran siempre los más acaudalados), sino por el simple hecho de pensar que estaba tirándose a alguien que podría ser su padre, o, incluso, su abuelo.
Quien lo hizo entrar en aquel ámbito fue Yusuke.
En una de sus interminables búsquedas de trabajo lo increpó en una calle y le tendió un volante que, a simple vista, se le figuró un anuncio de alguna tienda que recién abría sus puertas: había demasiado color y letras chillonas para tratarse de un trabajo como aquél. En un principio no entendió muy bien lo que Yusuke decía, hablaba de una cosa y otra sin tener en consideración el tiempo ni los reclamos que surgían de su boca: cada vez que quería escapar lo cogía del brazo y repetía lo ideal que era para el puesto. Se guardó el volante en el bolsillo y cuando llegó al pequeño apartamento que arrendaba se puso a leer con suma atención, comprendiendo cada una de las palabras que Yusuke fue recitando como un mantra.
La apariencia andrógina de Takashi era perfecta para lo que esa «agencia» estaba buscando. Y Yusuke, al ser igual de idóneo que él, lo supo ni bien lo vio. No obstante, no lo aceptó de buenas a primeras, le llevó un par de días decidirse por un sí o por un no. Porque no había venido de Nagano para prostituirse, claro que no, se mudó a la gran metrópolis movido por sus sueños. Pero era tan diferente de lo que se veía en la televisión que, nada más al llegar, se dio cuenta que en aquella inmensidad no era nada ni nadie. Tan sólo un simple pueblerino más con un montón de sueños bajo el brazo.
Durante algunos meses había sobrevivido en parte al dinero que sus padres le mandaban pensando en sus estudios y a algún que otro trabajillo de medio tiempo. Sin embargo, el sueño de Takashi no era terminar una carrera y encontrar un trabajo de primera línea que le consumiera la vida, ¡él quería ser alguien reconocido por cómo tocaba la guitarra! No le interesaban los planes que sus padres fraguaban para él, pero allí, con la competencia feroz que existía, ese sueño poco a poco comenzó a diluirse y no le quedó más remedio que sacar el volante del bolsillo y llamar.
A partir de ese entonces Yusuke se convirtió no sólo en un buen camarada, sino también en un excelente amigo. La única persona a la que podía acudir sin ser juzgado por entregarse día a día a un hombre distinto.
La primera vez que se acostó con un cliente lo pasó fatal. El tipo no era delicado ni tampoco se andaba con rodeos, lo había elegido únicamente por cómo se veía y nada más. Poco le importaba si se llamaba Takashi y tenía veinte o treinta años. Lo único que quería era un poco de sexo sin compromisos, con la única diferencia que, debido al prestigio que tenía la «agencia», nadie se enteraría: era ideal para esos sujetos que ansiaban salir de las fauces del hogar sin ser descubiertos por temor a los chantajes de la amante ocasional.
Esa noche se le hizo eterna.
Ni bien salió del hotel, nada más al llegar a casa, llamó a Yusuke y le contó, angustiado, todo lo que ese hombre le había hecho (también ellos poseían reglas que cumplir, pero este tipo se había pasado por alto muchas de ellas). Yusuke lo escuchó sin decir nada, respetando el vómito verbal sin chistar, hasta que sus propios sollozos lo obligaron a callar: ahí le explicó cosas que antes no había mencionado, tal vez por el simple hecho de que se echaría para atrás y dejaría en el aire un contrato previamente firmado. «Hay dos o tres cada diez que son así, pero la próxima me encargaré personalmente de revisar a conciencia con quien te enviaremos.»
Fue así que puso varias condiciones. En primer lugar estaba el tema de la edad y, por otro lado, las características más bien sumisas de sus acompañantes. Pero así como lo pidió, llegado a un tiempo, comenzó a olvidarse de ello al habituarse de lleno al mundillo de la prostitución. Poco le importaba si el hombre que se encontraba encima de él era romántico o si osaba estrangularlo conforme se excitaba.
Y era en esas ocasiones cuando se preguntaba dónde habían ido a parar todos sus sueños y aspiraciones.
Mientras el cliente eyaculaba pensó nuevamente en ello. Sintió el semen cálido dentro de sí —aunque tuviese puesto un condón— y se estremeció, imaginando tras sus párpados cansados al ser que le robaba todas sus pesadillas. Volvió a abrir los ojos y allí, bajo esa triste penumbra, la faz del cliente adoptó la forma del rostro de Tomo y, segundos después, junto al vaivén de la mano que se adhería entorno a su sexo, llegó también al orgasmo.
Vio su abdomen completamente húmedo. Hacía mucho tiempo que no liberaba semejante cantidad de esperma con tal violencia; y el cliente, creyéndose la razón de aquel estallido de placer, le sonrió, acostándose a su lado. «Buenas noches», susurró él como pudo, haciéndose a un lado con la excusa de que iba a tomar un baño. El hombre no puso objeción alguna, de hecho se lo notaba sumamente agotado, así que Takashi supuso que se dormiría en cuestión de minutos. Tomó una ducha larga, de esas que hacen agrietar la piel de todos los rincones del cuerpo, y se acomodó en el sofá rojo que poseía la habitación. Desde allí contempló las luces fluorescentes de los distintos carteles de neón que empapelaban la ciudad, comenzando a contar una a una todas las ventanas de los demás edificios: creyó que de esa manera encontraría a Morfeo mucho más rápido.
Takashi estaba seguro de que en realidad no dormía. Cada vez que visitaba un cliente, y luego de haber tenido sexo con él, ni bien apoyaba la cabeza caía rendido, sí, pero no descansaba. Eran muchas las noches en las que despertaba exaltado, envuelto en sudor frío, con la extraña sensación de ser asfixiado por un conjunto de manos. Algunas otras veces se encontraba en un bosque de árboles deshojados, rodeado de una densa oscuridad, que por más que caminara terminaba siempre en el mismo lugar. Esa clase de pesadillas comenzaron cuando aceptó ese trabajo, convirtiéndose en algo así como un detonante. Nunca antes había tenido problemas para conciliar el sueño y, mucho menos, era acosado por ese tipo de pesadillas capaz de helar hasta el tuétano de los huesos. Ni de niño y con todas las historias de fantasmas que le contaba la abuela lo padeció tanto como ahora.
De tanto en tanto, cuando era incapaz de volver a dormir por el miedo que lo embargaba, marcaba al teléfono de Yusuke y le hablaba. Le contaba lo que había soñado y lo que el cliente de turno había hecho. Yusuke nunca le pidió que dejara de llamarlo a cualquier hora de la madrugada, pero comenzó a preocuparse cada vez más por él: decía que se le notaba no sólo en el talante, sino también en su carácter, que distaba muchísimo de ser aquel Tadashi amigable y risueño.
«Hemos recibido algunas quejas. No por lo que haces o dejas de hacer, sino porque te sienten ausente. Muchas veces te hablan y sólo sonríes, pero es como si en realidad no estuvieras aquí.» Aquel tipo de frases eran las que más repetía su amigo, pero él se defendía diciendo que estaba bien. Que si no les prestaba atención era simplemente porque lo aburrían. ¿Para qué quería saber los problemas que tenían con sus mujeres o los demás inversionistas? ¿Qué coño le interesa eso a él? Sólo esperaba que acabaran, le llenaran las palmas de dinero y se fueran sin más.
Pero en aquel momento no podía llamarle por teléfono para contarle lo que había sucedido. A un par de metros roncaba un cliente, y tenía miedo que despertara y lo escuchara decir que mientras se lo tiraba, permaneció pensando en un tipo que absorbía pesadillas como un oso hormiguero que metía la trompa en un árbol y aspiraba suculentas termitas y hormigas.
«En fin», se dijo, retomando el número de ventanas donde se quedó. Continuó así hasta que, en alguna parte del conteo, fue alcanzado por un par de brazos oscuros que lo llevaron a las entrañas más profundas del sueño…
Cuando despertó el cielo estaba completamente gris; y en su mano derecha, sostenía un fajo de billetes.
Una semana después de aquel hecho sus periodos de descanso comenzaron a verse cada vez más afectados. Cumplía al pie de la letra con sus compromisos, sin saltarse ni uno solo, imaginando en todo momento a Tomo. Pero en cuanto llegaba a casa se espabilaba por completo. Intentó incluso tomar pastillas para dormir sin éxito alguno, sólo lograba que le hicieran un gran agujero en el estómago. Las pesadillas comenzaron a tornarse cada vez más vívidas, a tal punto que creyó que no dormía para evitar caer en aquel pozo sin fondo.
«No puedes seguir así», le reprochó Yusuke en una de esas tantas charlas de madrugada. «Has perdido peso y tienes mal color… a este paso terminarás siendo un cadáver.» Aquello en realidad no le asustó, pues de esa forma se liberaría y no tendría que esperar ansioso a que pasaran treinta tortuosos días para encontrarse nuevamente con Tomo. ¡Le parecía una estupidez esa regla! ¿Qué hacía alguien que era acosado todas las noches por pesadillas? ¿Acumularlas a lo largo de un mes y luego dejar que de un solo tirón se las extirparan como un cáncer maligno?
Necesitaba hablar con él. Preguntarle por esas manchas de su cuerpo y, sobre todo, confesarle que era el protagonista de todos sus pensamientos.
—Estás loco, ¡mira las cosas que me haces hacer! —exclamó Yusuke apenas entró en el apartamento—. Me arrepiento muchísimo de haberte contado aquellos rumores.
Takashi sostenía una taza de té entre las manos. Ni siquiera se había quitado el pijama (que consistía en un pantalón de algodón y una camiseta grande y descolorida), permanecía con las piernas cruzadas sobre la alfombra, al frente de una pequeña mesa ratona. Desde allí miró a su amigo ir de un lado al otro como un animal enjaulado del zoológico de Ueno; le causó gracia verlo así.
—He intentado persuadir a su asistente, a ese tal Yoshiatsu, pero me dijo que es imposible. —Yusuke al ver que él no hacía amague alguno por levantarse, fue a la cocina y puso agua a calentar—. A Tomo sólo le interesan las pesadillas de las personas, no siente deseo alguno de entablar ningún tipo de relación más allá de eso.
—¿Le has preguntado por las manchas de su cuerpo?
—Sí, pero Yoshiatsu simplemente sonrió y me cerró la puerta en la cara.
La tetera comenzó a silbar. Veía el vapor que salía de ella y pensó en su propia alma, que de seguro lucía igual de blancuzca y etérea, ocurriéndosele de golpe una teoría igual de absurda que todo lo que le rodeaba. Miró a Yusuke con una taza entre las manos y mientras esperaba que se acomodara a un costado, le comunicó aquello que repiqueteaba en su mente.
—Oye, estaba pensando en que quizás Tomo no aspira pesadillas, sino nuestras almas. —Yusuke le devolvió la mirada casi con horror—. Es lógico, ¿no? Imagina, ¿qué persona en su sano juicio quisiera coleccionar un puñado de cosas tan deprimentes e infectadas de temores? ¿Qué podría aportarle a Tomo todo aquello? —continuó pese a su acompañante meneaba la cabeza de un lado al otro en señal de reprobación—. Cada vez que lo veo me siento más y más vacio, como si me faltara algo importante.
»Al principio creí que era alivio, pero con el correr del tiempo esa sensación fue recrudeciendo. El supuesto alivio por verme liberado de las pesadillas es momentáneo, porque en cuanto salgo al callejón me doy cuenta que me fue extraído algo más que un puñado de imágenes escabrosas. Lo siento aquí. —Hizo una pausa para tocarse la zona donde se encontraba su corazón—. ¡Estoy tan incompleto que ya no recuerdo siquiera por qué sigo vivo!
Del otro lado del ventanal comenzó a caer una llovizna fina que pronto empañó los vidrios y los sumió en un transe. Ambos permanecieron mirando la lluvia en silencio por unos minutos, escuchando pura y exclusivamente cómo las gotas golpeaban el alfeizar y provocaban un tintineo muy parecido al que producía el choque de varias copas juntas.
Yusuke dejó la taza sobre la mesa y cogió una de sus manos.
—Vayamos hoy a ver a Tomo, ¿qué te parece? —preguntó con una media sonrisa—. Juntos le pediremos que te devuelva todo lo que te quitó.
—Y luego dices que soy yo el que está loco —murmuró acostándose en la mesa, dándole la espalda, buscando con ello reprimir las lágrimas que amenazaban con salir. Yusuke tomó aquello como un sí y esperó a su lado, hasta que cayó dormido gracias al calor que irradiaba su mano.
El sonido de sus plataformas era lo único que se escuchaba. El callejón parecía la boca de un lobo y, en noches como aquélla, en donde caía una molesta lluvia copiosa de aguanieve, parecía mucho más tétrico de lo que ya era. Sin embargo, a paso decidido, ambos caminaron el trayecto cogidos del brazo, compartiendo un mismo paraguas. Ninguno emitió palabra alguna, se concentraban únicamente en no caer debido a las inclemencias del tiempo. O sencillamente se encontraban enfrascados en sus propios pensamientos; daba igual.
Llegaron y tocaron a la puerta con fuerza. Dos, tres, cuatro golpes fueron necesarios hasta que la rendija se abrió y el rostro de Yoshiatsu apareció: esa noche no estaba tan maquillado como de costumbre. Los contempló con cierta molestia.
—Todavía no se ha cumplido el mes —dijo con un tono ingrávido—. Ya se te explicaron cuáles eran las reglas, así que por favor retírense.
Takashi le dio una patada tan fuerte a la puerta que la hizo vibrar intensamente.
—¡Y ustedes nunca mencionaron el hecho de que Tomo no quita pesadillas, sino fragmentos de nuestras almas! —gritó tan fuerte como pudo, incapaz de mantener la calma—. Ábreme la puerta o te juro que armaré tal escándalo que todo Tokio se despertará.
Yoshiatsu se mostró intransigente, pero un cambio repentino en su mirada los alertó de que algo no andaba bien. Y no fue hasta que la puerta se abrió que lo comprendieron: el que deslizó el pestillo no fue nadie más que Tomo, quien los abordó sin ningún tipo de expresión en particular. Tanto Yusuke como él se quedaron petrificados al ver lo alto y delgado que era (después de todo siempre estaba sentado cuando «aspiraba» las pesadillas), porque incluso con sus plataformas, ese sujeto, estando descalzo, les llevaba un par de centímetros de ventaja.
Takashi tragó grueso cuando se percató que Tomo tenía el cuello, parte de la cara y las manos un poco más renegridas. «Lo está consumiendo», pensó cuando comenzó a seguirlo luego de que le hiciera una simple seña con la mano (Yusuke entretanto se quedó con Yoshiatsu, pues sólo le era permitido permanecer ahí, lo cual era de agradecer con el clima que hacía afuera). Una vez en la habitación se sentó frente a él, con la única diferencia que esta vez no cerraría los ojos: no iba con la intención de que le extirpara todo aquello que anidaba dentro de sí.
Suspiró y, tomando coraje, comenzó su confesión. Le habló de sus sospechas, los pensamientos que tenía y de la gran imaginación de su cabeza: relató con gran nitidez cada uno de los encuentros sexuales que mantuvieron gracias a todos esos clientes que lo solicitaban por las noches. Sin embargo, al expresarlo en voz alta, con cada nueva palabra que brotaba de sus labios, más cuenta se daba de lo que en realidad le pasaba.
¿Cómo era posible que no se hubiera percatado antes?
Cansado como estaba luego de poner el corazón en sus manos, esperó pacientemente a que ocurriera algo que le devolviera todo aquello que Tomo le sustrajo a base de engaños. Porque para él no hacía otra cosa que jugar con la desesperación de las personas para adueñarse de sus sueños y sus anhelos. Y sin embargo…
—Te equivocas —dijo Tomo; escuchar su voz lo dejó casi sin aliento—. Lo que hago no es más que quitar pesadillas. No me interesan los sueños de los demás, son demasiado aburridos. No me llenan.
¿Aburridos? ¿Qué demonios le pasaba a ese sujeto? ¿Acaso él no poseía sueños como los demás? Preguntándose aquello, Tomo sacó del cajón una cajetilla de cigarrillos y se llevó un pitillo a los labios. Sus dedos, completamente negros, no dejaron rastro alguno ni en la caja, el cilindro o el zippo con el que lo encendió. Dejó escapar lentamente el humo y sonrió, mostrando una dentadura blanca y perfecta.
—¿Por qué si sólo aspiras pesadillas, me siento tan vacío? ¿Qué me has hecho?
—Nada, quitarle aquello que te hacía sufrir.
—¿No puedes devolvérmelo, por favor?
Sus miradas se encontraron. Una ligera película de tristeza empañaban sus ojos negros, y supo, entonces, que nada quedaba por hacer: Tomo no podía devolverle aquello de lo que él mismo se había desprendido. Aquél era el precio a pagar por olvidar todo lo que uno no quería enfrentar.
Lloró.
—Acércate.
La voz de Tomo cortó abruptamente ese reguero de lágrimas. Levantó la cabeza y vio que palmeaba el sofá, dándole a entender que era allí donde debería estar. Hizo caso a su petición con cierta cautela, tomándose unos breves segundos para limpiarse el rostro con la yema de los dedos.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó ni bien se sentó a su lado—. No tengo nada más que puedas robar.
Tomo no respondió, en silencio lo asió por los hombros y lo obligó a recostarse sobre sus muslos. El pantalón estaba lleno de plumas negras, similares a las de un cisne, por lo que en un principio le produjeron un cosquilleo en el carrillo izquierdo. Pero una vez que se acostumbró a la textura, extendió la mano y le tocó la piel por entre las rendijas de la camiseta que llevaba, dejando al descubierto un abdomen plano y bien marcado. Luego continuó subiendo y delineó sus pezones, ligeramente morenos y erectos por el frío, hasta que se detuvo en el nacimiento de la enorme mancha oscura del cuello. Deslizó el dedo creyendo que el material quedaría adherido a su piel, pero no era pintura: Tomo no se había hecho esas cosas a propósito con tal de infundir un poco más de miedo o impacto. Era algo que brotaba por sí solo; poseía vida propia.
—¿Duele? —quiso saber, revisando a conciencia una de sus manos.
—A veces.
—¿Por qué sigues aspirando pesadillas si te produce dolor?
—Porque tampoco existo sin ellas.
—¿Y tus sueños?
—A mí no se me permite soñar.
Se preguntó qué clase de Dios podía consentir una cosa como aquélla. Sintió pena por él, por ese extraño don que recibió y del cual no era capaz de escapar. Aspirando pesadillas noche a noche, adueñándose de los temores ajenos para acogerlos como propios. ¡Qué existencia más triste y miserable! Igual a la suya, que estaba únicamente para complacer a los demás por un par de billetes.
Acto seguido, Tomo se movió un poco, dándole a entender que era momento de que se fuera. Pero Takashi lejos estaba de querer hacerlo: se arrebujó lo mejor que pudo y cerró los ojos.
—Quiero dormir aquí.
—No puedes. Hay reglas que debemos cumplir y…
Lejos quedaron las palabras. Una pesadez difícil de soportar cayó de lleno sobre su cuerpo, imposibilitándole cualquier tipo de movimiento. Sabía que estaba soñando, era plenamente consciente de ello. Conocía más que bien el escenario, había estado allí infinidad de veces: reconocía cada uno de aquellos árboles como la palma de su mano. Caminó tal cual siempre hacía, de un lado al otro, sintiendo cómo las hojas y las ramas secas crujían bajo sus pies. Los copos de nieve iban humedeciéndole poco a poco la ropa.
Entonces llegó al claro del bosque y lo vio.
Tomo estaba dándole la espalda, levantando enérgico uno de sus brazos como si le reclamara algo al cielo. Él se quedó mirándolo sin saber qué hacer, esperando que algo sucediera de un momento a otro: tenía la ligera impresión de que todo se arruinaría si intervenía. Pero el tiempo pasó, lento, junto a una ventisca helada que lo estremeció de arriba abajo, por lo que no le quedó más remedio que acercarse. Tomo extendió los brazos sin darse la media vuelta, exponiéndose.
Takashi le rodeó el torso con ambas manos; estaba tan frío que no parecía un ser vivo.
«Quema mis ojos, mi cuerpo y mis sueños. En silencio, en silencio, en silencio: mátame. Permíteme terminar con esto.»* No sabía de dónde provenía aquel murmullo, si era el viento que arrastraba las palabras de una vieja canción o si era Tomo quien lo recitaba. Pero daba igual, ¡no le gustaba lo que escuchaba! Así que con la única intención de no dejarlo escapar, hincó los dedos en su pecho, a la altura de los pezones, y empezó a enterrarlos cada vez más. Con tanta fuerza que cuando se quiso dar cuenta ya se había evaporado por completo, quedando sólo en el aire un par de plumas negras que revolotearon con el viento.
¡¿Lo había matado?!
Despertó de golpe, con los pómulos completamente humedecidos por el llanto. El rostro de Tomo permanecía a escasos centímetros del suyo, ligeramente inclinado hacia adelante; y su boca, entreabierta, «aspiraba» los vestigios de aquel sueño, provocando que la mancha negruzca de sus labios y cuello se expandieran como células cancerígenas. Luego se apartó un poco, y la expresión de su rostro se suavizó por completo.
—Y tal vez —dijo—, ¿este es el sueño que te atormenta?
Quiso abrir los labios, pronunciar aunque fuera un gruñido, pero su mirada se concentró en las dos marcas rojizas que se habían marcado como un fierro caliente en la piel de Tomo: sus diez dedos permanecían tatuados en su pecho como un fiel recordatorio de que lo que había pasado no era un producto de su invención; era real. Tal real como el aire que entraba en sus fosas nasales y henchía sus pulmones de recuerdos.
—Ahora estamos a mano —musitó Tomo, haciendo un gran esfuerzo por mantener los ojos abiertos—. Tú también me has robado algo.
Ya en la calidez de su apartamento y junto a Yusuke se permitió desconectar un poco su cabeza. Habían sido semanas difíciles, pero ahora estaba tranquilo, en paz. Pudo aceptar que aquello que lo inquietaba no era nada malo, simplemente un sentimiento que, aunque a veces parecía perturbador, podría llegar a ser cálido. Único.
Yusuke le puso una taza de té enfrente y se sentó a su lado.
Desde que salieron del callejón ninguno dijo nada. Él porque todavía guardaba en la palma de su mano el peso del corazón de Tomo, y no quería perder por nada del mundo aquella sensación: lo guardó bien en el bolsillo del abrigo para que la nieve no lo alcanzara. Y Yusuke, tal vez algo abatido por todo lo sucedido, se encontraba más bien ido, ausente: recuperó recién un poco el ánimo cuando vio la fachada del edificio. Entraron, encendieron la calefacción y se arrebujaron entre unas frazadas.
—Oye —susurró Yusuke, inclinándose un poco hacia adelante—. ¿Qué ha pasado exactamente? ¿Te devolvió aquello que fuiste a buscar?
Asintió; la verdad es que no sabía cómo explicárselo.
—Me alegro por ti —añadió su amigo, volviendo a su postura inicial, con la taza entre las manos, dándose calor—. Tenía la sensación que el tiempo se había detenido y que no regresarías más, ¡estaba muerto de miedo!
¿Cuánto tiempo real había pasado? Lo cierto es que a él todo se le hizo demasiado corto, porque lo único que quería era aplazar el curso natural de las cosas para poder quedarse con Tomo una vida entera. Asió la taza y embebió su interior con el sabor dulzón del té verde. En el transcurso el teléfono sonó varias veces, pero no se molestó siquiera en cortar las llamadas: no volvería a atender a ningún cliente. Nunca más.
—Dime, Takashi, sólo por curiosidad: ¿qué escondes ahí? No has sacado la mano del bolsillo en todo el rato.
Takashi fue descalzo hasta el ventanal, y desde allí contempló cómo los copos de nieve se esparcían con el viento, acumulándose lentamente sobre el techo de las casas linderas. Se dio la media vuelta, y con un fuerte suspiro, sacó el puño del bolsillo.
Cuando abrió la mano sólo quedaron los residuos de lo que alguna vez habían sido un conjunto de hermosas plumas negras.
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*: El fic, claramente, está basado en Lucid Dream, por lo que muchas frases de la canción aparecen entre líneas.








