Por espacio de horas o días vivió en un vacío, una oquedad seca y mísera sin pasado ni futuro. Las paredes se alzaban tiesas alrededor. En el otro lado había silencio. Tenía los brazos y las nalgas doloridos a causa de las inyecciones; tuvo fiebre, una fiebre que nunca llegaba al delirio, pero que lo mantenía flotando entre la razón y la sinrazón, una tierra de nadie. El tiempo no transcurría. no había tiempo. Él era el tiempo: solo él. Era el río, la flecha, la piedra. Pero no avanzaba. La piedra lanzada seguía suspendida en el punto medio. No había día ni noche. A veces el doctor apagaba la luz, o la encendía. había un reloj de pared junto a la cama; la manecilla iba y venía sin sentido de una a otra de las veinte cifras de la esfera.
Ursula K. Le Guin, Los desposeídos, 1975















