Miguel estaba lo suficientemente concentrado en su conversación con Martín (era un tema muy importante sobre si gustar del príncipe Sidon te hace o no te hace furry) cómo para tropezar con sus propios pies.
En su defensa, acababan de jugar un pequeño partido de fútbol, siendo los últimos en abandonar el campo; y la conversación era realmente interesante. Miguel no sabría cuál sería la defensa de Martín por ni quedarse ahí parado y no intentar agarrarlo.
Miguel cayó hacia adelante, mano extendida por instinto hacia la persona que iba frente a ellos, buscando agarrar lo que sea que pudiese frenar su caída, logrando sujetarse de una prenda… que no impidió que se fuera de cara al suelo con prenda en mano. La gravedad es una reina cruel.
—Santa mierda… —murmuró Martín, el asombro en su voz era algo que Miguel no esperaba. Más bien, una risa burlesca y algún comentario sarcástico.
Miguel levantó el rostro para encontrar un par de piernas desnudas frente a él y su mano extendida todavía sosteniendo la prenda que había agarrado: una pantaloneta negra.
Miguel miró hacia arriba para encontrarse con los muslos y glúteos desnudos de Francisco, quien había sido la victima de intento de asirse de algo, dejándolo solo vistiendo un jockstrap deportivo ajustado a ese par de montañas que Miguel había visto en más de un sueño húmedo, realzando su atractivo a los ojos del peruano.
—Redondo… —murmuró estupefacto, sintiéndose de pronto muy agradecido por la señora gravedad por darle el privilegio de ver el futuro material de sus noches solitarias.
—¡Mi-Migue! —A Francisco le tomó unos segundos sobreponerse a ser expuesto súbitamente. Y su grito fue lo que hizo reaccionar a Miguel, quien se levantó de golpe, subiendo los pantalones de Francisco de vuelta a su sitio en el proceso.
Con los colores subidos al rostro, Miguel tartamudeó mil disculpas mientras Francisco, en igual condiciones, daba mil “está bien, no te preocupes”, todo con la risa de Martín cómo música de fondo.
—Bueno, esto es incómodo —fue lo que dijo Martín luego de reponerse a la sorpresa de encontrarse cara a cara con su antiguo compañero al cual no había visto por milenios. No desde la última guerra. Había viajado hacia los confines del mundo para disfrutar de un momento de paz y se encuentra con un agente del caos. Eso… eso no debería ser posible. Literalmente.
—Para ti quizás, yo me estaré riendo de la cara que pusiste por los próximos cien años —comentó Pedro, riendo de buena gana, pasando a su lado mientras le daba un amistoso golpe en el hombro—. ¿Y cómo te ha ido, rubio? ¿Sigues siendo virgen?
—Pedro… ¿Por qué estamos aquí? —preguntó Martín, su voz tensa mientras observaba la espalda de Pedro.
—¿Uh? ¿A que te refieres? —fue la respuesta de este, quien no se volteó a verlo. Su mirada estaba fija en el oscuro acantilado que se mostraba frente a ellos—. ¿Y no me vas a decir si aún eres virgen?
—“Los seres del orden y el caos no deben ocupar el mismo lugar”, eso fue decidido luego de la última guerra. —Dijo Martín—. Es la única regla que ambos obedecemos sin siquiera intentarlo. Que estemos juntos sin ninguno de los dos quererlo significa…
—Que el fin se acerca —completó Pedro, volteándose a ver a Martín. Pero ahora su expresión era tan seria cómo la del agente del orden—. La pregunta sería: ¿El fin de que? ¿De quién?
Un silencio se cernió sobre ellos mientras la pregunta de Pedro flotaba en el aire. Al ver que no respuesta venia, Pedro volvió a mirar hacia el abismo
—Orden y caos son conceptos atados a los seres vivos. Y cómo estos cambian, también los conceptos cambian —comentó Martín, caminando hacia donde estaba Pedro para observar el acantilado junto a él—. ¿Crees que ya ha llegado nuestra hora?
Pedro soltó un suspiro para luego mirar a Martín con determinación.
—No lo sé, ¿pero sabes qué? Si voy a terminar desapareciendo, al diablo, voy a hacer lo que he estado muriendo por hacer desde hace mil año.
Le costó nada a Pedro cerrar el espacio entre ellos, tomar el rostro de Martín en sus manos y buscar sus labios con los suyos, en un beso que tomó al rubio por sorpresa.
Abrazó a Pedro con fuerza mientras profundizaba el beso, presa de la desesperación de años, de deseos que solo quedaban en sueños finalmente saliendo a la luz. Al borde de un cambio desconocido, en los confines de la tierra, Martín estaba besando al ser que era la antítesis de su existencia, todo contra lo que luchaba. Pero aquello no iba a importar dentro de poco, ¿cierto?
—Cae conmigo —pidió Pedro entre jadeos cuando finalmente se separaron. Aquello no era una tentación, era una súplica.
—Juntos —musitó Martín—. Cambiemos juntos.
Pedro sonrió, mientras el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Martín no pudo sino sonreír de vuelta.
Ambos se dejaron caer, hundiéndose en las sombras del gran abismo. Cualquier cambio que estaba por sobrevenir; había permitido algo que sólo habían podido soñar por siglos. Esa era la sola razón por la que Martín no le temía.