Salut Nico ! Salut La Choza
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Salut Nico ! Salut La Choza
wait but could yall imagine stray kids en la choza???? ik it would prob never happen but the level of chaos would break the scale
La Choza, Santa Fe, 11/1/19
La Choza, Santa Fe, 11/1/19
building
La Choza is the sister restaurant of the ever popular The Shed, located in the old town square. La Choza is out of town but not a bad distance and way less crowded, but plenty of people still are there. They have their own parking lot behind the adobe building. The dining areas take up several rooms and there is also a large bar area. Beams of wood line the ceilings and colorful art…
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Secret Spot - La Choza
Historia de la Biblio, capítulo XIX
Los viernes non sanctos
Cuando la Biblio se volvió un verdadero acoso por el nivel de demanda que tenía, se hizo necesario un punto de fuga, y empezamos a cultivar un ritual un tanto pagano, el de los viernes non sanctos. El viernes, de por sí, es el día de la semana, junto al martes, más sospechado de yetas e intrigas mefistofélicas; en Venado (aunque no solamente, claro está) es el día, según la convención social, en que los hombres y mujeres salen solos, el día en que –de algún modo– vale todo y tácitamente está admitido transgredir algunas normas; ese día todos se hacen los distraídos y nadie puede acusar sorpresa si descubre a otro con las manos en una masa que no sea la suya. A nosotros (cuando digo nosotros, digo cinco personas: el Nano, Pablo, Marcelo, el Fito y yo; ) a pesar de no ser santos, los viernes no nos motivaban –en principio– por ninguna otra cosa que la necesidad biológica y mental de solazarnos, esto es: juntarnos entre amigos a comer, beber y reírnos. Era una buena manera, la que encontramos, de finalizar la semana, aunque a decir verdad nuestra semana no tenía ni principio ni fin, era un continuum eterno porque con la facultad teníamos clases de martes a sábado y los domingos fútbol, aparte de la atención al público diaria que implicaba la biblioteca. La empresa, sin embargo, a pesar de los fines loables, no era fácil: éramos cinco secos consuetudinarios, a veces, como decía el Fito, o su padre, no teníamos “ni caca en las tripas”. Famoso era entre los más o menos cercanos que nosotros no teníamos billeteras, teníamos "poeteras", porque lo único de valor que inexorablemente teníamos en nuestras “billeteras”, eran poemas, con los que salíamos a conquistar el mundo. Así que cada viernes, fatalmente, se transformaba en una maratónica procuración de fondos para ir a cenar. Sólo los dioses báquicos a los que nos encomendábamos saben lo que hacíamos para conseguir el dinero que, siempre, infaliblemente, conseguíamos. Salíamos de la Biblio, después del partido del viernes. Pablo se bañaba en el entre tiempo, mientras el resto de los cofrades iba llegando, munido cada uno de su moneda de veinte centavos, dispuesto como todos a echarla en la ranura y a ver la vida color de rosa. No sé si en alguna vez fuimos tan felices y tan incomprendidos como esos viernes en el momento en que salíamos de la Biblio en patota, rumbo al restaurante. A veces íbamos con el profe de turno, pero siempre con un número cambiante de amigos que se sumaban a la ronda, entre ellos, el Negro Carpio, el Cari Gagliardino, Oscar Poliotto, el Charly Chiavassa. Los lugares adonde íbamos: el Mundialito, donde nos atendían amistosamente y nos llenaban de achuras mientras, de fondo, sonaban las canchas de bochas. Después nos fuimos corriendo y fuimos alternando lugares: fuimos al Paprika, con Tito Lucini a la cabeza de una empresa familiar y de una cocina exquisita; fuimos a La Choza, al hospitalario reducto culinario del clan Ferrando; fuimos a La Forcheta, cuando representaba el orgullo de Horacio Lo Valvo; fuimos a La Taberna de los españoles; fuimos al Jockey Club, cuando lo regenteaba Brandoni, un granuja que supo explotar las potencialidades de la noche venadense como ningún otro, pero también fuimos cuando estuvo a cargo de otro rosarino, fanático de Central del que bochornosamente no recuerdo su nombre, pero sí del de su hija Paloma que era un sol que deambulaba con su luz entre las mesas; fuimos a las parrilla de la ruta 8, fuimos a otros pueblos (Villa Cañás, Murphy, Corral de Bustos, etc). También fuimos algún tiempo a un restaurante de otro Tito, creo que se llamaba El Rincón, que estaba ubicado en Iturraspe y San Martín, en tiempos de la construcción del Centro Dinámico Cultural (subsidiado heróicamente por la Fundación Antorchas), con su mujer y su hijo Albano llegamos a ser como de la familia. En cada uno de esos lugares nos íbamos últimos y siempre terminamos siendo amigos de los dueños, a veces con alguna deuda ocasional, pero nada de importancia. Recuerdo que nos reíamos, nos reíamos mucho, las carcajadas nuestras eran estertóreas e incomodaban, porque por lo general se escuchaba en todos los rincones del restaurante en el que circunstancialmente pasábamos nuestra alegría. Durante los años que duró el periplo de vagabundaje por todos esos restaurantes, fuimos creando una serie interminable de poemas que íbamos titulando con el nombre de diferentes arqueros de fútbol. Este es uno de ellos, escrito por Marcelo Sevilla.
Abbondanzieri Cabalgan los días como enloquecidos jinetes del desierto flamean en el aire caliente de un siglo hervido de pólvora y desprecio
siglo nuclear del fin de todos los tiempos de harapos tendidos en los alambres pobres de las orillas urbanas como opacas guirnaldas del dolor del hombre hundido por los vientos vientos desdichados y onanistas que insisten en flamear ahora que ya no hay banderas ni amores imposibles
Cómo hablar entonces sin rubor del espíritu albañil del pincel entusiasmado que quiere reconocer las derruidas columnas de Grecia y pintar sus olivares
y navegar entre sus piedras (entre sus piernas siento y siento piernas que se abren) Por lo demás todos lo sabemos el universo está partido en dos: el de antes cuando ella me dijo sí y el de después cuando me dijo adiós.