Hoy tenemos el placer de volver a leer en nuestro blog a Quim Casas, que esta vez revuelve en las profundidades de La fosa, de Pere Vilà.
La cámara pegada al cogote de un hombre anciano. El hombre cruza un espacio (aún no sabemos que son los pasillos de un geriátrico) como los héroes del western cruzaban desiertos y laderas. La cámara de Pere Vilà le sigue a su espalda como la de Gus van Sant sigue a los adolescentes de Elephant y la de Béla Tarr captura, en travelling lateral, a tantos personajes de sus filmes. Movimiento permanente cuando la vida toca a su fin. Resonancias de la memoria histórica, del espectro materializado de la guerra civil española, desde un pequeño aparato de televisión: se han hallado los restos de varios soldados republicanos en una fosa común. La fosa. Mirando hacia atrás (con ira). El anciano, ahora con las facciones de Lluís Homar, vuelve del exilio tras la muerte del dictador y reencuentra al amor de su vida. Es un duelo de primera magnitud, cuerpo contra cuerpo (Homar y Vilarasau, dos iconos del audiovisual catalán), recuerdo contra recuerdo, lo que pudo ser y lo que fue (y ya no podrá ser). El tiempo hace estragos y, en La fosa, Vilà lo cuenta como relataba la renuncia de otro anciano (Lou Caste) a abandonar su piso (su memoria) en La Lapidation de Saint-Étienne. El tiempo, el recuerdo, la guerra y todo lo que está se llevó por delante, la imposible reconciliación entre bandos tantos años después y el lugar en el que uno decide morir sabiendo que su legado, si lo hubo, se ha extinguido. Una película magnífica.