A Pigeon Sat on a Branch Reflecting on Existence. Gorjeo
Como ya parece tradición, Nicolás Ruiz, editor de Cineuá, hace su aparición en la recta final del nuestro blog. Roy Andersson tiene la culpa, con A Pigeon Sat on a Branch Reflecting on Existence.
Con la triología existencialista de Roy Andersson me ocurre que, pasado el tiempo, soy incapaz de recordarla como piezas, no sabiendo diferenciar a qué título pertenece cada una de las escenas que me vienen a la mente. Ya no sólo esas piezas aisladas, sino los propios personajes recurrentes no me resulta ubicables bajo un título, así como no sabría discernir si los anacronismos presentes en A Pigeon Sat on a Branch Reflecting on Existence están presentes en Canciones del segundo piso o La comedia de la vida. Quizás no fuera algo planeado por el director sueco al arrancar su trilogía hace catorce años (o quizás sí) pero eso la dota no solo de perspectiva y, con ello, profundidad, sino que además esa unidad y vigencia a lo largo de década y media convierte en universal a su trilogía, atravesada por historias que no solo contienen flashbacks sino a pasados que irrumpen en el presente. Tres encuentros repentinos con la muerte abren A Pigeon Sat on a Branch Reflecting on Existence, para dar paso a su colección de retratos humanos aferrados a una existencia absurda que, como palomas en una rama, disfrutamos por cómicas."
En Sección Oficial.
15 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 1 / 22.15 horas.
Hay películas de las que escribir es un regalo. Por eso hoy ofrecemos una vez más dos visiones sobre un mismo film: The Innocents, de Jack Clayton, sobre el que hablan Cristina Álvarez López, fundadora y editora de Transit, y Quim Casas, que vuelve a visitarnos.
The Innocents. Lo visible y lo invisible
Cuento gótico de fantasmas donde nada es lo que parece, The Innocents combina el dominio de los aspectos visuales y sonoros con la fuerza de una historia estructurada, narrativa y emocionalmente, sobre el punto de vista de su protagonista(una institutriz a cargo de dos hermanos huérfanos).
Cada detalle de este filme, dirigido con maestría por Jack Clayton, está cuidado al extremo. Sus imágenes son de una exuberancia imponente, y el juego entre lo visible y lo invisible —lleno de súbitas apariciones y de reflejos fantasmales que irrumpen violentamente en el plano— se convierte en fuente de un horror formal tremendamente expresivo. Pero The Innocents es también un filme de susurros y ecos, de pasos que arañan el silencio, de pájaros que huyen en bandada, de hojas alborotadas por el viento, de melodías tarareadas obsesivamente…
Como una nube que, de repente, ennegrece el cielo, la atmósfera de The Innocents se transforma por completo de un segundo al siguiente:mediante un corte de montaje,con una expresión facial que se altera o con una leve inflexión vocal. Lo bello deja paso a lo siniestro, la inocencia es corroída por la manipulación, y la extrema bondad se convierte en elnido del que brota la locura.
The Innocents nos agarra con tanta fuerza que, cuando llega el desenlace del filme, no estamos todavía preparados para aceptar que lo que nos han contado no es necesariamente lo que hemos visto y oído durante su metraje.
Cristina Álvarez López
***
The Innocents. La mejor vuelta de tuerca posible
Después de Shakespeare, Poe, Dickens y Verne, Henry James es, de entre los grandes escritores clásicos, el más adaptado al cine. Y de su ingente producción, Otra vuelta de tuerca es la novela que más veces ha sido llevada a la pantalla. Historia de intriga gótica, abstracta, misteriosa, fantasmal y perversa, en la que prima antes la sugerencia que la evidencia, como en los relatos fílmicos urdidos por Val Lewton y Jacques Tourneur, ha interesado a cineastas tan dispares como Jack Clayton, Michael Winner, Eloy de la Iglesia y Donato Rotunno, pero ha servido también de directa o indirecta fuente de inspiración para títulos como El sexto sentido, Los otros y El orfanato.
La versión de Clayton, The Innocents (1961) en inquietante título original, ¡Suspense! váyase a saber por qué en España, es sin ninguna duda la mejor porque, ante todo, respeta las incógnitas sugeridas del texto original, traza el mejor mapa posible para el relato de fantasmas y se completa como una oda al misterio puro. Es de esas películas, en el tránsito entre el clasicismo y la modernidad, en las que todas las piezas encajan a la perfección: la interpretación de Deborak Kerr en el papel de institutriz puritana roída por una pulsión erótica que la desborda, la envolvente puesta en escena de Clayton, la fotografía en blanco y negro de Freddie Francis (a la vez realista y sobrenatural), la adaptación de Truman Capote y William Archibald, la música de Georges Auric… El fantástico, como estado de ánimo, en su máxima expresión.
Quim Casas
En TOUR/DETOUR.
15 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 2 / 20.15 horas.
En nuestro último día, más colaboradores de lujo para nuestro blog. El crítico, escritor y profesor australiano Adrian Martin nos brinda una píldora crítica de La pianista, de Michael Haneke.
Isabelle Huppert ofrece una de las grandes interpretaciones de su carrera en este estudio, acerado y abrasador, sobre el abuso físico y emocional, situado en el ambiente contemporáneo y de alta cultura de Viena. Erika, una respetada profesora de música clásica, comienza a sentir una extraña atracción por Walter (Benoît Magimel), un estudiante joven y rebelde. Las contradictorias señales lanzadas por este la conducen a actos extremos de sadomasoquismo y de auto-degradación, y también de agresión contra Anna (Anna Sigalevitch), su supuesta contrincante. En paralelo, observamos la relación —compleja y llena de problemas no resueltos— que la profesora mantiene con su anciana madre (interpretada por el icono del cine francés Annie Girardot).
La adaptación de Haneke de la dura y feminista novela de Elfriede Jelinek no se deja nada en el tintero. El mundo del arte elevado está lleno de represión (que apenas puede mantenerse oculta), y de perversos y retorcidos rituales de apego; el amor mismo es un juego violento, incluso mortal, que se funda en la pura alienación entre el hombre y la mujer. Aún así, pese a la severa claridad de la mirada de Haneke sobre estos estremecedores acontecimientos, La pianista (como su posterior Amor) está entre los pocos films de su carrera que se las arregla para mirar a estos personajes problemáticos y emocionalmente deformados con compasión, incluso con comprensión, porque la supuesta cultura civilizada tiende las mismas trampas para todos nosotros.
Lo último del gran Frederick Wiseman brota de los entresijos de la National Gallery de Londres. De ello habla Déborah G. Sánchez Marín de Visual404.
El último documental de Frederick Wiseman invita a conocer durante casi tres horas la National Gallery de Londres y el trabajo que en él realizan los diferentes departamentos adjuntos, desde laboratorios de conservación y restauración hasta los talleres de pintura y los foros y encuentros con los amigos de la galería. Quizá lo más interesante que surge de esas tres horas de desplazarse con la cámara por el museo es esa sensación de que los que allí trabajan lo hacen para hacer del arte algo vivo. El documental como el propio museo piden la colaboración del que mira, ambos necesitan la mirada activa del espectador y de la audiencia para reactualizarse y cobrar sentido. National Gallery lanza algunas preguntas, ¿cómo se actualiza la importancia de la obra de arte en el presente? ¿por qué no es suficiente con apelar a su valor de obra de arte? y, ¿cómo se convierte la obra en algo vivo que nos habla? Lo que Frederick Wiseman nos cuenta en su documental es una concatenación de encuentros, el de la Historia del Arte con la historia más personal (ese pasado que no cesa de venir enredado con ese presente en continuo, ese fantasma obra-de-arte que se encarna mediante nosotros), lo fantasmático encuentra la carne. En la National Gallery trabajan para hacer del arte algo vivo, algo que insertar en nuestras vidas, eso significa darles nuestra(s) historia(s), además de nuestra mirada, llenarlas de nosotros mismos, sentir las obras y entenderlas.
En Las Nuevas Olas. No ficción.
14 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 12 / 20.30 horas.
15 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 12 / 20.30 horas.
Junto con Parasite, de Anja y Wilhelm Sasnal, se proyecta Moonless Summer, cortometraje de Stefan Ivančić del que el programador y crítico Gonzalo de Pedro habla de esta manera. Lean atentos.
¿Dónde están las raíces cuando el país en el que creciste ha desaparecido, se ha desintegrado, ha sido borrado del mapa, dividido en otros tantos nuevos países? Moonless Summer, el segundo trabajo del serbio-español Stefan Ivančić, estrenado a competición en el pasado festival de Cannes, es un retrato de esa generación que vino al mundo en un país llamado Yugoslavia para crecer en un país llamado... quién sabe. Desorientados, perdidos, huérfanos de su propia historia. A través de los días de verano de un grupo de adolescentes que se enfrentan a un primer cambio trascendental en su vida, el trabajo de Ivančić navega entre lo poético, lo social y lo político, y retrata esa nostalgia indefinida por un pasado desconocido y un futuro que asusta: un tiempo suspendido en el que presente, pasado y futuro son solo distintos nombres para una misma indefinición.
En Las Nuevas Olas (fuera de competición)
15 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 13 / 12.15 horas.
Las más macabras de las vidas. Ya no quedan más cojones...
Eskorbuto y sus canciones son la gasolina que hace funcionar el motor de Las más macabras de las vidas, de Kikol Grau. Gerard Casau (que colabora en publicaciones como Rockdelux, Dirigido por, Time Out Barcelona, SO Film España, Numerocero, Transit y Sensacine) se marca unas líneas al respecto.
En lugar de found footage, search footage. Kikol Grau sale a la caza de imágenes de Eskorbuto y pergeña un collage que devuelve a la vida el fiambre de la banda de la margen izquierda del Nervión. Aquí no hay amigos que loen sus hazañas, ni expertos ponderando la influencia del grupo en el punk hecho en España. Aunque ya no sea posible llamar a la puerta de Iosu Esposito (voz y guitarra) y Jualma Suárez (bajo), caídos en 1992 a causa de la heroína, el intenso montaje que Grau aplica a un puñado de grabaciones costrosas logra que sean los propios Eskorbuto quienes expliquen su historia y su ideario, sin ninguna clase de intervenciones ajenas.
El método del director, similar al que empleó en el noticiario pirata Objetivo Gadafi, convierte Las más macabras de las vidas en una suerte de túnel del tiempo, por el que se asoman Iosu, Jualma y Paco Galán (batería) para escupirnos nuevamente aquello de “¿Dónde está el porvenir que forjaron nuestros viejos? ¿O es acaso esta mierda en que vivimos?”. Una pregunta que quema como cal viva, atravesando años y generaciones, convertida en eco accidental de todos aquellos que se sienten sobre su nuca el peso de una existencia desagradecida.
En Resistencias.
14 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 11 / 22.45 horas.
15 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 11 / 17.30 horas.
La última entrega de la saga Heimat de Edgar Reitz (esta vez, precuela) es lo que aborda Guido Segal, colaborador de El Amante, allende los mares (como la prometedora tierra que gravita en esta historia).
Un cine que indague en los vericuetos de la patria como concepto debe, necesariamente, ser un poco épico y bastante valiente. Más si hablamos de Alemania, con todas las reverberaciones -tanto positivas como negativas- que dicho término implica. Reitz logra precisamente eso, un milagro fílmico. Promete mucho y entrega todo, mediante una doble operación: convierte, primero, al pasado remoto en presente puro, merced a una coherencia apabullante en tono, manejo de la luz y elecciones formales; en segunda instancia, logra con la serena mano del maestro convertir al presente en potencia simbólica, en reflexión sobre qué implica estar ligado a la tierra, lo que el suelo patrio nos da y lo que nos quita. Heimat es una película de honda belleza, pero también una película desgarrada, que demanda mucho del espectador porque nada le escatima. Una película que envuelve como una novela decimonónica, y que invita a entrar en comunión, de la mano de un verdadero patriarca del cine alemán.
En Selección EFA.
15 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 10 / 20.00 horas.
Hoy tenemos el placer de volver a leer en nuestro blog a Quim Casas, que esta vez revuelve en las profundidades de La fosa, de Pere Vilà.
La cámara pegada al cogote de un hombre anciano. El hombre cruza un espacio (aún no sabemos que son los pasillos de un geriátrico) como los héroes del western cruzaban desiertos y laderas. La cámara de Pere Vilà le sigue a su espalda como la de Gus van Sant sigue a los adolescentes de Elephant y la de Béla Tarr captura, en travelling lateral, a tantos personajes de sus filmes. Movimiento permanente cuando la vida toca a su fin. Resonancias de la memoria histórica, del espectro materializado de la guerra civil española, desde un pequeño aparato de televisión: se han hallado los restos de varios soldados republicanos en una fosa común. La fosa. Mirando hacia atrás (con ira). El anciano, ahora con las facciones de Lluís Homar, vuelve del exilio tras la muerte del dictador y reencuentra al amor de su vida. Es un duelo de primera magnitud, cuerpo contra cuerpo (Homar y Vilarasau, dos iconos del audiovisual catalán), recuerdo contra recuerdo, lo que pudo ser y lo que fue (y ya no podrá ser). El tiempo hace estragos y, en La fosa, Vilà lo cuenta como relataba la renuncia de otro anciano (Lou Caste) a abandonar su piso (su memoria) en La Lapidation de Saint-Étienne. El tiempo, el recuerdo, la guerra y todo lo que está se llevó por delante, la imposible reconciliación entre bandos tantos años después y el lugar en el que uno decide morir sabiendo que su legado, si lo hubo, se ha extinguido. Una película magnífica.
En Las Nuevas Olas.
14 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 3 / 12.15 horas.
Javier H. Estrada, de Caimán Cuadernos de Cine, culmina su presencia en nuestro blog hablando de Stratos, de Yannis Economides.
En su nueva película el greco-chipriota Yannis Economides compone una calibrada muestra de cine negro con tintes de comedia histérica. Su protagonista es uno de los asesinos a sueldo más peculiares del cine reciente. Se trata de un tipo de mediana edad, poco agraciado, cuyo rostro anémico y ojeroso es el resultado del castigo al que le somete su entorno: un entramado mafioso decadente, poblado por delincuentes desquiciados, reflejo de una sociedad enferma de corrupción y perversión que observa resignada su desmoronamiento. Panadero de día y homicida de noche, Stratos fracasa en su intento por rehabilitase definitivamente. “Naciste criminal y morirás criminal”, parecen decirle sus antiguos compañeros. Economides posiciona a su protagonista frente a los que quieren perpetuar su extravío, escenas en las que le dedican monólogos hirientes que él aguanta estoicamente. Las situaciones se llevan hasta el puro histrionismo, a una comicidad desatada e irresistible. La película juega con un lúcido contraste: Grecia, cuna del lenguaje filosófico, está saturada de palabras sin sentido. Y en su epicentro encontramos a un hombre hermético que guarda con su silencio la única dosis de integridad que queda en el país. Stratos combina la sobriedad y la precisión de Jean-Pierre Melville con una realidad social histérica. Tras la magnífica Knifer (2010), Economides se confirma como el autor más indómito del cine griego actual.
En Selección EFA.
14 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 3 / 12.30 horas.
15 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 9 y 9 / 22.00 horas.
Nuestro programador Alejandro Díaz Castaño habla sobre cine de género y sobre la tradición cinematográfica del Este de Europa al hilo de White God, de Kornél Mundruczó.
Hace tiempo que ya no parece pertinente tratar todo el cine procedente de lo que una vez fue Hollywood (ni las series de TV) como meros productos de consumo sin valor artístico (más que nada porque las características que se supone ha de tener un “producto de consumo mayoritario” ya no resultan tan fácilmente identificables). Y hace tiempo que, para muchos críticos y programadores, este cine convive en las listas de mejores películas anuales con propuestas realizadas desde la más estricta independencia, así como con obras fruto de las miradas singulares que sobreviven en el panorama cinematográfico internacional. Un ejemplo de esto es El origen del Planeta de los Simios (Rupert Wyatt, 2011), reivindicada por una parte de la crítica merced a que lograba ir mucho más allá del mero reboot al uso, haciendo gala de un extraordinario brío expositivo, entre otras virtudes.
Esto mismo puede decirse de la nueva película del húngaro Kornél Mundruczó (que se estrena en España en el SEFF tras cosechar el premio de la sección Un Certain Regard en Cannes), pues aunque se trata de un producto 100% europeo, atesora una vibración narrativa similar a la del mejor cine de gran producción estadounidense reciente, además de los evidentes puntos en común a nivel argumental con la mencionada El origen del planeta de los simios. Si bien el arranque parece postularse en prólogo de un drama familiar, la película de Mundruczó pronto se destapa como un ejemplar ejercicio de mixtura genérica y narración pura. El director inocula a las tan atractivas como contundentes imágenes de su film un particular tono de fábula sombría y solo aparentemente infantil (el perro protagonista puede verse como un alter-ego oscuro de la cándida Lassie), el cual bebe de las tradiciones cinematográficas del Este de Europa, y enriquece un espectáculo trepidante resuelto con una pericia técnica fuera de lo común.
En Selección EFA.
13 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 1 / 20.00 horas.
14 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 4 / 19.00 horas.
15 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 1 / 20.00 horas.
Del aterrizaje en Sudán del Sur de Hubert Sauper en We Come as Friends habla ahora Xavi Serra, actualmente redactor de cine en el periódico ARA.
En una de las escenas más terroríficas de We Come as Friends, Hubert Sauper discute con un habitante de Sudan del Sur que, a diferencia del resto de sus compatriotas, parece entender que hay algo equivocado en el pillaje indiscriminado de recursos naturales que realizan empresas chinas y norteamericanas en el país. “Podrían construir un aeropuerto y así la gente de aquí podría trabajar en él –apunta–. Porque los aeropuertos necesitan que alguien los limpie, no es así?”. El director de La pesadilla de Darwin vuelve a contemplar atónito los efectos del neocolonialismo salvaje en Àfrica y, lo peor de todo, como este se halla instalado a un nivel tan profundo que deviene sistémico. Montado en un avión que él mismo construyo y con una estrella de la televisión local como cicerone (un fuera de campo que merecería otro documental), su cámara recorre un país sometido a un saqueo brutal documentando una infamia que se resume en el jefe de un tribu que combatió 20 años contra los vecinos del norte para defender su tierra y la acabó vendiendo por 25 dólares.
En Las Nuevas Olas. No ficción.
13 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 4 / 19.15 horas.
14 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 8 / 22.15 horas.
15 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 1 / 12.00 horas.
Violeta Kovacsics es nuestra invitada hoy para contar con sutileza qué es Bird People, sorprendente película de Pascale Ferran.
Puede que Bird People sea una de las películas más bellamente ingenuas del cine reciente. Puede incluso que su discurso –el del ser humano moderno, desconectado de la vida– parezca maniqueo. Nada de esto importa: lo que cuenta la última película de Pascale Ferran destaca (como sucede con las mejores películas) por cómo lo cuenta.
La libertad está en el centro de Bird People, está tanto en sus postulados teóricos como en su propuesta estética: el drama íntimo de un empresario americano que decide dejarlo todo para vivir da paso a una pirueta fantástica hermosa (y delirante) y, como ocurría en el contexto del hogar matrimonial de El increíble hombre menguante, el hotel a pie de aeropuerto en el que tiene lugar el grueso del relato de Bird People se convierte en el escenario de increíbles aventuras. Bird People es una película mágica, en la que el cuadro no es sólo el del plano, sino también el de las ventanas por las que los personajes miran, buscan y encuentran una vía de escape.
Bird People tiene fascinantes planos aéreos, planos contraplanos impensables y, sobre todo, una sensibilidad inusual, la misma con la que Pascale Ferran relataba el trayecto hacia la libertad de Lady Chatterley en su anterior película, en la que, de manera sumamente premonitoria, se podía ver esta imagen y escuchar la siguiente frase:
En Sección Oficial.
13 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 1 / 22.00 horas.
14 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 1 / 19.15 horas.
Los colaboradores de este blog también se suman al Maratón grotesco palomitero. Deliciosa doble sesión que desgranan Neil Young de Sight&Sound y Jigsaw Lounge (quien habla de Pánico en el Transiberiano) y Toni Junyent Rosa, de Númerocero (Aquella casa al otro lado del cementerio).
Aquella casa al otro lado del cementerio. Sangre gozosa
Un rostro: el de Lucy Boyle (Catriona MacColl), temblando, mutando, a punto de perder la cordura tras descubrir bajo una alfombra, en la casa a la que acaba de mudarse, una tumba. Lucy oye golpes y extraños ruidos, hasta que no le quedará otro remedio que gritar, y llorar. Porque Lucio Fulci, el director de esta película, confirmará con creces sus peores augurios respecto a la mansión victoriana a la que su marido la ha arrastrado, junto a su hijo, persiguiendo el fantasma de un profesor que, curiosamente, también perseguía a un fantasma.
Quizá Aquella casa al lado del cementerio, estrenada en 1981, sea algo así como el cenit de la carrera de Fulci, que al año siguiente entregaría la última de sus obras mayores, El destripador de Nueva York. A partir de ahí se sucederían filmes generalmente repudiados, aunque más de uno y de dos son muy reivindicables y, huelga decirlo, los verdaderos adeptos al director romano encontrarán motivos de gozo, ni que sean unos míseros fotogramas, en todas y cada una de sus películas. Aunque, en realidad, tendrían que pasar muchos años para que Fulci dejara de ser considerado entre los entendidos como un vulgar carnicero. Esa concepción cambiaría algo a mediados de los noventa, cuando desde el fandom y algunos festivales de género se empezó a reivindicar su condición única de forjador de pesadillas sin otra coartada que el placer de remover el estómago del espectador. Poco antes de su muerte, en 1995, Fulci visitaría el Festival de Sitges, donde se le homenajeó gracias al empeño de su actual director, Ángel Sala, que entonces formaba parte de la organización.
Otro rostro: el del pequeño Bob, que inclina acongojado la cabeza tras salpicarle en la cara algunas gotas de sangre provenientes de la mano de su padre, desgarrada por un murciélago que aún no ha conseguido quitarse de encima. Ese plano, las gotas de sangre sobre el rostro del niño, tiene un efecto entre cómico y terrible que condensa el particular sentido del humor y la negra visión del mundo de Fulci, que no tenía por costumbre acabar bien sus películas ni escatimar la experiencia del horror a nadie, ni siquiera a los niños; y quizá el paralelismo que hago aquí suene fácil o efectista, pero en realidad esos niños, atrapados de por vida en imágenes aterradoras que no pueden comprender, somos nosotros, los que vamos al cine a dejarnos atrapar por esas imágenes.
Toni Junyent Rosa
Pánico en el Transiberiano. La locomotora de los horrores
Cuatro décadas antes de las salpicaduras de sangre de Snowpiercer de Bong Joon-Ho, el imperecedero y disfrutable clásico de culto de Eugenio Martín ya había llevado el horror a las vías. Esta imaginativa y morbosa historia de atávicos despertares extraterrestres malignos en la Rusia prerrevolucionaria se podría ver como una colaboración de ensueño entre Nigel (Quatermass) Kneale y Boris (Fandorin) Akunin. El reparto incluye un grupo de actores españoles junto al exótico intruso americano Telly Savalas –el Kojak de la tele como un excesivo cosaco burlón– y a los veteranos de la Hammer Peter Cushing y Christopher Lee. Por una vez los dos (grandes amigos en la vida real) no hacen de archienemigos sino de una pareja de correctos caballeros ingleses que se asocian para investigar travesuras sobrenaturales y homicidas en el épico Transiberiano. Hortera y escalofriante a partes iguales, la coproducción entre España e Inglaterra logra ser visualmente deslumbrante con un presupuesto limitado, construyendo así una locomotora considerable para su vertiginoso final.
Otra píldora crítica más, esta vez de la mano de Eulàlia Iglesias, sobre La sapienza, el último acto de fe de Eugène Green.
La fe de Eugène Green en el poder del arte para sanar las enfermedades del alma no ceja. En La sapienza la arquitectura, barroca por supuesto, juega el mismo papel que la música en Le pont des arts. Alexandre, un arquitecto racionalista en plena crisis profesional y matrimonial decide reencontrar la obra del autor que le inspiró de joven: Francesco Borromini. En su viaje en Italia le acompaña un joven estudiante que ha conocido recientemente, Goffredo. Green convierte este itinerario en un trayecto místico hacia la luz, entendida como fuente a la vez de sabiduría y belleza. La obra de Borromini quedó a la sombra de la de su gran rival de la época, el mucho más famoso Gian Lorenzo Bernini. Gran protegido del Vaticano, Bernini encarna al artista práctico y racional que se pone al servicio de las instituciones del poder. Borromini, por el contrario, representa al arquitecto inspirado y místico que se atormenta porque su obra no cuenta con el reconocimiento de sus coetáneos. Green reconstruye dentro de su película el desenlace fatal del arquitecto barroco como catarsis última para su admirador del siglo XXI, que le está dedicando un estudio. En paralelo, la esposa de Alexandre, Alienor, vive su propio camino de redención junto a la hermana de Goffredo, Lavinia, una joven aquejada por una enfermedad de otros tiempos. Como es habitual en el cine de Green, el pasado acude al rescate de un presente que tiende a ignorarlo. El director, por cierto, se reserva un pequeño papel como inmigrante de una cultura al borde de la desaparición, la caldea.
En Sección Oficial.
13 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 2 / 19.45 horas.
14 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 9 y 11 / 20.00 horas.
Jaime Pena, programador del CGAI y parte del consejo editorial de Caimán Cuadernos de Cine, vuelve a prestar su lucidez al blog del SEFF con este texto sobre Aimer, boire et chanter, la despedida del mundo de Alain Resnais.
Es probable que no tengamos más remedio que ver Aimer, boire et chanter como una película póstuma, aunque técnicamente no lo sea, pues se presentó en el Festival de Berlín tres semanas antes del inesperado fallecimiento de Alain Resnais. Póstuma y testamentaria son dos calificativos que no le sientan muy bien a una película tan jovial y vitalista, por más que su último plano sea nada más y nada menos que el de una tumba. La todavía inédita en España Vous n’avez encore rien vu (2012) hubiese cumplido mucho mejor con ese papel testamentario, pues en el fondo trataba de eso mismo, de una gigantesca broma en torno a la muerte del autor, del demiurgo (quizás sea este el momento de recordar que ya en Las malas hierbas [2009] nos reíamos a costa de la muy ridícula muerte de los personajes protagonistas).
La muerte del personaje central de Aimer, boire et chanter, George Riley, se anuncia casi al inicio de la película. Ocurre sin embargo que a Riley nunca lo llegaremos a ver. En torno a él gravitan seis personajes, tres parejas, cuyas vidas parecen condicionadas por la de ese bon vivant que Alan Ayckbourn (autor de la obra teatral original, también de las que estaban en la base de Asuntos privados en lugares públicos y Smoking/No Smoking) y Resnais mantienen inteligentemente fuera de campo. El artificio se sostiene gracias a una puesta en escena que no rehúye el origen escénico, sino que, por el contrario, lo potencia: un coche avanza por una carretera de Yorkshire y llega hasta una casa; la casa se convierte en un dibujo y, de repente, estamos ya en un decorado minimalista, tan estilizado como elegante. Abundando en todo ello, los personajes forman parte de un grupo de teatro aficionado. Poco sabemos de la obra que ensayan, pero sí de sus vidas, convertidas por culpa del omnipresente e invisible Riley en todo un vodevil con el que Resnais parece reivindicar a Ernst Lubitsch. Tras el estreno de la obra teatral, un malhumorado André Dussollier no puede dejar de apostillar: “Prefiero el cine”, un gran epitafio para un hombre como Resnais que supo llevar a sus películas la literatura, el cómic, la música, el teatro, en definitiva, la vida.
En Sección Oficial
13 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 1 / 17.00 horas.
14 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 2 / 17.15 horas.
15 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 3 y 11 / 19.45 horas.
El infatigable Javier H. Estrada, de Caimán Cuadernos de Cine, presta de nuevo su agilidad al teclado para escribir una píldora crítica de Mercuriales, de Virgil Vernier.
Les Mercuriales son unas “torres gemelas” ubicadas en la periferia de París, ejemplo de la fastuosidad y la incongruencia arquitectónica de las megaurbes, dos gigantescos bloques acristalados que no encajan con su entorno. En sus alrededores, al caer la noche, los indigentes duermen a la intemperie, rodeados de ratas. Junto a ellos, los fantasmas de la capital francesa se hacen visibles.
En su primer largometraje de ficción, Virgil Vernier capta en esplendoroso 16 mm las presencias marginales llegadas de tierras lejanas y también los espectros de la decadencia europea. Jóvenes africanas y de Europa del este, algunas de ellas se dedican a la prostitución, otras trabajan en la recepción de las torres; pero también una mujer vampiro que habita una casa abandonada.
Mercuriales es una película de espacios y de relatos, que pierde y recupera a sus personajes y los lugares que habitan con una naturalidad prodigiosa. Los que deambulan alrededor de las torres son criaturas en tránsito que parecen apurar su última esperanza en el sueño de progreso occidental: son seres encarcelados por su agónica fe en el sistema.
Arriesgada, punzante, extremadamente sensorial, Mercuriales es una de las obras más clarividentes que se han realizado sobre la crisis de Europa como símbolo de prosperidad.
En Las Nuevas Olas.
12 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 9 / 22.30 horas.
13 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 4 y 8 / 17.30 horas.
14 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 8 / 17.30 horas.
De Whore's Glory, del tristemente fallecido Michael Glawogger, es de lo que nos viene a hablar Carles Matamoros, Editor de Transit: cine y otros desvíos y colaborador de Caimán Cuadernos de Cine y de los periódicos Levante-EMV y ABC Sevilla.
En una reciente entrevista, Juan Barrero (director de La jungla interior, premiada en la sección Nuevas Olas del SEFF 2013) aseguraba que si la distancia desde la que mira el cineasta “no genera incertidumbre, interrogación o incomodidad, si no hay en ella un cierto dilema moral, no hay cine”. Dichas palabras podría firmarlas el añorado Michael Glawogger (fallecido prematuramente este 2014), cuyo último documental, Whore's Glory, sitúa al espectador en una tesitura ética considerable al traspasar la intimidad de la prostitución con su cámara. No entraremos en detalles, pero este tríptico dedicado a las profesionales del sexo (y a sus clientes) de Tailandia, Bangladesh y México huye de los juicios morales e incluso persigue la belleza con planificaciones preciosistas y una banda sonora en la que suenan canciones de PJ Harvey o Cocorosie. Tanto sus imágenes más atractivas (ese universo de neones tailandés) como aquellas más abyectas (esa mercancía humana en Bangladesh) logran rasgar nuestra mirada occidental, bienpensante y aparentemente protegida. Houellebecq estaría orgulloso.
En Focus Europa: Austria.
12 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 8 / 22.00 horas.
13 de noviembre. Cines Sur / Nervión Sala 8 y 14 / 22.30 horas.
Editor de Transit: cine y otros desvíos (http://cinentransit.com)
Colaborador cinematográfico de Caimán. Cuadernos de Cine y de los periódicos Levante-EMV y Abc Sevilla.