Desde hace unas tres semanas que lloro cada noche.
Al lavarme los dientes me quedo con la mirada fija en el espejo, observando como mis ojos cada vez más rojos repiten la rutina del día anterior. Es esa misma memoria la que trae las lágrimas, pues es un recordatorio de que he perdido otro día.
No me preguntes el porqué, no sabré darte respuesta, pero parece ser que he perdido noción del tiempo. Oscurece, siempre, y no tengo recolección de un momento en que no lo haya hecho. Intento pensar en las horas de antes, en esas 23 que se me han perdido, pero no las encuentro. Solo sé que ayer estuve aquí, con un cepillo en la boca y brillo en la mirada, y ahora estoy otra vez, sin saber donde ha quedado todo mi día, mi vida.
A veces me engaño, me digo que no se volverá a repetir la situación, que mañana será un día nuevo, pero de repente estoy de nuevo frente al espejo, habiendo avanzado las hojas del calendario y yo estancada en el mismo sitio.
Esa es seguramente la mejor manera de describirlo, estancamiento, inmovilidad absoluta. Un petrificus totalus, en que la vida avanza a mi alrededor y yo me quedo paralizada, sintiendo la impotencia de estar perdiendo toda una vida mientras mi cuerpo envejece y yo no avanzo.
Y tengo miedo, porque quizás un día de estos me mire al espejo y lo que encuentre en mi cara serán arrugas -memoria de 70 años- y dolor, de aquel que solo encontramos en los ojos de aquellos que saben que han desperdiciado toda una vida.











