Under the City Lights
Un año después de la guerra, en un baile por el aniversario del fin de la misma, Katara recibe un regalo inesperado.
Zutara Week 2021, Day 3: Glowing
Segunda parte de la serie “Under the Lights”. Aconsejable leer antes “Under the Street Lights”.
Post Ending. Compatible con el canon salvo por la escena del balcón.
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La fiesta de celebración que el rey Kuei había decidido organizar para celebrar el aniversario del final de la guerra estaba resultando ser mucho más divertida de lo que Katara había esperado. Con tanto dignatario, nobles y embajadores, la joven había esperado más bien una reunión más de política y tratados de paz que una noche de música, comida y buen ambiente. Por una vez no le molestaba admitir que se había equivocado de lleno: la noche estaba siendo magnífica. Era cierto que muchos autodenominados “hombres importantes” de las distintas naciones la habían parado algunas veces a lo largo de la noche para hablar de temas de trabajo, pero había conseguido escaparse de manera ágil y elegante de esas conversaciones para volver a las de tema festivo. Katara trabaja casi todos los días sin apenas pausa, porque se tomara una noche libre no le iba a pasar nada.
A pesar de la diversión, Katara necesitaba parar por un momento para despejar la cabeza y darle un poco de reposo a sus pies. Las zapatillas nuevas a juego con su elegante vestido la estaban matando. Se disculpó con una sofisticada pareja de una importante ciudad del Reino de la Tierra, que estaba muy seguro intentaban a toda costa que accediera a conocer a su hijo mayor, y se perdió entre el gentío. Conocer con anterioridad el palacio le facilitó la tarea de encontrar un sitio donde pudiera despejarse un poco y estar a solas con sus pensamientos. La sala de baile en la que se celebraba la fiesta tenía una pared llena de pequeños balcones que daban de lleno a la ciudad, y con suerte encontró pronto uno con las puertas abiertas, señal de que estaba desocupado. O al menos esperaba que lo estuviera.
Asomó primero solo la cabeza en silencio, por si acaso había algunos jóvenes aprovechando la soledad para intimar, y con las prisas se habían dejado las puertas abiertas. No sería la primera pareja descubierta, y para su absoluto bochorno, uno de los descubiertos de la noche había sido su hermano, con el pelo revuelto, la cara manchada de carmín y rostro de no estar para nada arrepentido. Al menos Suki había tenido la decencia de parecer algo azorada por la situación. Sokka tan solo había seguido sonriendo como el ser más feliz sobre la faz de la tierra.
Para su buena suerte el balcón estaba vacío. Entró, dejando entrecerrada la puerta tras de sí para desalentar a posibles muchachos dispuestos a acompañarla en las actividades que el resto habían decidido era el objetivo de los balcones.
La suave brisa nocturna la recibió como un fresco abrazo, agitando los cabellos que se salían de su elaborado peinado y agitándole las faldas. No acostumbraba a llevar ni ropa tan bonita, ni peinados complejos con joyas en el pelo, pero en la invitación había rezado que sería una fiesta elegante, por lo que no había habido más que buscarse un atuendo adecuado. No había querido gastarse demasiado, pero su padre había insistido que como representante de la Tribu del Agua del Sur (porque no, Sokka no contaba demasiado) debía ir tan elegante como el resto.
Muy a su pesar Toph la había puesto en contacto con la diseñadora que trabajaba para su madre y allí le habían hecho un vestido precioso, elegante, exclusivo y que a pesar de todo sentía que encajaba con ella. El vestido era largo, con capas superpuestas de seda en tonos azules y púrpuras, las superiores translúcidas y las interiores opacas. Tenía las mangas largas pero transparentes, y el escote era lo suficiente para mostrar solo un poco más abajo que su clavícula, no creía sentirse cómoda con nada más. Llevaba tan solo un poco de kohl en los ojos, y el cabello, aunque con sus pequeñas trencitas de siempre, atrás estaba recogido en una elaborada trenza adorando con un broche, el resto suelto en bucles por su espalda.
En el fondo se sentía feliz de haber cedido ante su padre: se sentía preciosa, como una princesa. Nunca en su vida se había preocupado por su aspecto, ni había tenido oportunidad de preocuparse. La vida en el Polo Sur ya estaba bastante limitada, y las prioridades de toda la tribu estaban muy claras. La única belleza que allí se podía ostentar era a cabelleras trenzadas y toscos bordados en las parkas. Había sentido verdadera envidia al ver la hermosa parka de Yue por primera vez, comprobando que lo práctico no tenía por qué estar alejado de lo hermoso. Pero en medio de la guerra no había tiempo para lo segundo, solo para lo primero.
Había disfrutado aquel día de spa con Toph en la misma ciudad en la que estaba ahora, pero en la actualidad sentía aquella experiencia como la de una niña jugando a disfrazarse de adulta. Esta noche Katara se sentía de verdad como una mujer. No una adulta, porque todavía no lo era, pero sí como una adolescente hermosa ataviada con sus mejores galas y divirtiéndose sin una preocupación en el mundo.
Todavía había preocupaciones, por supuesto. La paz, aunque presente, era inestable muchas veces, se tambaleaba allá en los bordes de las naciones que habían estado en guerra. Los líderes no siempre eran altruistas y los motivos egoístas eran lo que los impulsan en muchas ocasiones en lugar de la preocupación por el bienestar de sus pueblos. No todos eran así, pero había los suficientes como para que le pusieran traba en el trabajo a los demás. Katara lo sabía bien, había estado actuando como embajadora de la Tribu Agua del Sur. No la habían nombrado oficialmente, cosa que a su homólogo del Norte le gustaba recordarle cada dos por tres, pero a efectos prácticos era el cargo que ostentaba. La mayoría de los miembros de su tribu eran ancianos, guerreros que no tenían madera para la política y niños. A su padre se le daría bien el cargo, pero ya estaba ocupado dirigiendo, y prácticamente levantando la Tribu. Y Sokka estaba junto a él, preparándose para ser un buen líder en el futuro. Y Tui y La los libraran a todos de un Sokka embajador. Si tan solo el consejo de la tribu se decidieran de una vez a darle el cargo. A veces le hacía sentir que estaba donde estaba únicamente por ser amiga de Aang, por ser amiga del Avatar, y no porque ella también hubiera luchado y sangrado en esta guerra como todos los demás. Mucho más que todos los demás.
Pero aquella noche no quería preocuparse por nada de eso. Quería permitirse pasarlo bien y distraerse de las obligaciones diarias. Pero incluso para poder volver a la diversión necesitaba antes unos minutos de aire y tranquilidad.
A diferencia de otros balcones, aquel estaba desprovisto de sofás, para mala suerte de Katara y de sus pies doloridos. La fiesta había comenzado hacía un par de horas y Katara había pasado casi todo el tiempo bailando. Primero con Aang, quién la había llevado a la pista sin preguntarle siquiera. Las viejas costumbres tardaban en morir. Por lo menos se había disculpado y le había preguntado, aunque después. También había bailado con su hermano, cosa que lamentaba porque tenía dos piez izquierdos y gran parte de la culpa de sus pies doloridos la tenía él. Y después con un montón de personas más, amigos, conocidos y desconocidos. Incluso Zuko se había animado a bailar.
Había sido toda una sorpresa girarse al final de una canción dispuesta a abandonar la pista de baile para ir a por algo de beber y encontrarse cara a cara con Zuko. Ya lo había visto aquella noche, pero no dejaba de sorprenderse al contemplarlo con su túnica de gala de Señor del Fuego. Era la elegancia y el poder personificado.
Y no podía negar la manera en la que su estómago se retorció de puro gozo al ver que tenía la mano extendida hacia ella.
—¿Me concedes este baile?
Su postura había sido la de un perfecto noble, y una vez que ella le había dado la mano la había conducido al centro de la pista como un caballero, pero la comisura de su labio luchando por alzarse a cada momento ocultaba una risa. Una broma mantener en público tan elegante fachada cuando aquella mañana se habían pateado el trasero el uno al otro entrenando en los campos de palacio. Y pese a ello, Katara estaría mintiendo si, incluso con la broma, su corazón no se hubiera saltado un latido al verlo tan regio y pidiendo un baile con ella. Había seguido su juego ocultando su propia risa, aceptando su mano con una floritura, pero su corazón había vivido cada paso del siguiente baile como si fuera un regalo para sus más salvajes sueños.
Zuko resultó ser un bailarín excepcional. Eso en realidad no la sorprendió. No se habría ofrecido a bailar si fuera mediocre, era un perfeccionista. Además, el control del Fuego era muchas veces una danza en sí misma. Katara no se había resistido a hacer una broma con “el dragón danzarín”. Zuko había fingido fruncir el ceño pero le había durado dos segundos antes de reírse. Tenía una risa preciosa, y Katara agradecía que cada día riera un poco más.
El baile fue elegante, la conversación fue divertida pero el final llegó demasiado pronto. La música solo se detenía el tiempo suficiente para que se abandonara la pista o se cambiara de pareja, y durante unos instantes no parecía que ninguno de ellos dos quisiera hacer alguna de esas dos cosas. Antes de que pudiera pedirle un baile más, o que se lo pidiera ella, Katara no creía necesariamente en los roles de género, una multitud de jóvenes nobles del Reino de la Tierra rodearon a Zuko suplicando por un baile con el Señor del Fuego, prácticamente arrancando a Katara de sus brazos. Con la indignación a flor de pie pero decidida a mostrar más gracia y compostura que estas supuestas chicas de alta cuna, Katara se marchó fingiendo una risa, saludando con la mano a un Zuko cuya expresión gritaba que lo sacara de allí.
Volviendo de nuevo a su realidad y a su balcón, respiró profundamente y apoyó los codos sobre la balaustrada. Quizás debería haberlo salvado. Haberlo sujetado del brazo e insistir en que ya le había prometido a ella otro baile. Pero quizás aquello no había trasmitido una buena imagen. Mucha gente sabía, y la que no sabía sospechaba, que Aang había estado enamorado de ella. Puede que todavía lo estuviera. ¿Qué pensarían al verla agarrarse al Señor del Fuego sin intención de soltarlo?
Incluso si esas no eran sus verdaderas intenciones, por supuesto que no.
Solo lo habría hecho como una amiga salvando a un amigo.
De aquello había pasado ya casi una hora, y no había visto ni rastro de Zuko. Agitó la cabeza ante el repentino pensamiento de que estuviera en algún otro balcón con alguna de aquellas nobles.
No. Seguro que no.
Después de la guerra Mai se había acercado a él con intención de volver pero Zuko le había dicho que necesitaba tiempo para pensar. Aquel tiempo se terminó cuando Mai sentenció que había encontrado a alguien mejor, había superado a Zuko y que ahora le tocaba conformarse con ser solo su amigo. No pareció que Zuko lamentara mucho la pérdida. Parecía más que contento de poder llamarla amiga en lugar de novia.
Después de aquello, Zuko le había hablado de cómo su consejo insistía mucho en que buscara una buena joven. No hacía falta que se casara (aunque eso era lo que pretendían en verdad) pero cuanto antes empezara a revisar sus opciones, mejor para la nación. Zuko le había dicho que no tenía intención de salir con nadie, no por el momento. No sin una verdadera conexión con ellos.
Aunque quizás hubiera cambiado de opinión. Habían pasado el último mes sin verse, solo comunicándose a través de cartas. Mucho podría haber cambiado en un mes. Quizás…
Katara volvió a agitar la cabeza. Aquello no era de su incumbencia. Si Zuko estuviera con alguna chica, le dolería únicamente que no se lo hubiera contado antes. No por nada más. ¿No tenía motivos para molestarse por aquello, verdad?
Con un nuevo suspiro, se dio por vencida y se quitó las zapatillas, el frío de las baldosas fue recibido en sus pies como una bendición. Incluso si no había donde sentarse, Katara no podía soportar más aquellos zapatos. Iba a reprimir un gemido de alivio, hasta que recordó que estaba sola y dejó que saliera igualmente. Por fin sentía como le volvía un poco de sensibilidad a los pies. Debería haber probado las zapatillas antes de aquella noche, pero era un poco difícil probar unos zapatos de seda en el polo Sur, y ahora estaba pagando las consecuencias. No importaba, descansaría un rato, un largo, largo rato, y después volvería a la fiesta.
Unos suaves golpes en la puerta del balcón la sacaron de sus pensamientos. No habían sido bruscos en absoluto, mas estaba tan ensimismada que la sorprendieron igualmente. Al darse la vuelta se encontró al objeto de sus pensamientos anteriores con la mano alzada y una pequeña sonrisa.
—Lo siento. ¿Te he asustado?
Katara se recompuso con rapidez: cruzó los brazos e intentó patear las zapatillas bajo la pesada tela de su vestido para que no viera que estaba descalza.
—En absoluto. Creo que hace falta mucho más que eso para asustarme, Señor del Fuego.
Para su mala suerte, la sonrisa de Zuko se acrecentó y señaló con la mano a sus pies.
—Ni te moleste, ya te he visto.
Quería pretender hacerse la indignada, quizás reprenderlo por no fingir ignorancia, pero al final acabó sonriendo sin poder evitarlo. Levantó un poco las faldas del vestido y agitó un pie en el aire.
—Estos zapatos me estaban matando, No aguantaba más.
Zuko se acercó sonriendo Se colocó a su lado junto a la balaustrada.
—Si te sirve de consuelo creo que me he apretado demasiado el moño. Siento la corona clavada en el cerebro.
—¿Pero te queda de eso? —preguntó Katara abriendo mucho los ojos, pareciendo verdaderamente sorprendida.
—Ja, ja. Muy graciosa.
No parecía en absoluto molesto, no había perdido su sonrisa, así que Katara lo llamó una victoria para sí misma y se volvió para apoyar de nuevo los brazos sobre la barandilla. Zuko hizo lo mismo y durante un rato ninguno de los dos dijo nada. Se quedaron allí, con la compañía del otro. El silencio no era desagradable. Al contrario, era suave, una burbuja que los envolvía y distanciaba del barullo de la sala de baile. Era casi como si solo estuvieran ellos dos en el mundo.
Sintiendo como se le sonrojaban las mejillas, Katara apartó su mente de aquella línea de pensamientos y se enfocó en contemplar el paisaje. Ba Sing Se por la noche era verdaderamente espectacular. Se lo había sido ya el año pasado, cuando había estado viviendo allí durante la guerra, pero ahora después de varias reparaciones e inversiones era más impresionante. Con tiempo y dinero habían ido mejorando la ciudad a lo largo de este año, en especial la zona baja (el círculo exterior¿?). Gracias a la altura del palacio se podía ver la mejora en las infraestructuras.
Poco a poco todo mejoraba, todo el mundo, los pueblos y ciudades levantaban cabeza. Costaba trabajo, pero granito a granito de arena se iba consiguiendo esa mejoría. Era agotador luchar día a día, Katara lo experimentaba de primera mano. Sin embargo, al contemplar ahora el precioso paisaje, las casas mejores construidas y más hogareñas, las luces tenues que iluminaban las calles, las gentes paseando con tranquilidad porque la delincuencia había disminuido considerablemente… ver todo aquello hacía que el arduo trabajo mereciera la pena. Y estaba segura de que Zuko pensaba igual. Incluso si aquel no era su país, él había ayudado muchísimo también al Reino de la Tierra.
—Es una vista preciosa —. A pesar de lamentar poner fin al silencio, Katara no pudo evitar verbalizar sus pensamientos.
—Si, lo es.
Zuko no parecía molesto por la interrupción. Cuando se volvió a mirarlo, vio que no tenía los ojos posados al frente, observando la ciudad como imaginaba. Al contrario, la estaba mirando a ella.
Esta vez fue incapaz de contener el sonrojo, las mejillas le ardían más a cada segundo. Intentó refrenarse pensando que probablemente solo se hubiera vuelto a mirarla cuando había hablado. Seguro que no se refería a ella. No podía referirse a ella. ¿Verdad?
—Oye, tengo algo para ti —Zuko interrumpió de nuevo sus pensamientos.
Con bastante alivio al ver cortado su enredo mental, Katara lo miró alzando una ceja al ver como Zuko empezaba a buscar algo dentro de los bolsillos de la túnica de gala.
—¿Y por qué? No es mi cumpleaños ni nada por el estilo.
—No hay que tener un motivo para hacerle un regalo a la gente que se quiere —replicó Zuko, sacando al fin una cajita cuadrada y plana del interior de su túnica—. Al menos eso es lo que siempre dice el tío Iroh.
El corazón de Katara se había ilusionado con la primera frase, y como no podía ser de otra manera acabó estrellándose al escuchar la segunda.
Después de sus palabras sobrevino un instante de silencio y, a diferencia del anterior, ese sí que fue pesado. Era tenso, espeso. Zuko tenía la caja sobre la palma extendida, pero no parecía tener intención de hacer ningún movimiento. Katara lo miraba fijamente, sin entender nada. ¿Se suponía que era ella la que tenía que hacer algo? ¿Coger la caja ella misma? ¿O esperar a que él se la diera?
Finalmente Zuko se aclaró la garganta, aunque cuando habló su tono era bajo y rasposo, plagado de una inseguridad que no veía en él desde hacía bastante tiempo:
—Aunque… bueno… si una vez que lo veas no lo quieres… no tienes… No tienes por qué aceptarlo —debía reconocerle que logró terminar mucho más firme de lo que había empezado.
Quizás era la suave iluminación del balcón, pero juraría que se había sonrojado.
—Venga, Zuko, por supuesto que lo aceptaré —respondió ella para tranquilizarlo un poco, pero Zuko negó con la cabeza.
—No, en serio. No quiero que te sientas obligada, ¿de acuerdo? —puso hincapié en la palabra “obligada”. Sus ojos estaban fijos en ella, con una seriedad ausente segundos antes. Parecía estar esperando una confirmación por parte de Katara, así que ella asintió.
—Está bien, Zuko. Te lo prometo.
Aun así tenía curiosidad. ¿Qué podría regalarle él que ella quisiera rechazar? Los regalos que Zuko hacía siempre eran muy buenos, personales y perfectamente escogidos. Todo el grupo había acordado que era difícil superar a Zuko en cuanto regalos. Parecía invertir mucho tiempo y pensamientos en escogerlos.
El chico volvió a aclararse la garganta, mas siguió sin tenderle el regalo. En su lugar, empezó a hablar.
—Este regalo viene acompañado de un pequeño discursito, así que espero que no te importe —bromeó.
Katara no pudo evitar sonreír, porque aunque su tono era más ligero todavía se lo notaba tenso. Le recordó a los primeros días que había pasado con ellos durante la guerra. Aquellos recuerdos ya no eran amargos, en cambio, siempre que los rememoraba lo hacía con cariño.
—Hace un año, bueno, no exactamente un año, pero más o menos —. Zuko negó y Katara sonrió aún más, mordiéndose el labio para no reírse. Claramente lo que iba a decir era importante para él. Reírse lo estropearía todo—. El año pasado estuvimos los dos aquí, en Ba Sing Se. Y lo que quiero decir es que...
Zuko lanzó un profundo suspiro y murmuró algo por lo bajo que pareció ser palabras de ánimo para sí mismo pero que Katara no alcanzó a oír.
De repente, cerró la otra mano sobre la caja, y todo su lenguaje corporal parecía indicar que iba a darse media vuelta y marcharse ante los sorprendidos y perdidos ojos de Katara, pero lo que hizo fue abrir la tapa de la cajita con un movimiento enérgico.
En el interior de la caja había un brazalete.
Katara sintió su corazón latir tan rápido como si estuviera bailando, como si estuviera peleando. Más acelerado incluso.
Un brazalete no era más que un complemento más en el Reino de la Tierra.
No era más que una joya poco práctica para las Tribus del Agua.
Pero significaba algo en la Nación del Fuego.
Era el regalo que los nobles se hacían cuando querían iniciar el cortejo. Cuando le pedían a alguien que fuera su pareja de manera formal.
Katara apretó los puños, contemplando ensimismada la joya, intentando que su mente no se adelantara a los acontecimientos. Ella sabía lo que significaba. Es más, Zuko sabía que ella conocía el significado de ese regalo. Pero ella no era una noble, mucho menos era de la Nación del Fuego. No tenía por qué significar eso… Además, Zuko no… Por supuesto que él no…
¿Él no la quería, verdad? ¿No de esa manera, cierto?
El brazalete era una preciosidad. No era demasiado grueso ni ostentoso, tan solo dos cordones dorados entrelazados entre sí formando una trenza unidas en un pequeño óvalo de oro plano, decorado con unas pequeñas piedras verdes finamente talladas. Unas piedras que brillaban. Katara abrió mucho los ojos sorprendida.
—Estas piedras son de… —empezó Zuko, pero Katara habló al mismo tiempo, completando su explicación.
—Son de las Catacumbas de Cristal.
Había reconocido las piedras de inmediato. No podía olvidarlas en la vida.
Levantó los ojos del brazalete y miró a Zuko. El parecía más nervioso y a la vez mucho más sereno que antes, si es que esa contradicción era posible.
—Hace más de un año —empezó de nuevo Zuko, y esta vez su voz no se tambaleó— estuvimos en las catacumbas de esta hermosa ciudad, rodeados de estas brillantes piedras. Allí sentí por primera vez que alguien, alguien aparte de mi tío, alguien que además no me conocía, pensaba que merecía la pena. Que todavía quedaba algo en mí, por pequeño que fuera, que era lo suficientemente bueno como para salvarlo. Como para arriesgarse a confiar en ello. Fuiste tú, Katara.
Siempre había amado como decía su nombre. Cómo sonaba en sus labios. Recordaba la primera vez que lo había dicho, y como en aquel momento lo había odiado, como había sentido que no tenía derecho a llamarla por su nombre, como si se conocieran, como si fueran amigos, porque en ese entonces no lo eran. Ahora lo escuchaba casi a diario, pero aun así no podía evitar el aleteo de mariposas que sentía, cada vez más a menudo, cuando lo decía.
—Tú luchaste por mí mucho antes de que lo hiciera yo mismo. Y justo después de ese momento te demostré que no lo merecía. Pero aquel momento, aquel momento en el que confiaste en mí —los ojos de Zuko brillaban como lo habían hecho aquella noche rodeados de piedras brillantes—, aquel momento me persiguió durante meses, y me ayudó a tomar la decisión más fácil de mi vida: luchar por lo correcto. Luchar por mí.
Si seguía mordiéndose el labio tan fuerte le iba a sangrar. Además era una estupidez seguir haciéndolo porque no iba a conseguir aguantar las lágrimas mucho más tiempo. Tenía demasiadas emociones moviéndose en su interior como un huracán como para poder controlarse.
—He cometido muchos errores en mi vida, pero pocos me pesan tanto como haberte dado la espalda aquella noche. Sé que ahora somos amigos —dijo, y quizás solo fuera Katara, pero había dicho la palabra como si esta tuviera un sabor agridulce—, que me has perdonado, pero yo no me he perdonado a mi mismo. Quizás nunca lo haga. Pero quiero pasar el resto de mi vida demostrándote, y demostrándole al mundo, que llevabas razón. Que hay algo en mí que merece la pena.
Con una mano temblorosa tomó el brazalete de la caja. Parecía aún más valioso en su mano que entre el forro de terciopelo. Katara no pudo contener una lágrima rebelde.
—Si me aceptas claro —. Al final su voz volvió a temblar.
Le estaba dando una vía de escape. Hasta en ese momento le estaba dando la oportunidad de decirle que no. De rechazarlo. Como si el pensamiento fuera a cruzar la mente de Katara. Como si no se hubiera negado a sí misma esos pensamientos desde hacía un año. Como si no se hubiera dado cuenta de la cruda realidad de sus sentimientos un año atrás, arrodillada a su lado y forzando los latidos de su corazón, pensando que sería incapaz de vivir en un mundo sin él.
Como si no hubiera pasado un año conformándose con las migajas de ser su amiga.
Pero, incluso ahora, incluso en este momento, tenía que asegurarse.
—¿Me estás regalando este brazalete —empezó, y tuvo que tragar saliva para bajar el nudo que tenía en la garganta— como los chicos de la Nación del Fuego se lo regalan a las chicas de la nación del Fuego? ¿O me lo estás regalando como un amigo a una amiga?
—Katara —pronunció él, saboreando su nombre. Tuvo que parpadear para contener las lágrimas de la emoción—. Siempre, siempre seré tu amigo. Seré lo que tú quieras que sea —especificó. Por suerte para el corazón de la chica, que no podía soportar más incertidumbre, no tardó en añadir—: pero este brazalete te lo estoy regalando como los chicos de la Nación del Fuego se lo regalan a las chicas de la Nación del Fuego.
Katara suponía que había muchas cosas que podía hacer a continuación. Supuso que lo normal era decirle que aceptaba la propuesta y dejar que le colocara el brazalete, o incluso alcanzarla y colocársela ella misma. Quizás incluso podría darle un abrazo. Podía hacer muchas cosas que serían más socialmente aceptables por el protocolo, pero después de un año de sufrimiento, suspirando y pensando que no había oportunidad alguna para su enamorado corazón, solo había una cosa en verdad que quería hacer.
Así que acortó la distancia, agarró el cuello de su túnica con ambas manos e hizo que se inclinara hasta que sus labios se tocaron.
Fue un roce brusco por la sorpresa, sus labios y dientes chocaron, y sus narices se torcieron y ambos fueron a girar la cabeza para el mismo lado por lo que acabaron chocando sus frentes.
—¡Auch! —gimieron los dos, y Katara dio un pequeño paso atrás para preguntarle si se encontraba bien, pero el brazo de Zuko había encontrado su camino hasta su cintura y la retuvo cerca de él.
—¿Es eso un sí? —fue lo único que preguntó, mientras en su frente aparecía un moratón rojo que seguro era el gemelo del de Katara. No parecía importarle. No parecía importarle nada más en el mundo que ella y su respuesta.
—Eres un idiota —dijo Katara, alzando los brazos para rodearle el cuello—. Por supuesto que sí.
Cuando esta vez se puso de puntillas y Zuko bajó el rostro, sus labios se encontraron sin problema alguno. Se rozaron con suavidad, conociendo una parte del otro que habían pensado prohibida hasta poco antes, una parte que solo se habían permitido tener en sueños, pero que ahora era una realidad.
Se separaron con la respiración cortada, si por los besos o por la emoción no estaba muy claro, y Zuko separó sus brazos de Katara el tiempo justo para tomar su muñeca y colocar con mucho cuidado el brazalete allí. El oro claro y el verde resaltan a las mil maravillas contra su tez oscura. Había sido hecho para ella.
Katara lo contempló durante un momento, asombrada de lo hermoso que era, pero más asombrada aún de lo que significaba. Significaba un comienzo, el inicio de algo. Estaba nerviosa, el futuro era incierto y no sabía si aquello podía acabar bien. O si quizás nunca acabaría, y ella sería la chica, la mujer, y más tarde la anciana, más feliz del mundo a su lado.
Pero no se había arriesgado diariamente en una guerra para no arriesgarse ahora por sus sentimientos.
—¿Te gusta?
Katara alzó la cabeza, y sin poder evitarlo levantó también su mano para acariciarle el rostro. Para acariciarle la cicatriz, al igual que aquel lejano día en las catacumbas rodeado del brillo de mil minerales. No, igual no. Porque ahora podía hacerlo libremente. Podía hacerlo cuando quisiera.
—Es perfecto —susurró, y la sonrisa de Zuko le dijo que sabía que no hablaba de la joya.
El sonido de unas trompetas vinieron desde el interior de la sala de baile, interrumpiendo su momento.
—El rey Kuei va a dar su discurso
—Deberíamos volver.
A pesar de sus palabras ninguno hizo indicio alguno de separarse. Zuko había dejado caer antes la caja así que tenía las dos manos libres para abrazar a Katara, y no tardó en estrecharla más contra su cuerpo. Ella opuso cero resistencia, colaborando felizmente, acercándose más, pasando sus manos por el cabello de su nuca, tan suave como siempre había imaginado, mientras se volvían a fundir en un beso.
La fiesta, el rey, el resto de invitados, todo el mundo podía esperar. Nada importaba en ese momento, nada más que el otro.
Se quedaron en aquel balcón, besándose y sonriéndose entre los besos, felices de que aquello que habían anhelado durante un año por fin estaba al alcance de su mano, y reprochándose un poquito porque podrían haberlo tenido antes.
Y si estuvieron demasiado tiempo perdidos por ahí, y al final Sokka los encontró por accidente en el balcón, bueno, ahí tenía un poco de su propia medicina.
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De los tres fics que tenía pensado para la semana Zutara, este es el que cobró forma más rápido y fácil, y todo gracias a mi compinche mermazing.art que tuvo la idea base de la que surgió este precioso fic. Preciosa es también la ilustración que la acompaña, que podéis encontrar en su cuenta.
¡¡¡Espero que os haya gustado mucho!!! ¡¡¡Nos leemos en la próxima (y última) parte de esta serie!!!














