Una de las cosas que tiene llegar a la treintena es que puedes decir cosas del tipo de “hace veinte años que…” y te sientes mayor, pero fardas, joder, que ya tienes una edad.
Yo tengo la suerte de poder decir que hace más de veinte años que soy amiga de mis amigas de toda la vida. Ahí es ná. Puede que no nos veamos todos los días, o todos los meses–oye, hay que hacer algo que esto va a subir a años y me da vergüenza–pero lo cierto es que cuando nos vemos es como si no hubiera pasado el tiempo. Mantenemos el contacto, eso sí, para eso están las redes sociales. De hecho, son las mayores fans de este blog, algo que se agradece cosa mala.
Lo bueno de que haga tanto que nos conocemos es que tenemos mil y una historias compartidas. Tropecientos mil recuerdos que salen del baúl a la mínima que algo te recuerda a ellas y, claro, toca escribirlas, comentarlo y morir de la risa.
Hoy Gerard Butler ha salido en la tele y eso, automáticamente, ha provocado que mi más fiel compañera de conciertos nos escribiera a su prima, la portera-karateka, y a mí en twitter con un #ZorocotrocoDelBueno. Automáticamente han empezado las risas, claro. Y es que Butler está pa darle zorocotroco a destajo…
No recuerdo bien de donde viene la palabra, pero es una de mis idas de olla. Igual es uno de mis momentos más memorables junto al lalilo y al judiíto… Veréis, yo en el instituto era muy de desahogar mi arte cantando porque todavía no había descubierto esto de contar mis movidas en la red. Así que a la mínima que surgía la oportunidad, yo aprovechaba para soltarme la melena deslumbrando a los presentes, que he de decir, que me daba bastante igual quiénes fueran. Tenía dos greatest hits entre mi repertorio: el lalilo (os dejo aquí el vídeo para ilustraros la obra maestra que es) y el judiíto (canela en rama a comprobar desde el minuto 5 de este vídeo).
Tengo una amiga, que era la capitana del equipo de fútbol donde jugábamos, que venía conmigo a clase. Normalmente coincidía con que nos sentábamos al lado o ella detrás mía y, a la mínima, aprovechaba la coyuntura para girarme y lalilo laloleilo… lalilo LALÁAAA. Más de una vez me echaron de clase por la gilipollez, pero mereció la pena: me dio para explorar territorios de los pasillos del instituto antes inexpugnados…
Y es que el tema musical entre mi grupo de amigas era un recurso frecuente. La capitana, mi fiel compañera de conciertos, la portera-karateka, otra amiga y yo éramos una panda de locas que, además de compartir la afición por el fútbol y practicarlo (algunas con más habilidad que otras) en el mismo equipo, teníamos una enfermedad muy seria por cierta boy band de los 90…
De hecho, existen documentos gráficos nuestros–que jamás verán la luz–mostrando a cinco adolescentes descerebradas, cada día en una casa, imitando sus videoclips. Recuerdo el día que nos dio por emular el de Quit Playing Games (With My Heart)… Yo era Nick, por supuesto.
Convencimos a otras dos amigas para hacer de equipo técnico con la manguera y acabamos todas un poco así:
Por mucho que parezca mentira, teníamos cosas peores como, por ejemplo, engancharnos a una telenovela. Sí, sí… Todas enganchadas durante un verano a Cosas del Amor. Aquí os dejo la intro para que la disfrutéis…
…
¿Ya? ¿Ya la habéis visto?
…
¿Sí?
Hay muchas más anécdotas con ellas. Algunas se pueden contar, otras mejor guardárnoslas para nosotras por lo que pueda pasar. Eso sí, hay algo que es innegable y es que no cambiaría el haber crecido con ellas por nada del mundo. Os echo de menos, coleguis, tenemos que vernos más.