CAJÓN DE SASTRE
Todo cabe. Había comprado un baúl tan grande que estaba seguro
de que cabía todo lo que se propusiera. Allí iban a caber todas las
alegrías y todas las tristezas; todas las personas que había ido
conociendo a lo largo de su vida, todos los recuerdos que había
ido coleccionando. Le dio un poco de miedo comprar aquel baúl
tan grande porque, de alguna manera, la comparación odiosa con
el ataúd de recuerdos estaba servida en bandeja.
Al principio hizo una limpieza profunda –con todos los utensilios
de limpieza que había encontrado en la casa- con tal de que sus
recuerdos descansaran en paz (otra vez la referencia) y sobre todo,
que descansaran de la manera más cómoda posible y ocupando el
espacio justo… básicamente puso su vida patas arriba para ir
organizándola poco a poco en su cajón de los recuerdos. Fue
colocando cada año por orden de acontecimientos, dividiendo el
año en meses por carpetas, y los meses en acontecimientos por
subcarpetas. Empezó con aquella pulsera que le regaló aquel
chico que vino un verano y se fue para siempre y permaneció para
siempre atada al recuerdo de aquella pulsera. Al lado estaba el
peluche de la feria, lea invitación aun chupito (en el bar de moda)
que nunca se tomó y la servilleta hecha barco de papel que fue
construyendo mientras escuchaba a su mejor amiga quejarse de
cualquier hijo de vecino y que contenía en su interior el secreto a
voces mejor guardado: su inicial, una equis, otra inicial; inicial,
por, inicial; mayúscula, por, mayúscula.
En la siguiente carpeta había una montaña de letras de canciones
que había copiado porque en algún momento se identificó con
ellas y se entretuvo un buen rato echando la vista atrás mientras
echaba un vistazo a las letras de algunas canciones que, de alguna
manera, eran la banda sonora de su vida. Pensó, incluso, que
ahora podría bajárselas de internet y tener a mano un recodo de su
vida gracias a los recuerdos que le evocaban todas esas letras.
Tenía algún sobre de azúcar con alguna frase de algún personaje
célebre; y un sobre lleno de tickets al que le respetó el desorden y
lo dejó como estaba.
Conforme avanzaba la tarde, se reducía el espacio que quedaba en
su baúl y se acentuaba el cansancio que dan los recuerdos y fue
entreteniéndose menos en cada cosa, tirando cosas que habían
perdido su significado (o que ya no entendía) y fue metiendo a
granel todo lo que quería ordenar.
Así que, en aquella caja de Pandora particular cayó el ex novio al
lado de alguna mejor amiga; cayó la camiseta regalada al lado del
recuerdo amargo y frío del escalón en el que se dejaron y se
fueron mezclando nombres y personas y épocas y ciudades… el
dedal, el hilo y el metro fueron los últimos que entraron antes de
cerrar este desastroso cajón de sastre.