La Distancia Entre Nosotros
Capítulo 2: Un rescate inesperado
Ulris era el viejo ovejero que se encargaba de arar, ordeñar, deslanar, y en general, atender a los rebaños cuando ocurría un arrasamiento de dragones. El viejo cascarrabias había estado andando de una pierna cuando Jackson fue arrojado con él para comenzar a ayudarlo luego de que las otras tareas asignadas a la nueva adición de la isla resultaran en técnico desastre.
Simplemente no era justo que estos vikingos cabeza duras se disgustaran con los resultados cuando Jackson apenas podía entender una o dos palabras de las instrucciones que le daban. Al menos el viejo Ulris era directo con lo que quería de Jackson. ¿Quería que rasurara a las ovejas? Lo hacía frente a Jackson una o dos veces antes de arrojarle la muy peligrosa y afilada navaja al aire. ¿Necesitaba que saliera a traer los costales de alimento? Le arrojaba las sobras de la mesa hasta que Jackson entendía que era hora de la comida para los pobres animales.
¿Había que arar a las ovejas al escondite debajo de la cabaña cuando atacaban los dragones?
“¡Amigos, vamos, por aquí!”
Bueno, no tomaba a un genio para entender cuándo era necesario seguir esta línea de pensamiento.
La primera vez que Jackson vio a un dragón sólo sirvió para sumarle a su lista de razones de por qué debía abandonar la isla tan pronto como fuera posible. Eso y—
“¡Hazte a un lado, forastero!”
“¿Qué haces sin cuidar las ovejas?”
“¡AAAHHHH!”
—que los habitantes de este pueblo parecían tener uno o dos tornillos zafados, porque… ¿Quién en su sano juicio correría directamente a los hocicos de una bestia que escupía fuego!
“¡Oye, por aquí!” gritó un hombre corpulento que parecía llevar un mazo con el doble del grosor de su brazo.
Exactamente.
“Vikingos,” espetó Jackson en su lengua materna, mientras cargaba una de las ovejas debajo de su brazo.
Aunque en su hogar en Hawthorne nunca habría sido una habilidad que podría presumir con tal de conseguir un trabajo, en su estadía en la isla Jackson se había vuelto muy proficiente en su habilidad de escabullirse por cualquier rincón que encontrara. Y sorprendentemente en una isla tan apartada de la verdadera civilización como era la isla de Berk, había muchos de esos. Haciendo total uso de su bastón, Jackson guío a los animales lejos del caos sucedido en la línea central del pueblo. Había aprendido tras su desastroso primer día que la forma más efectiva de evitar que los dragones arrasaran con el ganado, era ubicar tantos obstáculos en su camino como fuera posible.
Semanas y semanas de caminar con los ojos vendados por las esquinas y calles de las cabañas, a pesar de las burlas y jugarretas de uno que otro problemático habitante, Jackson logró grabarse un camino seguro y lleno de obstáculos hasta el santuario bajo tierra donde podía juntar a las ovejas. Los niños usualmente eran llevados al Gran Salón, o bien, ocultos dentro de la casa con los familiares menos capaces de luchar. Así que el único enfoque durante esas arrasadas para él era llevar a tantos como fuera posible.
El concepto era más sencillo que el acto en sí.
“Andando, chico, entra por aquí,” dijo Jackson suavemente a la aterrorizada oveja mientras la bajaba y guiaba al recóndito agujero en el peñasco. Era un túnel lo suficientemente angosto que haría hasta al más valeroso de los depredadores ceder frente al esfuerzo que sería entrar y salir con su presa sin ser decapitado por la filosa hacha de un vikingo.
Aunque el caos habría valido una oportunidad demasiado buena para otro de sus intentos de escape, bastó sólo una vez de más de la mitad de los animales siendo llevados por una fila infalible de Mortíferos Nadder para cargar a Jackson con un nido de culpa que terminó culminándose la próxima vez que fueron atacados. Había sido incapaz de protegerlos, y la frustración sólo sirvió para solventar una determinación a no permitir que pasara de nuevo; al menos, no bajo su guardia.
Eso y tener que cargar con baldes de alimento por todo el pueblo fueron lo que lo convenció de, al menos durante las noches de ataque, hacer mejor su trabajo como ovejero del pueblo de Berk.
Justamente Jackson estaba regresando por el mismo camino cuando lo vio; al hijo del jefe salir corriente con una especie de carretilla. Era una visión extraña, los demás chicos de su edad se dedicaban apagar fuegos y a tratar de reducir el daño a las casas, más sin embargo, en el tiempo que llevaba en la isla, era raro ver que al hijo del jefe le permitieran salir—aparentemente su presencia siendo un desastre todavía mayor cuando había dragones de por medio. Una explosión en la distancia le hizo volver a ponerse en marcha. No tenía tiempo de pensar en otras personas en ese momento, tenía un trabajo que hacer.
El humo y vítores de la gente sobrecogía todos sus sentidos, tanto que ver su camino comenzaba a hacerse difícil. Limpiando su frente con la manga de la camisa, no por primera vez, Jackson se alegraba de haber encontrado prendas similares a las que estaba acostumbrado. Con excepción de las botas. Esquivando lo mejor posible a un vikingo colgado del hocico de un Gronckle, Jackson usó su bastón para no perder el equilibrio. La ropa de invierno de Berk era pesada y sumamente incómoda de vestir. Lo entendía por el aparente invierno eterno que parecía apoderarse del lugar, pero Jackson no podía evitar resentir al clima un poco. Extrañaba ver los hermosos campos en invierno de su hogar, pero sin dudarlo los veranos eran los mejores en los que podían bañarse en las aguas de un lago sin temor a perder un dedo o dos por el intenso frío.
“Lo que daría por un rayo de sol en este momento,” musitó en sus cavilaciones mientras guiaba otras tres ovejas entre el caos. Nadie parecía prestarle atención en ese momento, y por un instante, pudo sentirse transportado a los campos de su hogar con la vibración tranquila de las ovejas bajo su cuidado.
Estaban pasando justo debajo del camino de madera que llevaba al muelle para pasar desapercibidos en la nube verde de un Cremallerus cuando de pronto a su izquierda dejó de sentir la esponjosa lana de una de las ovejas de la señora Iktan. Las suyas eran las más tranquilas y mansas con las que Jackson acostumbraba a tratar, así que el silencio no le alertó de nada hasta que tras uno de los temblores de la parte más montañosa del camino lo hizo encogerse y a empezar a buscar a tientas a su izquierda. Nada.
“Mierda,” maldijo, buscando por ambos lados en caso de que, en su apuro, simplemente la había dejado atrás. Jackson estuvo por empezar a llamarla, pero un gruñido a su espalda lo hizo darse la vuelta.
Ahí, como anunciando su pronto camino a la tumba, un Pesadilla Monstruosa lo miraba desde las alturas, cargando a la oveja en sus pezuñas. En cualquier otra circunstancia Jackson habría salido corriendo, aún con la bestia a sus espaldas. No acostumbraban a acechar a más víctimas después de hacerse con una; no obstante, Jackson no pudo reaccionar como le hubiera gustado. Le temblaban las piernas, y podía sentir como el latir de su corazón se disparaba en su pecho hasta palpitar en su cabeza.
Tal vez si se quedaba quieto, se marcharía y…
Fue un momento en que la bestia entrecerró los ojos todavía más—si es que eso era posible—y Jackson pudo intuir la aproximación de algo enorme en su camino. En un momento, recogió a las otras dos ovejas que (milagrosamente no habían salido huyendo) bajo los brazos, y salió dando uno, dos pasos fuera del camino, aterrizando sobre la superficie granosa de la costa. Fue un aterrizaje doloroso, pero desde su visión de espaldas, puedo ver claramente cómo un disco de metal prendido en llamas espantaba a la criatura, quien en su sorpresa terminó soltando a la oveja entre sus pezuñas. Jackson pudo ver claramente cómo la oveja caía sin daño alguno sobre la arena, se quejaba y salía corriendo hacia donde Jackson estaba con sus otras compañeras. El momento era tan ridículo, tan absurdo que Jackson no pudo evitar la risa de incredulidad, sólo para quejarse un minuto después por la tensión que hacerlo produjo en sus adoloridos músculos.
Con la risa todavía atorada en su pecho, subió con cuidado al pueblo tras verificar que ninguna criatura alada continuaba surcando el cielo naciente. Desde la distancia, todavía asegurándose que las ovejas no se fueran a otra parte con su bastón (¿cómo había sobrevivido a su caída? Era un misterio), Jackson pudo ver a Estoico agarrando a su hijo del cuello y empujándolo nada gentilmente en dirección al encargado de la forja. Verlos a los dos trajo memorias no muy placenteras para Jackson.
Todavía seguía sin hablar directamente con él tras el chistecito de su primera conversación. En especial porque Jackson no había tenido otra cosa mejor que hacer para matar el aburrimiento. Así que a regañadientes tuvo que terminar las tareas a medio terminar del hijo del jefe, sin ninguna idea de que si lo que estaba haciendo estaba bien.
“—arreglar antes del próximo ataque.”
Jackson alcanzó a escuchar fragmentos de conversaciones sobre contramedidas para prepararse mejor, pero uno en particular lo detuvo en su camino con las ovejas.
“¿El disco de fuego? Usualmente se mantienen alejados de los postes,” dijo un hombre corpulento a otra mujer. Una pareja, quizá. “¡Tardaremos una semana en arreglarlo! ¿Qué pasa si vuelven esta noche?”
“Estoico tiene que hacer algo con ese muchacho,” suspiró la mujer, sacando con increíble fuerza un pico del cuello de un dragón caído. Jackson tragó fuerte y hubiera continuado caminando para alejarse de la imagen de no ser porque reconoció el nombre. “Hipo realmente se lució esta noche. Es decir, ¿derribar a un Furia Nocturna?”
“¡Ja Ja! ¡Exacto! Sería más creíble si hubiera dicho que fue un Terrible Terror,” negó el hombre con la cabeza, en la cual tenía un casco vikingo abollado de un lado. Jackson no creyó que debería estar siquiera hablando en ese estado. “Pero igual, con esa habilidad de atraer dragones, ¿quién sabe?”
¿Atraer dragones? ¿Disco de fuego? Sólo entonces Jackson recordó el cuerpo enorme que sintió venir en su camino al muelle estaba prendido en llamas. Era un enorme pedazo de metal que usaban en la noche para alumbrar el cielo y estar más atento de cuando los dragones bajaban a atacar. Cuando lo esquivó, creyó que tal vez había sido un golpe de suerte que una de las bestias había derribado y convenientemente se había interpuesto entre él y una muerte temprana. Pero aparentemente había sido el enfrentamiento de un dragón siguiendo al hijo del jefe, que estaba afuera exponiéndose al peligro por querer cazar a un… ¿Furia Nocturna? ¿El dragón al que incluso los vikingos más temibles estaban renuentes a enfrentar?
Vayas disoluciones podía tener el chico, sin embargo, si al menos un porcentaje de lo que decían era real, entonces significaba que Hipo Abadejo, el vergonzoso hijo del jefe más temaz del pueblo de Berk, le había salvado la vida al forastero que todos los habitantes de la isla reñían.
Y todavía peor que eso, Jackson ahora tenía una deuda de vida con él.
“Esta noche no podría ser peor.”
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“Corrección. Puede ser peor.”
“¡¿Qué dijiste muchacho?!”
Jackson se encogió de hombros, mientras seguía tallando los pantaloncillos de Ulris con manos frías y entumecidas.
“¡Nada, anciano!”
Aunque esa noche había resultado con el menor índice de rebaño robado, todavía terminaron con varias ovejas siendo alzadas en el aire por la terrible plaga de Berk. Así que Ulris no había encontrado mejor manera de desahogar su frustración que soltar varias tareas de forzoso trabajo sobre Jackson. No podía quejarse—o bien, tal vez sí, más que definitivamente tenía derecho a quejarse. Mientras que él estaba atascado con trabajo manual, el resto de los chicos de su edad habían sido arrastrados a ayudar con las reparaciones de la isla; recoger escombros, recolectar heno, regresar a las ovejas a sus correspondientes rebaños. Jackson sólo había sido asignado a las tareas del hogar.
Una parte de él, orgullosa y justamente creída, le decía que seguramente era por su buen trabajo en mantener a casi todas sus ovejas bajo control. Otra parte, la resentida y a la que más se inclinaba desde su llegada a Berk, le espetó que una mejor recompensa habría sido dejarle un brillante espacio en la próxima embarcación fuera de la isla.
Jackson decidió ignorar esa segunda parte; no era algo en lo que quisiera pensar mientras las manos le escocían por el esfuerzo y la temperatura del agua.
Es justo cuando estaba contemplando arrojar el resto de la montaña de ropa sucia a la chimenea cuando Ulris entró, su estruendoso paso arrasando con el camino de nieve hacia Jackson.
“¡Muchacho!”
Jackson se tragó un suspiro, y alzando una ceja, miró sobre su hombro al viejo cascarrabias.
“¿Ahora qué, Ulris?”
“Hmph, veo que ya casi terminas.”
Jackson volteó esta vez, más completamente y algo estupefacto. Miró a la pila de ropa, al anciano, luego una y otra vez.
“¿Ya te está fallando la memoria, anciano Ulris? Y pensar que todavía te quedaban unos años más de conciencia con nosotros.”
Ulris arrugó el ceño, claramente no captando del todo bien sus palabras, a lo cual Jackson gimió. Era súper complicado burlarse de la gente cuando no entendían el cincuenta por ciento de lo que decías sobre ellos.
“Qué. Sucede.” Se limitó a decir, enfatizando con los brazos la prenda mojada entre sus manos para dejar en claro que seguía ocupado.
Ulris asintió. Satisfecho de que Jackson estaba siendo más responsable con sus tareas estos días.
“Justo hablaba con Bocón, dice que es hora de entrenar nuevos reclutas. Órdenes de Estoico.” El anciano lo miró sobre su nefasto bigote—en serio, Jackson estaba seguro de que una vez vio una araña caminar sobre su labio una noche—y continuó. “Sugerí que te unieras. Empiezan en la mañana luego del desayuno. Es hora de que aportes más a la isla que te acogió.”
Sin más, el anciano dio media vuelta - o mejor dicho, se tambaleó hasta volver a darle la espalda a Jackson. El muchacho miró a su espalda con la misma estupefacción que sintió el día que le dijeron que tenía que quedarse con el anciano que cuidaba ovejas. Jackson siempre había tenido una increíble habilidad de adaptación, era difícil que no encajara con las personas a su alrededor, siendo su naturaleza la de interactuar con mucha gente constantemente. Por eso cuando se enfrentó a la situación de ser arrancado de su hogar y estar expuesto a un nuevo entorno con personas agresivas y un idioma diferente, que pudo ser capaz de entender la intención con la que otros le hablaban. Si esperaban algo de él, o le pedían un favor. Era una habilidad que le ayudó mucho a integrarse aún cómo un forastero, una especie de invasor a la vida de esta gente.
Pero… ¿Ser recluta? ¿Aportar más?
Jackson arrojó la prenda al agua y ni siquiera se molestó en ver si se hundía al fondo o era llevado por la corriente. Se alejó a tropicones del lugar y corrió, en busca de… algo. Lo que fuera. No podía respirar. Y sentía una picazón en la orilla de los ojos. Por alguna razón, en su camino tomó el bastón que usaba usualmente para arar al rebaño y se adentró al bosque a pesar de las alarmas de su cabeza que le decían que era muy mala idea.
Hizo lo que hacía cada día cuando casi todos se habían marchado al Gran Salón a comer. Gritó, corrió y arrojó cosas. Piedras, ramas, tierra que pateaba. Cualquier cosa con tal de deshacerse de esta frustración infame que le subía por la garganta y se anidaba en su pecho. En su furia una de las rocas pareció perturbar a un pájaro que dormía en su nido y lo hizo salir revoloteando. Jackson lo vio subir hasta las copas de los árboles y desaparecer de la vista.
Si tan sólo también pudiera volar…
Suspiró, y de mala gana, cansado, adolorido y con un frío que se colaba hasta los huesos tomó el camino de vuelta al montón de deberes que tenía que terminar. Cuanto antes terminara, antes podía ir a descansar y poner pausa a todo el caos que le pasaba por la cabeza.
Tal vez ese entrenamiento de luchar contra dragones sirva para algo.
Fue su último pensamiento antes de enfocarse completamente a sus tareas al punto de que cuando golpeó la almohada esa noche, logró dormir sin sufrir alguna pesadilla y mucho peor, tener un sueño. Porque desde el principio, sólo soñaba sobre estar de vuelta con su familia. Un sueño que parecía más y más lejano con el pasar del tiempo.
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