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Ella
Ella, una niña adulta y madura a la fuerza. Nadie sabe porqué pasan las cosas, unos lo llaman destino, otro camino divino y yo por último solo me siento y admiro.
Ella, quien gambeteaba las injusticias de la vida, solo se sentía sola. Él siempre estuvo detrás pero nunca lo suficientemente rápido como para ponerse a su lado. Ella lo dijo, lo expresó varias veces. Ella lloraba, ella añoraba y él lo sabía.
En su interior ella caminaba, evolucionaba, convertía sus paredes en piedra y cerraba sus ventanas con cortinas gruesas y pesadas. Así como la naturaleza lo dicta; solo se hacía mas fuerte.
Ella contemplaba como sus sueños se los llevaba la corriente; sus deseos desaparecían inadvertidos y así mismo se desvanecía su esperanza de una vida mejor, y no entendía. No entendía porqué a ella, e intentaba borrar y corregir los pensamientos fugaces que la invadían diciéndole que la vida era injusta y voraz.
Llevaba a su lado una luz que la mantenía viva; una luz que la hacía secarse las lágrimas y cambiar la cara para pretender que estaba bien y así enmascarar ante el mundo su casi impalpable infelicidad.
Nadie lo notaba, nadie la veía mal. Hasta incluso muchos envidiaban lo hermosa que parecía su vida. Solo una persona la conocía lo suficiente para saberlo, y ese era él. Ese con quién creció, y vivió las situaciones más difíciles que una pareja de adolescentes pudo vivir.
Ella decidió dar vuelta a la página y dejar su antigua vida para intentar renacer en otra y así sintió que las luces que le guiaban a sus sueños volvieron a encenderse de nuevo; cree firmemente en su decisión como de costumbre, y se aferra a ese pequeñín que la acompaña para así sobrellevar el día a día.
piesparaarriba
Un rosa blanca.
Se cuelga inerme la rosa blanca al alfeizar, ha pasado ahí la noche esperando regresar al lado de la susodicha. Pero no ha pasado nada. Casi está muerta de frío, casi se acaba su belleza, y su premura se agranda con cada gota de rocío matinal que se posa en su rostro claro. Siente que se le acaba el tiempo, que sus hojas se caen y sus pétalos desfallecen contra el clima inclemente. La susodicha espera en un sofá, mira hacia la ventana y observa la rosa sin saber qué hacer. Está esperando… Que la rosa tome un camino, que venga la decisión de vida o la muerte. Ha preparado hace horas un libro viejo, un favorito que releé cuando se siente triste. El ataúd de la última rosa que él le dejó. La rosa se rinde, el alfeizar masculla acompañando al viento y la susodicha puede ver, que los pétalos ya no se asoman desfiantes desde la cornisa de su ventana. Se levanta y camina hacia allá; al abrir la ventana, el viento se detiene, sólo hay silencio, sólo hay un frío seco y alarmante mientras el sol sube detrás de los edificios. Toma la rosa y la última espina se clava en su pulgar.
Hasta lo que está muerto lastima. Pone la rosa en la página perfecta, del libro predilecto. Y lo pone en su lugar. Entre una antología de cuentos juveniles, y un libro opaco que definió su niñéz. Ojala que se seque la rosa, un rosa blanca que ya dejó de perfumar.