Corazón verde, muros de piedra [14/?] (Argenmex, AU)
Título: Corazón verde, muros de piedra
Pareja principal: Argenmex
Temas: AU medieval, matrimonio arreglado, fantasía, slow burn, magia, aventuras, bien vs mal, mitología inventada y no tan inventada.
Parejas secundarias/mencionadas: GuateMéxS, Domití, Ecuper. Y aparecerán otros personajes más adelante.
Argenteus y Tlayolotl deciden realizar una alianza política por matrimonio. Itzel es la reina en Tlayolotl y sus leyes le prohíben casarse con alguien que no sea de su reino y no puede (ni quiere) ceder su poder político. Martín es rey de Argenteus y en su reino no importa si se casa con alguien del mismo sexo. Así es como Pedro termina en Argenteus como el rey consorte de Martín. Sin embargo, eso solo es el inicio de una historia de magia y aventuras en la que el Bien deberá derrotar al Mal antes de que cosas terribles ocurran en el Mundo Conocido.
ÍNDICE DE CAPÍTULOS
PRIMER CAPÍTULO
XIV
Desde que recibió la carta de Efraín, Pedro no ha estado tranquilo y eso, sumado a los cambios constantes que percibe alrededor del reino, no hace más que mantenerlo taciturno. No siempre puede dormir, pensando en todo lo que ocurre, y ha salido más de una noche al mes para corroborar que su protección sigue de pie, aunque sabe que sigue ahí y que habría sentido si algo realmente malo hubiese ocurrido.
Esta noche no es diferente. Hace unas cuatro horas que salió de su habitación, adoptando una de sus varias pieles, y recorrió las calles de la ciudad. Estuvo cerca de las murallas y sobrevoló la ciudadela para corroborar que no hubiera nada fuera de lugar. Sabe que no es necesario que haga estos recorridos nocturnos, pero se siente más útil haciendo esto que quedándose en el castillo dando vueltas en su cama.
Cuando finalmente está seguro de que todo sigue en orden, regresa con el mismo sigilo con el que sale y está a unos pasos de su habitación cuando algo se abalanza sobre él. Su forma actual es útil, escurridiza incluso, pero no es la mejor para defenderse del todo, en especial cuando la temperatura del castillo le hace moverse más lento de lo normal. Así que Pedro decide regresar a su piel humana.
Todo ocurre en un parpadeo: donde antes hay un cuerpo pequeño y escamas, pronto hay un hombre. Pedro aprovecha la sorpresa de su atacante para girar sobre su cuerpo, quedando sobre éste, y busca entre su ropa hasta empuñar su daga negra, que lleva al cuello del hombre debajo de él.
—¿Pedro?
Le basta con escuchar la voz para alejarse rápidamente.
—¿Martín?
Hay un momento durante el cual solo se escucha la respiración agitada de ambos y Pedro podría haberse quedado ahí, pasmado, de no ser porque ve el momento en el que Martín se lleva la mano al cuello y se limpia un poco de sangre. Entonces Pedro deja caer su daga.
—Dioses —murmura, horrorizado por lo que acaba de hacer—. Yo no...
Martín levanta la mirada y Pedro se queda mudo, porque esa no es la mirada del Martín que ríe con él o que lo acompaña en los jardines o que escucha con atención las historias de su gente. No es la mirada del Martín que recorre su cuerpo a besos o que acaricia su rostro mientras se corre dentro de él. No, esta es la mirada del Martín que es rey, que es inalcanzable, absoluto.
De pronto, Pedro se siente pequeño a su lado. Está por decir algo cuando escuchan los pasos pesados de los guardias acercándose por el pasillo. Entonces, Pedro pondera la situación: atacó al su esposo, el rey. La daga negra aún está en el piso, a su lado, y bastará con ver a Martín para que sus guardias decidan que es prueba suficiente para apresarlo por intento de homicidio. ¿Qué hará, entonces? Podría volver a adoptar alguna de sus pieles y huir, pero eso…
—Sígueme.
Pedro levanta el rostro y ve que, mientras él comenzaba a dejarse vencer por el pánico, Martín se ha puesto de pie.
—¿Qué? —pregunta sin comprender qué ocurre. Martín mira hacia el pasillo, donde el sonido de pasos es más cercano.
—¿Prefieres quedarte aquí y ser apresado o seguirme a mi habitación?
La respuesta es obvia. Pedro se pone de pie, toma su daga y sigue a Martín hasta la habitación. Martín abre la puerta y lo deja entrar primero justo cuando los guardias están en el lugar que acaban de abandonar.
—¿Todo bien? —pregunta Martín, dirigiéndose a alguno de los recién llegados.
—Escuchamos ruido, Majestad —responde uno.
—No escuché nada —agrega Martín—, pero gracias por estar atentos. Pueden regresar a sus puestos.
Pedro no tiene que verlos para saber que los guardias hacen una reverencia antes de regresar por donde vinieron. Pasan unos segundos y Martín entra en la habitación, cerrando la puerta detrás de sí. En silencio, camina hasta su mesa, donde hay una vasija con agua y un recipiente. Sirve un poco de agua y con su pañuelo limpia las gotas de sangre que aún bajan por su cuello.
—No pensé que fueras bueno con las armas —murmura Martín. Pedro frunce el ceño.
—Soy un guerrero, por si no lo sabías.
—No, supongo que no.
Y es el tono en el que lo dice, con decepción, lo que hace que Pedro sienta una opresión en el pecho y desvía la mirada.
—¿Eres tú el que anda por el castillo todas las noches?
—Sí.
—¿Y en la ciudadela?
—También.
—¿Por qué?
Silencio.
—¿Qué eres?
Ante esa pregunta, Pedro vuelve a alzar el rostro. Ve que Martín está más cerca de lo que pensó que estaba y que le observa con precaución, como lo harías con un animal salvaje del que sabes que no debes fiarte. Y Pedro siente el momento exacto en el que su corazón se rompe un poco, porque todos en Argenteus lo han visto así, con desconfianza, con rechazo incluso… todos, menos Martín. No obstante, aunque la opresión en el pecho no desaparece, se mantiene tan sereno como puede.
—Nahualli —responde, irguiéndose un poco mientras lo dice—. Un hechicero cambiapieles.
—¿Eso significa…?
—Que puedo adoptar algunas formas no humanas.
Martín no parece convencido, pero quizá el hecho de haberlo visto aparecer de la nada mientras estaba en su piel de serpiente hace que crea un poco lo que dice. Quizá.
—Nuestro acuerdo matrimonial no decía nada de casarme con un… nahualli.
—No —asiente Pedro—, no decía nada sobre eso.
—¿Planeabas decirme?
—Yo…
—Responde a la pregunta.
—Solo si era necesario.
Martín bufa, evidentemente molesto, y le da la espalda. Mientras, Pedro vuelve a pensar qué es lo que hará ahora. Las ganas de adoptar su forma de águila son tan grandes que si no lo hace es solo porque la situación ya es lo suficientemente complicada ahora como para arruinarla más. Ahora, más que nunca, desearía que su hermana estuviera con él.
—¿Hay algo más que no me dijeron tú y tu hermana antes de nuestro acuerdo?
¿Qué caso tiene mentir ahora?
—Sí —responde con voz queda.
Hay otro silencio en la habitación.
—Dime todo —murmura Martín mientras se cruza de brazos y se niega a verlo aún—. Aún no es de día y no te irás de esta habitación hasta que me digas todo lo que no me dijeron antes de aceptar casarme contigo.
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Ok, ok, ok. Cuánto tiempo sin verlos por acá, jeje. ¿Todavía se acuerdan de mí y de mi fic? Ya vamos avanzando en este drama y habrán notado algo, quizá. Argentum ya no se llama Argentum, sino Argenteus. Es un cambio que estuve meditando después de un rato y me gusta más así.
Espero traerles pronto un poco más de esta historia.
¡Ya llegaron, ya están aquí! Esta es la lista de prompts que usaremos para nuestra semana Argméx: FECHAS Del 15 al 21 de septiembre PROMPTS 15 de septiembre: Ángeles y demonios 16 de septiembre: Relación a distancia 17 de septiembre: Tatuajes 18 de septiembre: Paranormal/sobrenatural 19 de septiembre: Soulmates 20 de septiembre: Súper héroes 21 de septiembre: Fantasía y magia Además de estos prompts, los participantes tendrán derecho a usar un comodín. Esto significa que, si no les gusta el prompt del día o no les inspira a crear, pueden cambiarlo por otra cosa de temática libre, siempre y cuando el tema no esté incluido en la lista de prompts.
Corazón verde, muros de piedra [11/?] (Argenmex, AU)
Título: Corazón verde, muros de piedra
Pareja: Argenmex
Argenteus y Tlayolotl deciden realizar una alianza política por matrimonio. Itzel es la reina en Tlayolotl y sus leyes le prohíben casarse con alguien que no sea de su reino y no puede (ni quiere) ceder su poder político. Martín es rey de Argenteus y en su reino no importa si se casa con alguien del mismo sexo. Así es como Pedro termina en Argenteus como el rey consorte de Martín.
ÍNDICE DE CAPÍTULOS
PRIMER CAPÍTULO
XI
Hay algo extraño en Argenteus. Aún no es tan evidente, pero está ahí, presente, como algo que aparece unos días y se va por otros, como un sonido de fondo, al que podrías no prestarle atención pero que estará ahí, de un momento a otro. Pedro lo siente en el ambiente, en el aire mece las hojas de los árboles, en las vibraciones de la tierra. Lo siente en los animales que rodean la ciudad, porque ellos también perciben lo que ocurre.
Es una sensación desagradable, como cuando algo frío te toca por sorpresa o parecida a cuando tomas con las manos las vísceras de un animal recién muerto. Es un escalofrío que lo recorre de pies a cabeza y le pone los pelos de punta porque no es la primera vez siente algo así. Es similar a como se sentían las cosas en Tlayolotl mucho antes de partir de ahí, similar al poder maligno que amenaza con engullir todo y que, posiblemente, ha llegado más lejos y más rápido de lo que él o su hermana o cualquier otro de los Grandes Sabios pudo prever.
Su consuelo es saber que Tlayolotl sigue en pie. Las cartas que recibe de su hermana no hablan mucho sobre lo que amenaza a su reino (y a todos los del Mundo Conocido, al parecer), pero Pedro habría sentido si algo estuviera mal. La conexión con su tierra no se ha perdido a pesar de la distancia.
Hay días en los que ese algo deja de percibirse con la misma fuerza y pareciera como si todo recuperase su ritmo normal, pero Pedro no es tan inocente como para pensar que desaparecerá por completo. Si así fuera, su gente no se habría recluido voluntariamente por tantos años. Ha intentado que eso no lo distraiga demasiado, pero con el paso de los días es un poco más difícil no estar atento a todo lo que lo rodea. En especial cuando, más frecuentemente que no, se siente como en ese momento antes de una tormenta.
Piensa en que debería hablarlo con Martín, advertirlo sobre lo que está ocurriendo, pero aunque su esposo ha reaccionado con curiosidad e interés por las tradiciones y la historia de su gente, aún no sabe cómo reaccionará al saber que su unión con Argenteus va más allá de lo político y lo económico. Si le dice lo que ocurre en el Mundo Conocido, tendrá que decirle mucho más que eso. Tendrá que explicarle que, más que por su riqueza o sus recursos, eligieron aliarse con Argenteus por ser uno de los Reinos del Sol y que aprovecharon su ignorancia ante las costumbres antiguas para lograr esta unión… que debía ser Argenteus porque incluso si otros Reinos del Sol eran más poderosos, nadie más aceptaría a Pedro.
Y no está seguro de estar listo para tener esa conversación.
Así que, mientras se siente preparado para enterar a Martín de todo lo que ignora hasta ese momento, Pedro continúa haciendo lo que se propuso desde semanas atrás: protege a Argenteus así como lo hiciera con Tlayolotl. Cada luna nueva pasa la noche solo, en la que aún es su habitación pero en la que duerme con cada vez menos frecuencia, y recita las palabras sagradas en su lengua antigua. Después sale y recorre los pasillos del castillo, se escabulle por las sombras, deslizándose sin ser visto, hasta que sale y hace lo mismo en las calles, hasta llegar a las murallas que rodean la ciudadela, que recorre por completo antes de regresar, exhausto pero satisfecho. Y durante el resto de los meses, se contenta con escuchar los sonidos que le llevan las noches, de los guardianes que ha dejado en lugares estratégicos haciendo su trabajo de forma adecuada.
—¿Qué haces?
Pedro voltea sobre su hombro y mira al interior de la habitación, donde Martín ha entrado hace unos segundos. Observa a su esposo mientras recorre el interior, quitándose poco a poco las capas de ropa que lo cubren ahora que el clima comienza a cambiar en Argenteus.
—Veo la ciudadela —responde Pedro y regresa su atención al paisaje, con la mirada fija en el extremo este del muro, en donde siente a uno de sus guardianes más alerta que de costumbre.
Se relaja un poco cuando Martín rodea su cintura y apoya la barbilla en su hombro izquierdo, mirando la ciudad también.
—Se ve hermosa de noche, ¿verdad?
Pedro lo mira de reojo. Ve su cabello ligeramente alborotado ahora que se ha quitado la corona y se complace al verlo sonreír, orgulloso de su propio pueblo. Y sí, Argenteus de noche es bella, más que de día incluso, con luces encendidas en todas partes y llena de una vida que en Tlayolotl no existe durante la noche y las madrugadas. Pero no es Argenteus lo que Pedro tiene en mente cuando responde:
—Sí, es hermosa.
Ambos se quedan ahí un momento, en la ventana, observando lo que alcanzan a ver de la ciudad y sus luces, en silencio. Martín contemplando su hogar y Pedro dividido entre la calma que irradia su esposo y la atención a lo que siente en las murallas de la ciudad. Al final, decide irse por la calma y regresa junto a Martín al interior de la habitación.
Al día siguiente, una mujer jura que hace días se escuchan ruidos extraños en los alrededores del castillo, pero que en la muralla este los ruidos fueron más intensos la noche anterior. Nadie le cree, pero eso no la detiene para contar su historia a todo aquel que quiera escucharla.
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JAJAJAJA I'M BACK BITCHES. ¿Qué pensaron? ¿Que había dejado abandonada esta historia después de casi un año? ¡JA! Pues no, solo se quedó atorada entre todas las otras cosas en las que he estado trabajando. Ya saben. Cuentos originales, eventos, l-i-b-r-o-s p-u-b-l-i-c-a-d-o-s. Porque your's truly es escritora publicada, por sí misma y editorial. Just saying.
Pero no es eso lo que quería a decir, sino: I'M BACK, BITCHES.
Espero que les haya gustado este capítulo, que les haya dejado más dudas jaja, porque esto se va a descontrolar. Por cierto, busco beta que quiera argentinizar los diálogos de Martín porque doy asco.
Corazón verde, muros de piedra [13/?] (Argenmex, AU)
Título: Corazón verde, muros de piedra
Pareja principal: Argenmex
Temas: AU medieval, matrimonio arreglado, fantasía, slow burn, magia, aventuras, bien vs mal, mitología inventada y no tan inventada.
Parejas secundarias/mencionadas: GuateMéxS, Domití, Ecuper. Y aparecerán otros personajes más adelante.
Argenteus y Tlayolotl deciden realizar una alianza política por matrimonio. Itzel es la reina en Tlayolotl y sus leyes le prohíben casarse con alguien que no sea de su reino y no puede (ni quiere) ceder su poder político. Martín es rey de Argenteus y en su reino no importa si se casa con alguien del mismo sexo. Así es como Pedro termina en Argenteus como el rey consorte de Martín. Sin embargo, eso solo es el inicio de una historia de magia y aventuras en la que el Bien deberá derrotar al Mal antes de que cosas terribles ocurran en el Mundo Conocido.
ÍNDICE DE CAPÍTULOS
PRIMER CAPÍTULO
XIII
Cosas extrañas ocurren en Argenteus, cosas que antes no ocurrían. Las personas de la ciudadela aseguran escuchar sonidos malignos por las noches y más de una persona dice: es culpa del príncipe bárbaro. Sentado en la sala del trono, Martín escucha con atención a la mujer que narra su versión de los hechos. Es algo mayor, de unos setenta años, y habla con voz baja y quebrada sobre los ruidos que de pronto hay en los alrededores, de cómo hay algo en el ambiente. Y Martín podría dudar de cualquiera, en especial de gente ajena a Palacio. Esta mujer, no obstante, ha trabajado en él desde que Martín era un niño.
—Majestad —continúa la mujer—, también están las sombras.
Ante eso, Martín frunce el ceño.
—¿Qué sombras?
La mujer agacha el rostro, temerosa. Martín frunce el ceño, consternado. Él no es un rey tirano, de eso está seguro, y es extraño que su gente actúe temerosa ante su presencia. Después de unos segundos de silencio, se pone de pie, baja la escalera hasta estar frente a la mujer y le pone una mano en el hombro. Ella da un respingo.
—Puedes hablar sin miedo. ¿Qué sombras?
Ella respira profundamente y se yergue un poco.
—Majestad, hay rumores sobre cosas que pasan en el castillo —dice al fin—; sombras que se mueven por las noches y que salen de palacio para dirigirse a la ciudadela.
—Si sólo son rumores, no hay nada qué temer. Y tampoco es razón para tratarlo en audiencia.
—No, Majestad —dice ella con más firmeza en su voz—. Yo las he visto. Hay sombras que vagan por las noches desde que... desde que su Alteza Real está en el castillo.
Martín se yergue de golpe. Mira a la mujer, quien luce un poco más pálida de lo que es su tono de piel y quien se apresura a agachar la mirada. Martín abre la boca para decir algo pero, al final, se detiene. No tiene lógica, todo eso de los sonidos y el ambiente y las sombras. Pero, por otro lado, ¿no hay algo extraño en Pedro desde hace unos días, cuando recibió la carta llegada desde Tlayolotl?
La sala, usualmente en silencio cuando la gente va a audiencia, se llena de los murmullos de las otras cinco personas a su alrededor. Martín levanta la mirada y por un momento sus ojos se cruzan con los de Sebas, quien niega en silencio, antes de mirar a Dani, quien aprieta un poco la mandíbula antes de imitar a su primo, negando también en silencio.
Entonces Martín regresa su atención a la mujer frente a él y le aprieta el hombro con suavidad, intentando transmitir, con ese gesto, algo de confianza ante la situación. La sala vuelve a quedarse en silencio cuando lo ven hacer aquello.
—Gracias por hablar con sinceridad —dice y la suelta.
—Majestad —responde, haciendo una reverencia.
—Investigaremos qué es lo que ocurre —agrega y sin esperar confirmación, Dani hace una reverencia ligera y sale de la sala, ante la mirada de los presentes.
La mujer repite su reverencia y da unos pasos hacia atrás para no darle la espalda antes de retirarse del salón.
Hay más personas que acuden a audiencia, algunos con problemas menores y otros por verdaderas estupideces, y Martín los atiende a todos, como es su deber y como lo ha hecho en los últimos cinco años, desde que subió al trono siendo aún un adolescente. Sin embargo, por primera vez en los últimos cinco años, no presta verdadera atención a las preocupaciones de su gente. Responde cuando debe responder y actúa con la propiedad digna de un rey, pero su mente no está ahí en ese momento.
Mientras pasan las horas, no puede dejar de pensar en lo que dijo la mujer, sobre las supuestas cosas raras que pasan en la ciudad desde que llegó Pedro. Recuerda que, ya en otra ocasión, alguien mencionó que había rumores de ruidos raros en las murallas, en especial en el muro Este, pero hasta ese momento solo se trataban precisamente de eso: rumores. No es la primera vez que hay rumores en la ciudadela ni será la última vez que se escuche sobre espectros o criaturas sobrehumanas merodeando por los alrededores, pero hay algo en todo esto que comienza a preocuparle un poco.
Horas más tarde, cuando terminan las audiencias y regresa a hacer el resto de sus actividades cotidianas, todo parece normal. Aquel día no tiene nada de diferente al resto de los días del año, ni a los años anteriores. Incluso sus interacciones con Pedro con tan normales como lo han sido en los últimos meses. Pasean un poco por los jardines, cenan juntos y, por la noche, como por un acuerdo silencioso, ambos van a sus respectivas habitaciones. En otras ocasiones no le sería extraño que cada quien fuera a su alcoba, pues no siempre comparten cama, pero Martín no deja de darle vueltas a lo dicho por la mujer.
No sabe bien qué hora es cuando escucha un ruido en el pasillo. Es un sonido casi inaudible, pero quizá se debe a que ahora está completamente despierto y con los sentidos puestos en todo lo que le rodea, y alcanza a escuchar lo que posiblemente otras noches no habría escuchado. Cuidando no hacer ruido, se pone de pie y, descalzo, camina por su habitación. Duda un poco, pero al final opta por tomar su espada antes de abrir la puerta con cuidado y salir al pasillo. Esa noche apenas hay luna. Faltan pocos días para la luna nueva y eso significa que el pasillo está más oscuro que en otras ocasiones, pero Martín conoce su castillo y no le es difícil avanzar los pasos necesarios para llegar cerca del lado de aquella ala que da a la habitación de Pedro.
Entonces, se detiene. La puerta de Pedro se abre lentamente y, antes de que Martín pueda reaccionar, hay algo que sale de ahí antes de que la puerta se cierre otra vez, algo que no tiene forma humana. Sombra, piensa. Una sombra como dicen las personas de la ciudad. Espera unos segundos y se acerca con cuidado a la puerta de Pedro. Levanta la mano para llamar y se detiene. ¿Qué hará si todo fue producto de su imaginación y despierta a Pedro? ¿Qué pretexto le dará? O, peor aún, ¿qué hará si nadie responde? ¿Se atreverá a abrir la puerta y descubrir si su esposo está o no dentro de la habitación, si la sombra es real?
Al final, opta por regresar a su habitación, no sin antes mirar de reojo por el pasillo y por las ventanas que llevan hasta su propia puerta, pero, como es de esperar, no ve nada fuera de lo normal.
El resto de la noche la pasa inquieto, atento a cualquier ruido de fuera, sobresaltándose por las cosas más insulsas, como el sonido de una lechuza fuera de su ventana o el viento de la noche. En algún momento, vencido por el cansancio, se queda dormido.
Despierta un poco después de lo usual y, cuando sale de su habitación, listo para tomar el desayuno, se encuentra con Pedro en el pasillo.
—Buenos días —dice su esposo—, ¿vamos a desayunar?
Martín asiente por toda respuesta y sigue a Pedro, quien bosteza abiertamente. Ambos van hacia el comedor y mientras esperan el desayuno, Martín lo observa. Pedro luce cansado, con ojeras un poco más pronunciadas que otras ocasiones, incluso se ve algo pálido. Y aunque intenta no demostrarlo, está claro que también está algo más distraído de lo normal.
—Luces cansado —dice después de un rato. Pedro asiente.
—No pude dormir bien.
—Esta noche deberías pedir un té relajante antes de dormir.
Pedro le sonríe, aunque hay algo en esa sonrisa que Martín no logra entender del todo.
—Eso haré, gracias. ¿Hoy tienes audiencia?
—No, hoy no.
Pedro asiente y regresa su atención a su desayuno, que come con ganas y sin saber que, al otro lado de la mesa, Martín no sabe qué pensar sobre él mientras mil y un preguntas sin respuesta llegan a su mente.
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Esto ya se empieza a descontrolar y faltan pocos capítulos para que sepan, por fin, qué rayos está pasando en toda esta historia. O, al menos, una parte. Ayñ. Esto se volvió demasiado complejo y creo que serán como el doble de capítulos de los que ya llevo jajaja. Joke’s on me, porque creo que solo 3 personas leen esto ja. Pero bueno, a estas alturas eso es normal en este fandom.
Estos días de cuarentena he escrito más de esta historia, así que procuraré aprovechar la buena racha de escritura para adelantar lo más que pueda antes de regresar a la rutina de siempre.
latin hetalia argmex week; día 1 → ángeles y demonios
» el ángel guardián {martín + pedro}
Todo comenzó a las pocas semanas de que Martín salió del hospital después de una cirugía de corazón, cuando estaba lo suficientemente recuperado como para dejar la casa de su primo y regresar a su departamento. En otras circunstancias no le habría prestado demasiada atención, probablemente ni siquiera se habría dado cuenta de ello, no con el ritmo tan acelerado que tenía para hacer las cosas (consciente de que cada día podía ser el último). Pero ahora, con las horas que debía pasar en reposo y sin nada más interesante qué hacer, habría sido imposible no darse cuenta del muchacho que se la pasaba sentado en las escaleras de emergencia del edificio al otro lado del callejón.
Quizá “muchacho” no era la mejor manera para describirlo. No estaba seguro del todo, pero aunque lucía joven (más o menos de su edad, ya llegando a la mitad de los veintes), había un aire de melancolía en él que le daba una apariencia mayor. Siempre llevaba la misma ropa, que cada día lucía más sucia; tenía las manos cruzadas, la mirada gacha y los hombros caídos, como si lo aquejara algo terrible. Probablemente era un sintecho. Tendría sentido, después de todo, ¿quién más pasaba tanto tiempo, días incluso, sentado en el mismo lugar, con la misma ropa y lucía como si el mundo se le hubiera venido encima?
Había algo más en él, algo que Martín no sabía cómo explicar. Cada que Martín se asomaba por la ventana de la sala para verlo, tenía la sensación de que lo conocía de algún lugar. Sin embargo, por más que intentaba recordarlo, a su mente no llegaba nadie que fuera como él. Y también estaba esa extraña presión en el pecho, que no tenía nada que ver con el dolor de la recuperación por la cirugía. A ese dolor estaba acostumbrado (lo peor eran los estornudos: sentir que el pecho quería abrírsele nuevamente cada que estornudaba con fuerza), y por eso reconocía que la sensación que tenía al ver a aquel tipo no tenía nada que ver con su recuperación.
Una tarde de esas en las que el viento sopla con un aire gélido, se percató de que el otro hombre seguía sentado en el lugar de siempre. En él todo se veía igual que siempre, a excepción de la forma como se abrazaba por el frío. El idiota estaba sentado sin siquiera un suéter para protegerse del clima. Martín se quedó observándolo por un par de segundos y justo cuando estaba por volverse para ir a su habitación, vio que el chico levantaba el rostro y lo observaba desde el otro edificio.
No lo pensó realmente. Caminó hasta su ventana, se estremeció cuando el aire del exterior le dio en la cara al abrirla y gritó:
—¡Oye!
El chico le miró perplejo, pero Martín no le dejó hablar y se adelantó:
—No tienes a donde ir, ¿verdad? —preguntó. La respuesta era obvia, pero la situación ya era extraña de por sí y Martín supuso que no haría daño iniciar la conversación de esa manera.
—No —respondió el otro. Su voz era más grave de la que Martín esperaba y por un instante volvió a sentir esa misma opresión en el pecho.
—Ven.
—¿Qué?
—¿No escuchaste?
—Sí, pero… ¿estás seguro? No sabes quién soy.
Más presión en el pecho. Martín se cruzó de brazos, aunque fue más para disimular la molestia por lo que sentía en el pecho que por otra cosa. Creo que sí sé quién eres, pero no logro recordarlo.
—Has estado ahí por días y si quisieras hacer algo raro, creo que lo habrías hecho hace mucho. Sube por la escalera del edificio —agregó señalando la escalera de emergencia que daba a su ventana.
El otro asintió e hizo como le indicaba Martín. Pasados unos minutos, entró por la ventana de la sala, cerrándola detrás de él y evitando el paso del aire helado de afuera otra vez. Volvió a hacerse el silencio, aunque Martín notó que se sentía un poco mejor, que lo que fuera que sentía en el pecho cedía poco a poco para darle paso a la sensación propia de su cirugía reciente. Se miraron uno al otro por un rato y Martín se dio cuenta de otros detalles que no podía ver a través de la ventana: era un poco más bajo que él y lucía delgado, pero no excesivamente flaco, y le llamó la atención la cicatriz que cruzaba su nariz.
—Gracias —dijo el joven.
—De nada. ¿Te llamas…?
—Pedro.
—Martín —Pedro asintió en silencio—. Bueno, pues, toma asiento. ¿Algo de beber? Creo que algo caliente te vendrá bien.
—¿Tienes café? —preguntó Pedro—. Siempre quise… es decir, hace tiempo que no tomo uno.
Sí, había algo extraño en él, asintió Martín para sí mismo. Y, a pesar de ello, no tenía miedo de aquel extraño; era como si algo muy dentro suyo le dijera que el hombre al que había invitado tan de improviso jamás le haría daño.
—Te preparo uno de inmediato.
—¿Te ayudo? —preguntó Pedro—. Creo que eres tú quien necesita descansar más que yo.
—No, estoy bie… ¿qué?
—¿Hm?
—¿Por qué dices que yo debería descansar más?
Pedro dio un paso atrás y miró de reojo la ventana, como si estuviera pensando en huir.
—Si quieres ir, vete —dijo Martín—, pero ahora sí llamaré a la policía.
—¡No! —exclamó Pedro, y Martín pudo ver el miedo en su mirada—. Yo… no es necesario que llames a la policía. No tengo a dónde más ir.
—Sí, bueno, eso me quedó claro. ¿Te quedaste sin trabajo o algo? ¿No tienes ningún amigo con quien ir o algo así?
—No. No tengo nada… yo. No tengo dinero ni amigos ni familia.
—¿No eres de aquí?
Pedro miró al piso un segundo y asintió con la cabeza antes de suspirar.
—Algo así.
Toda esa situación era extraña y aunque el sentido común le decía a Martín que estaba haciendo todo mal, que lo ideal habría sido llamar a la policía en cuanto se percató de que frente a su edificio había un tipo que no se movía de lugar, al final optó por seguir su instinto otra vez. Señaló con la barbilla el sillón para invitar a Pedro a sentarse y él también se sentó.
—¿Quieres contarme?
—No sé qué será mejor, que lo sepas o que no lo sepas.
—Ok, eso ya me está dando miedo.
Pese a todo, Pedro sonrió.
—Tienes la sensación de que me conoces, ¿verdad?
—¿Cómo…?
—Nos conocemos —dijo Pedro. Martín guardó silencio para escucharlo—, aunque no nos hemos visto de frente. Yo te conozco más de lo que tú a mí, pero es inevitable que sientas que me has visto en algún lado, aunque nunca lo hayas hecho.
—¿Qué quieres decir?
Pedro suspiró. Levantó el rostro y cuando su mirada se cruzó con la de Martín, éste sintió otra vez la opresión en el pecho, que era más intensa que las veces anteriores, e instintivamente se llevó la mano al lugar donde estaba su cicatriz. Pedro siguió el movimiento con su mirada y antes de que Martín pudiera decir algo, puso su mano sobre la de Martín. Un escalofrío lo estremeció.
—Hace unas semanas debiste morir en el quirófano —dijo Pedro—. La cirugía se complicó. Todo indicaba que no saldrías con vida pero fue…
—Como un milagro —completó Martín—. Eso fue lo que dijeron mis familiares.
Pedro quitó su mano y sonrió un poco. Fue una sonrisa melancólica, triste, y Martín se hizo un poco hacia atrás.
—¿Quién eres?
—Tu ángel guardián.
—¿Qué?
—Debiste morir —dijo Pedro— y yo sabía lo que estaba por ocurrir. Lo he sabido desde siempre, desde que naciste, y no se supone que nosotros debamos intervenir en eso. Somos guardianes, pero no debemos intervenir en lo relacionado con la muerte de nuestro humano, pero… no podía dejarte morir. No así. Tienes tanta vida aún, y eres una persona tan hermosa, con tantos sueños e ilusiones y yo… intervine para que no murieras. Por eso estoy aquí, porque ya no puedo regresar.
—¿Regresar a dónde? —preguntó Martín, aunque una parte suya creía saber la respuesta.
Pedro señaló con su dedo hacia arriba.
—Ah.
Ambos se quedaron en silencio por tercera ocasión. Era un relato extraño, fantasioso por decir lo menos, pero Martín estaba seguro de que era verdad. Nadie había podido explicar la razón por la cual había regresado a la vida cuando todos los médicos presentes lo daban por muerto y , quizá, todo ese cuento del ángel guardián explicaba un poco por qué Pedro (¿sería ese realmente su nombre?) le parecía tan familiar. Explicaría, también, la opresión en el pecho, que al fin entendió como esa sensación de querer llorar para desahogarse.
—¿Aún quieres ese café? —preguntó.
—¿No me vas a echar?
Martín le sonrió, nervioso, y se puso de pie con cuidado. Estaba seguro de que estaba haciendo lo correcto al dejar que Pedro se quedara en su casa.
—No puedo echar a mi ángel guardián —dijo—. ¿Quién cuidaría de mí entonces?
—¿Por cuánto tiempo puedo quedarme? —preguntó Pedro poniéndose de pie también.
—Por el tiempo que quieras. ¿Quieres acompañarme a preparar esa taza de café? —preguntó.
No esperó respuesta, caminó hacia la cocina y sonrió al escuchar que Pedro caminaba detrás de él.
fin.
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Wow, esto quedó más largo de lo que pensé y creo que pude extenderme más, pero así ya estaba algo extenso. Me gusta la idea de Pedro siendo el ángel guardián enamorado de Martín. Obvio que después se casan y son felices por siempre.
El día en que, al fin, Pedro conoció a su alma gemela, comenzó como un día cualquiera. Pedro se levantó tarde, como siempre, y corrió al estudio para ensayar con la banda, como siempre. Incluso, después de unas horas de ensayo, salió hacia la terraza para echarse un cigarro, como siempre. Todo había permanecido exactamente igual de no ser porque, ese día en particular, la terraza no estaba sola.
Sentado en el piso, al otro lado de donde él tenía el que llamaba “su banco”, había otro chico. Al principio Pedro no le hizo demasiado caso. Absorto en sus propias ideas, mantenía la mirada fija en la marca de un pequeño sol, como una cicatriz, que tenía en su muñeca derecha. Sin embargo, después de escuchar un par de “clics”, fue imposible no darse cuenta de la presencia del otro, no cuando el tipo, aparentemente, estaba tomándole fotografías.
—No me enojo si me la pides —dijo, algo molesto, más por el momento de paz interrumpido que por ser fotografiado por un extraño.
—¿Me habrías dejado tomarte una si te lo preguntaba? —cuestionó el otro. Pedro pensó por un segundo antes de responder:
—Nah.
El otro chico soltó una risa.
—Eso supuse.
Pedro le dio una calada a su cigarro y vio, por el rabillo del ojo, que el otro muchacho se ponía de pie y caminaba hasta él para, después, sentarse en el piso junto a él.
—¿No te molesta?
—No realmente. ¿Le tomas fotografías a todos los extraños?
—Sólo a los que me gustan.
Pedro se ahogó con el humo del cigarro y el otro, para su sorpresa, sólo se echó a reír otra vez.
—Perdón, perdón —dijo aún entre risas—, pero hubieras visto tu cara. Soy Martín —agregó y extendió su mano derecha.
—P-Pedro —dijo éste, aún tosiendo un poco, y respondió al gesto de la misma manera.
Los dos lo sintieron cuando sus manos se tocaron: el cosquilleo que los recorrió desde aquel punto en el que sus manos estaban conectadas hasta los pies. Pedro jadeó por la sorpresa. Giró la mano de Martín, que aún sostenía con la suya, para observar su muñeca, y vio que en el mismo lugar en el que él tenía una marca de un sol, Martín tenía una luna: el complemento de su marca.
Cuando alzó la mirada otra vez, vio que Martín lo observaba fijamente y sólo en ese momento lo observó con detenimiento. Vio la sorpresa en sus ojos verdes y pudo percibir el rubor de sus mejillas. Pedro nunca había imaginado a su alma gemela, por mucho que soñara con encontrarle, y no le desagradaba para nada lo que veía frente a él. Sonrió.
—¿Sentiste eso? —preguntó.
Martín asintió.
—Fue...
—Lo sé. Somos...
—Almas gemelas.
—Sí.
—Wow.
Los dos se quedaron en silencio, aún sorprendidos por lo que acababa de ocurrir, pero después de unos minutos, ambos se relajaron un poco. Pedro soltó la mano de Martín, aunque éste compensó la pérdida sentándose un poco más cerca. Había tanto que decir, que no tenían ni idea de por dónde comenzar.
—No tengo idea de qué hacer —admitió Pedro.
—No te sientas mal, yo tampoco tengo idea de qué es lo que se supone que debo hacer después de conocer a mi alma gemela —respondió Martín. Después, algo apenado, agregó—: No te ofendas, pero no siento que me haya enamorado mágicamente de ti.
Pedro le sonrió con sinceridad.
—No me ofendo. Yo tampoco me siento enamorado de ti.
—Ok, me parece justo.
—Creo que enamorarse toma tiempo, almas gemelas o no. ¿Qué te parece si, mientras, nos conocemos un poco? ¿Quieres ir a comer algo?
—¿Es una cita?
—¿Por qué no? Somos almas gemelas.
Martín sonrió.
—Está bien.
Ambos sabían que el amor no era algo instantáneo, pero estaban dispuestos a conocerse y ver qué es lo que ocurría después.
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¿Debí organizarme mejor para no morir mientras se lleva a cabo esta semana? Sí, definitivamente. Siento que esto está muy apresurado, pero ya casi acaba el día y es lo que hay. Perdónenme ;__; siento que esto no le hace justicia a este tropo tan bonito que es de mis favoritos.
latin hetalia argmex week; día 7 → fantasía y magia
» el otro brujo {martín + pedro}
[fic situado en el mismo au de fuego y (no) era como ellos]
Aunque Pedro no tenía magia, no significaba que no pudiera identificar a los que sí la tenían. En parte se debía a convivir con brujos y hechiceros desde que era un niño, después de todo era el mellizo de una bruja de fuego y el amigo de un hechicero de viento y otro de tierra desde hacía mucho tiempo. Su habilidad para reconocer a otros con poderes sobrenaturales se debía, también, a la observación. Y quizá también un poco de suerte, porque sólo él había logrado ver esos momentos que delataban a los practicantes de magia, y que su familia no mágica no creía que ocurrieran.
Eran solo detalles, acciones que los hechiceros realizaban sin darse cuenta, pero que Pedro podía identificar. Estaba, por ejemplo, las veces en las que Itzel prescindía de un suéter porque su temperatura corporal, gracias a su magia, era superior a la de un humano normal. O las veces en las que Miguel corría o saltaba más rápido y alto que otros porque, sin pensarlo, se impulsaba con pequeñas corrientes de aire. O el hecho de que las plantas en la casa de Efraín crecieran con más rapidez que en otros lados, incluso fuera de temporada. Para muchos eran cosas que pasaban desapercibidas, pero Pedro las notaba.
Sabía que los brujos y hechiceros practicaban su magia todo el tiempo, porque era parte de ellos y dejar de usarla sería como dejar de respirar. Así que los practicantes de magia a su alrededor, aunque fingieran que no tenían poderes, realmente dejaban ver mucho más de lo que ellos mismos creían.
El día en que Pedro se mudó, al fin, a una casa para él solo, se dio cuenta de que su vecino de enfrente era un brujo también. Al principio no estaba seguro de que fuera uno, pero le bastó con observarlo con cuidado para darse cuenta de que, sí, era alguien con magia. No estaba seguro de qué tipo de magia realizaba, no le había visto usar ninguna de tipo elemental, pero su vecino —un muchacho rubio, de ojos verdes y bien parecido... no es que él se fijara en eso— siempre salía por las mañanas a su jardín, de donde parecía recoger algunas hierbas antes de regresar al interior de su casa.
Pedro observó, también, que había días en los que otras personas iban a la casa de su vecino. Se dio cuenta de que éstas llegaban cansados y se iban con una expresión distinta en el rostro, como si después de pasar un tiempo en la casa de aquel hombre rubio, todos sus problemas quedaran atrás.
—Quizá usa magia de sanación —dijo Itzel en una ocasión.
Con el paso de los días y el aumento de sus propios problemas, Pedro dejó de prestarle atención a su vecino. Tenía tantas otras cosas en las cuales ocuparse, trabajos que sacar en poco tiempo o con los que arriesgaba mucho dinero, que, absorto como estaba, no se dio cuenta de que los papeles se invertían y que era su vecino quien lo estudiaba desde el otro lado de la calle.
Una tarde en la que Pedro regresó a casa cansado después de una junta que terminó bien pero no como él lo esperaba, se encontró a su vecino frente a la puerta de su casa. Sorprendido, tardó unos segundos en acercarse a él y fue el otro quien acortó la distancia para saludarlo.
—Sabía que no tardarías mucho en llegar. Soy Martín.
—Eh... Pedro.
—Sí, lo sabía.
—¿Cómo...?
—Magia —respondió Martín. Pedro dudaba que lo supiera por su magia, pero prefirió no comentar nada al respecto—, y el hecho de que no te hayas reído o que me estés mirando extraño confirma que sabes de mi magia.
Pedro se encogió de hombros.
—Vengo de una familia de brujas.
—¿Y te diste cuenta de que yo tengo magia sólo así?
—¿Soy observador?
—Ah. ¿La magia corre en el lado femenino de tu familia?
Pedro volvió a encogerse de hombros.
—Sí. ¿Necesitas algo?
—Nah, sólo quería saludarte. Nos hemos estado observando mutuamente pero no nos habíamos hablado aún. Luces cansado.
—Trabajo.
—Ya. Puedo ayudarte, si quieres —se ofreció. Pedro frunció el ceño ligeramente y Martín soltó una risa—. No pongas esa cara. Es mi magia, puede ayudar.
—Así que tienes magia de sanación.
Martín sonrió.
—Tienes frente a ti al único médico brujo real, porque tengo magia de sanación y también soy médico. ¿Y? ¿Qué dices? ¿Te echo una mano con tu cansancio?
Pedro lo pensó por unos segundos. Martín era un completo extraño y quizá no debía confiar tan fácilmente en él, ¿pero no se había hecho amigo de Efraín y de Miguel porque él y su hermana compartían la corazonada de que eran buenas personas? Lo mismo ocurría con Martín. Además, tenía la impresión que algo muy bueno saldría después de ese primer encuentro.
—Está bien.
Y siguió al otro brujo hasta su casa.
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Este au me gusta mucho, me gusta que Pedro no tenga magia, pero que sea sensible a ella, que pueda identificar a los que sí la tienen, y que éstos lo busquen a él porque sienten que emana una energía agradable. Esto quedó un poco diferente a como he pensado el AU, pero me gustó la casita que usé en el moodboard y por eso escribí así la historia.
Esto es más pre-relación jaja, pero aquí esta mi último aporte para la semana. Gracias por leer y por participar :D
latin hetalia argmex week; día 2 → relación a distancia
» a varios cientos de kilómetros {martín + pedro}
A veces, mientras termina las llamadas con Martín o tras responder a alguno de sus mensajes, Pedro piensa en lo agridulce que es tener una relación a distancia. Quisiera que ver a su novio fuese tan sencillo como tomar un micro o el metro y llegar a su casa. A veces, también, piensa en que, pese a todo, el tiempo les ha demostrado que amarse a través del ordenador o el teléfono no hace menos intenso lo que sienten por el otro.
No todos comprenden cómo es que han mantenido una relación así por tres años, en especial porque no se han visto en persona ni una sola vez, y Pedro sabe que es extraño, pero no cambiaría sus circunstancias actuales. Además, están todos los planes para verse en algún momento, cuando terminen sus respectivos estudios, cuando logren ahorrar lo suficiente para comprar un boleto sólo de ida, incluso cuando aún no deciden en cuál de los dos países se piensan instalar.
—Esto sonará bien cursi —dice Pedro cada que el tema sale a colación—, pero creo que eso no importa si estamos juntos.
—Re cursi. No creo que importe mucho, de todas maneras el matrimonio igualitario es legal en nuestras ciudades.
Son conscientes de que hay mucho que planear y tomar en cuenta, que a veces hablar es más fácil que hacer las cosas, pero entre más pasa el tiempo, más se convencen de que soñar no le cuesta a nadie, y ambos están llenos de sueños que incluyen a un Sánchez o un Hernández a su lado y de por vida. Y aunque sea agridulce despedirse tras las llamadas o los mensajes, siempre está presente la idea de que tan sólo deberán esperar un poco más y lograrán estar juntos al fin.
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Fic cortito y rapidito porque me comió el tiempo. ¿Es el título de este fic una referencia a una cierta canción? Sí, sí lo es. ¿Es a propósito que en el moodboard el happily ever after señale a las chelas? No, eso no, pero no lo voy a cambiar.