El problema son los ricos...
Me quedó pendiente este comentario sobre un artículo que leí el año pasado en La Nación titulado “Comportamientos egoístas de gente adinerada. Mientras más dinero tiene una persona, más egoísta, insensible e indiferente se vuelve.” Su autor, el economista Nicolás Litvinoff, comenta las conclusiones de varios estudios realizados por un tal Paul Piff, que se desempeña como profesor de psicología de la Universidad de California.
Según Piff “cuanto más rica es una persona, más se siente con derecho a serlo y, por ende, más probabilidades hay de que sitúe a sus intereses por encima de los de los demás, dispuesta a hacer lo que sea para lograr sus metas.” Es decir, los ricos son más egoístas y tienen menos empatía y consideración por los demás (en este video Piff resume sus conclusiones).
Basado en su propia experiencia, Litvinoff coincide. Uno de los capítulos de la película Relatos Salvajes, en el que el conductor de un Audi nuevo insulta y abusa verbalmente al de un desvencijado Peugeot 504 que bloquea su paso, parecería darle la razón. Indudablemente hay mucho que criticarle a los ricos, ¡especialmente tener tanto dinero! Sin embargo, la realidad es bastante más compleja de como la plantean Piff y Litvinoff.
En primer lugar, los experimentos de Piff no son muy científicos y sus resultados tienen validez dudosa. Uno de ellos, basado en un juego de Monopoly, de hecho demuestra que los supuestos defectos de los ricos son simplemente un reflejo de la naturaleza humana (los ricos en este experimento son “convertidos” en ricos antes de empezar el juego).
En segundo lugar, aunque Piff se presenta como un académico apolítico, en realidad quiere promover sutilmente su propia agenda ideológica. Prueba de ello es cuando en uno de sus videos critica a Milton Friedman, el ogro de cualquier progresista que se precie de serlo. Según Piff, Friedman argumenta que las empresas, al igual que los individuos, debían tener como único objetivo la maximización de sus beneficios económicos. Esta es una tergiversación burda de la posición de Friedman, quien nunca dijo que los individuos sólo deben maximizar su riqueza. Como buen liberal, Friedman tenía un absoluto respeto por los objetivos individuales y ninguna objeción con la filantropía. Lo que si dijo Friedman es que en Estados Unidos, en donde la mayoría de las empresas tienen un accionariado múltiple y fragmentado, sus gerentes debían únicamente maximizar las utilidades, ya que cada accionista individualmente podía donar de manera más directa, efectiva y acorde a sus inclinaciones u objetivos. En el caso de una empresa con un sólo dueño obviamente esta distinción no tiene sentido. Pero el comentario de Friedman apuntaba a las grandes corporaciones y no a PYMEs o empresas unipersonales. .
De aqui Piff llega a una disparatada conclusión: la sociedad norteamericana supuestamente ha adoptado los preceptos de Friedman y como consecuencia ha aumentado la desigualdad. Aqui el profesor de psicología incurre en una falacia. En primer lugar, la proposición sobre la que se asienta su conclusión es falas. Es fácil probarlo. Friedman estaba en contra de la intervención estatal, el gasto público y la regulación, que hoy son mucho mas altas que cuando hizo sus comentarios.
Además, la responsabilidad social empresaria (RSE) ha sido adoptada por la mayoría de las empresas no sólo norteamericanas sino del mundo civilizado, lo cual según Piff sería incompatible con las ideas de Friedman. En realidad, Friedman no estaría en contra de la RSE siempre y cuando su costo fuera debidamente detallado a los accionistas. En tal caso, estos podrían optar por mantener, aumentar o vender sus tenencias. Si la mayoría de los inversores desaprobaran la RSE , las empresas más filántropicas, por asi decirlo, tendrían un descuento es su valuación. Es decir, que al final el mercado (los inversores) tendría la última palabra sobre el tema
Como ya hemos señalado, la realidad es mucho mas compleja de lo que propone Piff. Charities Aid Foundation (CAF) es una ONG basada en Inglaterra que publica anualmente un índice índice global de filantropía (World Giving Index) que se basa en los resultados de encuestas en 153 países. Su último informe, publicado en noviembre del año pasado, muestra a Estados Unidos como como el primer país en este índice. Además,es el único país posicionado entre los diez primeros en las tres dimensiones de la filantropía incluidas en el índice: ayudar a un extraño (1er puesto), comprometer tiempo al voluntariado (5to puesto) y donar dinero (9no puesto).
En cuanto a las donaciones como porcentaje del PBI, otra comparación internacional publicada por CAF muestra que Estados Unidos lidera las posiciones con 1,7% seguido por el Reino Unido con 0,73%. Francia, un país supuestamente más progresista, está bastante más abajo en el ranking, con donaciones que apenas llegan al 0,14% del PBI. La evidencia internacional indica que las donaciones tienden a representar a una proporción menor del PBI en aquellos países donde la presión impositiva es más alta.
Por otro lado si miramos dentro de Estados Unidos, la evidencia (US Trust Study of High Net Worth Philanthropy) también refuta las conclusiones de Piff. Por ejemplo, en el año 2013, un 98,4% de los hogares de mayor patrimonio donaron dinero a causas filantrópicas, lo que significa un aumento respecto al 95,4% que lo hizo en el año 2011 y es superior al promedio de la población (65,4% en 2008). Los ricos no sólo donan dinero sino también su tiempo, que es mucho más valioso: casi un 75% participó en actividades de voluntariado.
Pero según Piff no se trata sólo de egoísmo sino del narcisismo y de las conductas anti-sociales que supuestamente genera. Ni el uno ni la otra contribuyen al capital social de una sociedad, o lo que Alexis de Tocqueville en La Democracia en América identificó como la clave del progreso de la sociedad norteamericana:
“Entre las leyes que rigen las sociedades humanas, hay una que parece más precisa y más clara que todas las demás. Para que los hombres permanezcan civilizados o lleguen a serlo, es necesario que el arte de asociarse se desarrolle entre ellos y se perfeccione en la misma proporción en que la igualdad de condiciones aumenta.”
A primera vista, esta tesis de Piff parece interesante pero lamentablemente la evidencia también la refuta. Hay dos fuentes que nos permiten comparar el capital social tanto entre distintos países como a través del tiempo. Uno de ellos es el Better Life index de la OCDE y el otro el Prosperity Index publicado por el Legatum Institute. Ambos índices muestran que Estados Unidos se encuentra entre los diez países más avanzados del planeta y que su posición mejoró en los últimos cinco años. Además, numerosos estudios confirman que las democracias más prósperas (es decir con un PBI per capita en el quintil superior) también exhiben mayores niveles de capital social.
No se trata de defender a Estados Unidos ni a los ricos. Tampoco defender el persisente aumento de la desigualdad (sobre este tema ver este artículo). Menos aún justificar el egoísmo y el narcisismo, dos de los rasgos menos atractivos en una persona. La cuestión es otra. En el mejor de los casos, la cruzada de Piff es ingenuamente peligrosa y mal informada. La verdadera cuestión es establecer cual es la mejor manera de organizar una sociedad dadas las características innatas de la mayoría de sus miembros.
A esta cuestión Adam Smith le dedicó dos libros: La Teoría de los Sentimientos Morales (1759) y La Riqueza de las Naciones (1776). Smith no se hacía ninguna ilusión sobre los ricos ni sobre la naturaleza humana. En el primero de ellos explica:
Los ricos escogen del montón solo lo más preciado y agradable. Consumen poco más que el pobre, y a pesar de su rapacidad natural, y aunque solo procuran su propia conveniencia y lo único que se proponen con el trabajo de esos miles de hombres a los que dan empleo es la satisfacción de sus vanos e insaciables deseos, dividen con el pobre el producto de todos sus progresos. Son conducidos por una mano invisible que les hace distribuir las cosas necesarias de la vida casi de la misma manera que habrían sido distribuidas si la tierra hubiera estado repartida en partes iguales entre todos sus habitantes.
Según Smith, la mejor manera de canalizar el egoísmo natural del ser humano para que genere provecho para la sociedad es dejar que “todo hombre, en la medida en que no viole las normas de justicia, sea perfectamente libre de perseguir su propio interés.”
Este sistema basado en el interés individual, el libre intercambio a través de los mercados y la competencia bajo el imperio de la ley es el mecanismo más efectivo que ha encontrado la humanidad para extender la prosperidad a la mayor cantidad de personas. Y también es el más efectivo para preservar la libertad individual, cuyo principal enemigo es la concentración del poder, ya sea en en el ámbito público (autoritarismo) como en el privado (plutocracia). Es la intervención del estado, muchas veces guiada por consideraciones supuestamente altruistas, la que al restringir la competencia genera desigualdad y contribuye a la concentración de poder. Como advirtió Lord Acton hace más de cien años (y demuestran diariamente nuestros dirigentes políticos) el problema es que el poder corrompe.
Quizás la refutación más contundente de la tesis de Piff es la sociedad argentina, donde tanto el narcisismo como la ausencia de empatía, tolerancia, respeto al prójimo y actitudes comunitarias no tienen distinción de clase ni de ingreso y son rampantes a pesar de que el país hace tiempo dejó de ser próspero.