Hace un año y siete meses llegaste a mi casa. No te esperaba pues aún estaba limpiando la arena de la playa. Cada vez que venías me ofrecías un regalo, a veces te dejabas los zapatos y algún libro que otro sin darte cuenta. Llenaste todo mi hogar hasta convertirse en tuyo. Era nuestra casa, te paseabas sin avisar, a veces rompías algunas cosas y quería echarte pero siempre te perdonaba y te dejaba volver. Me costaba distinguir tus cosas de las mías, al final no tenían propiedad y empezaba a perderme en ellas.
Mis amigos venían cada vez menos y apenas cabían con la cantidad de objetos que guardaba. Muchos de esos objetos estaban pudriéndose y no me daba cuenta. Aunque vivías conmigo tú tenías tu propia casa, cada vez con menos cosas mías, hasta que un día no quedó ninguna. Como era de esperar, te fuiste a la tuya porque en nuestra casa ya no había sitio para los dos. Tenías tu casa limpia, libre de mí y de nosotros. Me costó mucho asimilar que no volverías más, que te habías ido y que mirase donde mirase, cada rincón albergaba miles de recuerdos tuyos. El tractor que me regalaste la primera noche, la pasta de sobre en la cocina, las cervezas de cada viernes y la televisión con programas que nos gustaban. Era incapaz de coger una bolsa y meterlo todo porque pesaba demasiado así que decidí ir tirándolo poco a poco. El primer día de limpieza tiré tus fotos, el segundo, el colchón y el tercero, tu ropa.
Pasados dos meses podía respirar tranquila, podía caminar sin verte en cada rincón, empecé a llenarlo nuevamente de cosas mías y mis amigas fueron dejando sus cepillos de dientes y sus pijamas para poder abrazarme mientras dormía. No me sentía sola, incluso podía decir que nunca había estado mejor. Decidí volver a invitarte para enseñarte la reforma que había hecho. Te gustó y cada vez venías más a menudo, pero ya no me traías ningún regalo.
El fin de semana pasado encontré un carrito de la compra en el armario, era el que habíamos traído juntos cuando me torcí el tobillo. Nada más cruzar mi mirada con ese objeto, a simple vista insignificante, me eché a llorar. Deseé volver a esa noche y me arrepentí de haber tirado tus cosas, las necesitaba conmigo y sobre todo, te necesitaba a ti. Te pedí que volvieras o que me dejaras llevarte un poco de azúcar a tu casa pero me dijiste que no, que en mi hogar ya no te sentías a gusto y el tuyo estaba completo.
Es así como nuevamente tengo que volver a revisar habitación por habitación y examinar mota de polvo por mota de polvo por si te encuentro en ellas. Tengo que volver a ventilar mi casa, a reordenar las estanterías y a reformar mi cuerpo. No quiero volver a invitarte a entrar hasta que no me dé miedo que te olvides de algo. Has estado muy presente en estas paredes y en la sangre que corre por mis venas pero llegará un momento en el que eso sólo sea una foto más en alguno de los álbumes que tengo en el armario.
Me gusta el reggaeton y la literatura. Soy @sallyinacoma.