Ella estaba sentada junto a la ventana, con un libro abierto sobre la mesa pero más atenta a la lluvia. Él la miraba desde la mesa de al lado, con la calma de quién no extraña los días de sol. Sus ojos se cruzaron apenas, como si el tango que suena los hubiera empujado a ese breve roce de electricidad.
Hay algo de poesía en estos días de lluvia, en el susurro de los árboles, en los paraguas que se cruzan sin tocarse, en el deseo que flota en el aire como una promesa sin destino ni remitente. En Buenos Aires, la lluvia no solo moja sino que también despierta memorias, enciende silencios y soledades. A veces (solo a veces) encuentra espejos en las almas.











