Las garras del niño inútil” de Luis Mey
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Las garras del niño inútil” de Luis Mey
Noelvi Marte switches from 16 to 4. Last worn by Santiago Espinal in 2025.
Luis Mey switches from 62 to 47. Last worn by Jakob Junis in 2024.
Alex Ramirez takes 46.
Luis Mey takes 62.
excuse me sir, but your jersey is definitely the wrong size
Luis Mey takes 62. Last worn by Jackson Stephens in 2018.
Libro: Tiene que ver con la furia Autores: Andrea Stefanoni y Luis Mey Editorial: Emecé Soporte: Físico Resumen: insight de dos libreros del ateneo, compañeros. Cotidianeidades, problemas de todos los días, amorosos, existenciales, you name it todo con la ingrata compañía de los eternos viajes al laburo.
Lo compré en un momento del 2014 cuando estaba muy enojada con la vida y el título me pareció adecuado para acompañar esa época. Me estaba tocando vivir la vida del prole pobre que siempre supe esquivar: viajar mucho para ir a trabajar, laburo nuevo donde no estaba totalmente asentada, recién empezaba a convivir con alguien en los términos que yo no quería. Lo peor de todo que el 90% de las cosas las podía cambiar pero no las hacía. Mucho malestar e incomodidad que devenían en mi furia personal. Lo compré en el ateneo también. Dato de color: Tiempo después de empezar a leerlo y googlear a sus autores me di cuenta que uno de ellos a los 15 años me tiró los galgos cuando laburaba también en el Ateneo. Al toque de empezar a leerlo, me agregó a facebook tras darle like a la página del libro. Debo seguir entrando en su target (?).
Se alternan capítulos desde el punto de vista de ella y de él. Los dos escriben muy bien, son prolijos, nada para criticar sobre eso.
Me pareció mucho más rica la historia de ella que de él. Porque la de ella era un poco más original y menos ególatra, la historia sumaba todo el tiempo. La de él tenía mucho punto muerto, mandarse la parte y cosas al pedo. PERO en su totalidad iban bien, entonces no estaba tan mal.
Se lee rápido.
Transcripción del capítulo 16 que me pareció impecable en su totalidad:
“Son las ocho de la mañana. Segundos después de sentir el sudor del incipiente verano -desvanecido por el falso invierno del vagón del tren- subieron dos mujeres embarazadas. Una de ellas tenía un vestido elegante. El tren no es solo para pobres. En el que viajo hay de todo, también los que toman el tren para no tener que sacar el auto o para mezclarse con los desamparados y recordar cuánto les gusta ser ricos al precio que sea. La señora de vestido lindo -y limpita ella y con toda la dentadura y hasta atractiva a pesar de de semejante panza- se acercó al grupo de cuatro asientos entre los cuales yo estaba sentada. El hombre de mi derecha se paró al instante, y desde arriba se quedó mirándole el escote. Lo vi. Ella se sentada recta, con la mano en la panza, una María Magdalena, una protectora de la raza, un ángel, como sin pasado. Sin venas abiertas de ninguna América. Como is nadie la hubiera odiado por engaños, como si nunca hubiera llegado a las ocho de la mañana a su casa después de una noche de excesos, porque la vida del rico es aburrida, y el carácter se forja en las estupideces y las fiestas límite. Esos tipos que viajaban al trabajo la conocían, la juzgaban y la perdonaban. Era blanca y olía bien. Eso bastaba para amarla. La señora joven, hermosa y embarazadísima: en mis ojos. La chica linda había obtenido la caballerosidad de un hombre a cambio de mostrarle un poco el escote. Al mismo tiempo, la otra embarazada, no tan embarazada, no tan hinchada, quizás en su sexta luna pero claramente embarazada permanecía parada frente a un grupo de cuatro asientos, un poco más adelante del mío. Ella era pobre, tenía la ropa vieja y olía mal. Pero la mirada tenía ese dejo de tristeza de los pobres que por pobres no quieren molestar a nadie. Iba a dejarle mi asiento, pero preferí observar el desarrollo. Le segunda embarazada seguía parada. La odiaban porque hay que odiar algo y tomar partido por otra cosa. La gente empezó a mirar para otro lado, como si ella y su pobreza y su bebé no existieran. Yo, mientras tanto rezaba porque el niño le saliera asesino. Puede ver a otra señora, de unos cincuenta años y una horripilante permanente de peluquería, clavándonle los ojos a la embarazada, mirarla de costado con miedo y asco y de repente hacerse la dormida, toser un poco quizás para que pensaran que estaba enferma y, después, seguir con los ojos cerrados. Un tipo del mismo grupo de cuatro sacó un diario de su maletín. Lo abrió, gigante: yo no vi nada. Yo leía el diario. Levántese otro. En eso, la chica pobre y embarazada - situación solo comparable con correr los cien metros planos de rodillas- se descompensó. Empezó a caerse, pero sin teatro, como sí lo haría la otra, campeona olímpica de situaciones indeseables. Parecía deseosa por pasar inadvertida, y la respeté más por eso. Sentí que no quería mostrarse demacrada ante unos cuantos, que sólo por eso se esforzaba. Llegamos a la siguiente estación y un par de hombres la sacaron con cuidado y se quedaron con ella hasta que los guardas de la empresa acudieron desganados. Un par de hombres que actuaban equivocadamente solidarios, que nunca levantaron la voz para ofrecerle el asiento de los ciegos, sordos y mudos de todos los días. Continuamos viaje y todos los que habían sacado su libro, su apunte universitario, su celular, sus anteojos negros y demás volvieron a guardarlos. Los dormidos se despertaron. Los obnubilados se avisparon. Ya no había nada que acosara su tranquilidad. Ya no había por qué leer. Nada que saber. La otra señora embarazada seguía con su sonrisa, contenta de que alguien le observara las tetas. Ella tenía asiento, el tipo que se lo había dado tenía su entretenimiento, y el tren seguía su curso.”