M. Foucault
...jer biti klasifikovan znači istovremeno dovoljno udaljen od sebe...
(M. Foucault)
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M. Foucault
...jer biti klasifikovan znači istovremeno dovoljno udaljen od sebe...
(M. Foucault)
M. Foucault
Lekar duševnog azila je onaj koji može izreći istinu o bolesti, zahvaljujući svom znanju o njoj (možda bolničarskom) i onaj koji može da proizvede bolest (možda ukrštanjem, Mendelovim); to je imalo funkciju da od lekara stvori "gospodara ludila" (u ovom povrtnjaku).
(M. Foucault)
çilekli fuko
’’Tarih boyunca tımarhaneler ve hapishaneler, iktidarların sopası olmuştur.’’
Arqueología /// Historiografía
Los tiempos no se calcaban ya sobre la transmisión académica sino que se expresaban por obsesiones, “supervivencias”, remanencias, reapariciones de las formas. Es decir, por no-saberes, por impensados, por inconscientes del tiempo. (...)
Pero Warburg, como de costumbre, no cesó de poner en movimiento, de desplazar, sus propios modelos teóricos: apenas acaba de verterse el paradigma geológico en el genealógico -o el antropológico- cuando nos volvemos a encontrar ya en el terreno de la psique. Warburg, en efecto, hablará de Leitfossil sobre todo para evocar la supervivencia en tanto que memoria psíquica susceptible de Verköperung, de “corporeización” o de “cristalización” gestual. Para explicar un tiempo estratificado en acción en el presente mismo de los movimientos expresivos. (…)
Los tiempos supervivientes no son tiempos desaparecidos, son tiempos enterrados justo bajo nuestros pasos y que resurgen haciendo tropezar el curso de nuestra historia. En este tropiezo resuena todavía -etimológicamente- el término síntoma.
Georges Didi-Huberman, La imagen superviviente, Historia del Arte y tiempo de los fantasmas según Aby Warburg, Adaba Editores, 2009, Madrid.
¿Cómo comprender estos “objetos” extraños que invaden nuestro mundo? ¿Proceden de la naturaleza o de la cultura? Hasta aquí, las cosas eran simples: para los científicos, la gestión de la naturaleza; para los políticos, la de la sociedad. Pero esta división tradicional del trabajo no puede explicar la proliferación de híbridos. De allí el sentimiento de pavor que generan y que los filósofos contemporáneos no consiguen disipar. ¿Y si hubiéramos tomado el camino errado? De hecho, nuestra sociedad moderna nunca funcionó de acuerdo a la gran división que sustenta su sistema de representación del mundo: la que opone radicalmente la naturaleza a la cultura. En la práctica, los modernos no dejaron de crear objetos híbridos, que proceden tanto de la una como de la otra y que se niegan a pensar. Nunca fuimos verdaderamente modernos. Y es este paradigma fundador el que es preciso cuestionar hoy para comprender nuestro mundo.
Bruno Latour, Nunca Fuimos Modernos, Ensayos de antropología simétrica, Siglo XXI, 1991, Buenos Aires .
Los arqueólogos encuentran de vez en cuando, en sus excavaciones en el desierto del Sahara o en cualquier gruta que, en tiempos, se hallara a orillas del mar, algún fragmento de residuo animal y, según examen y estudio riguroso, llegan a saber que era un trozo de diente de un ser que vivió en el período paleolítico superior, cualquier especie de Homo desconocido.
El fragmento pasa a manos de otros expertos que intentan reconstruir en su integridad el animal, el hombre o el objeto (en otros casos) a base de su relieve estructural, matérico, etc.
Muchas de estas reconstrucciones las vemos en algunos museos de historia natural, particular y lógicamente en las secciones concernientes a la vida en nuestro planeta en épocas remotas de las que sabemos poco o nada. O bien en otras secciones vemos vasos reconstruidos a base de fragmentos hallados en una tumba y, si en tales fragmentos hay algún diseño, se intenta reconstruir no sólo la totalidad del vaso sino la del dibujo en cuestión.
Como todos sabemos, la parte verdadera se deja como se halló, y la parte reconstruida es de un material enteramente distinto para hacer que se vea de modo inequívoco la obra del restaurador.
Traslademos el hecho al campo del arte e intentemos reconstruir con la fantasía, según los datos materiales y estructurales que hallemos, algo que imaginemos desconocido, un cuerpo fantástico e imprevisto del que tengamos, con todo, algún elemento a nuestra disposición.
Haremos una reconstrucción teórica de un objeto imaginario.
Bruno Munari, Reconstrucciones teóricas de objetos imaginarios, Fisuras de la cultura contemporánea: revista de arquitectura de bolsillo, 1999.
Distinción, hecha igualmente por G. Canguilhem, entre las escalas micro y macroscópicas de la historia de las ciencias en las que los acontecimientos y sus consecuencias no se distribuyen de la misma manera: al punto de que un descubrimiento, el establecimiento de un método, la obra de un sabio, y también sus fracasos, no tienen la misma incidencia, ni pueden ser descritos de la misma manera en uno y en otro niveles; no es la misma historia la que se hallará contada, acá y allá. Redistribuciones recurrentes que hacen aparecer varios pasados, varias formas de encadenamiento, varias jerarquías de importancias, varias redes de determinaciones, varias teleologías, para una sola y misma ciencia, a medida que su presente se modifica; de suerte que las descripciones históricas se ordenan necesariamente a la actualidad del saber, se multiplican con sus transformaciones y no cesan a su vez de romper con ellas mismas (…).
M. Foucault, Arqueología del Saber, Siglo XXI, 2006, Madrid.
Debemos, por lo tanto, volver ahora a la relación de la ciencia ficción con la historia futura y revertir la descripción estereotipada de este género: lo que de hecho hay de auténtico en él, como modo narrativo y como forma de conocimiento, no es en absoluto su capacidad para mantener el futuro vivo, ni siquiera en la imaginación. Por el contrario, su vocación más profunda es demostrar y dramatizar una y otra vez nuestar incapacidad para imaginar el futuro, para personificar por adelantado, mediante representaciones en apariencia completas que en una inspección más profunda demuestarn estar estructural y constitutivamente empobrecidas, la atrofia de nuestro tiempo de lo que Marcuse ha llamado la imaginación utópica, la imaginación de la otredad y de la diferencia radical; alcanzar el éxito mediante el fracaso, y servir de vehículos inadvertidos e incluso involuntarios para una meditación que, partiendo hacia lo desconocido, se encuentra irrevocablemente plagada de lo completamente familiar y por lo tanto se ve inesperadamente transformada en una contemplación de nuestros propios límites absolutos.
Fredric Jameson, Arqueologías del Futuro. El deseo llamado utopía y otras aproximaciones de ciencia ficción, Akal, 2009, Madrid.