Madre Coraje, Logrado Teatro de Fusión
Por Claudia de Lorena / Claudia Romero Herrera
En 1939 escribe Brecht Madre Valor y sus Hijos, situándola, no en su aquí y ahora, sino en un allá y entonces de la historia alemana, que si bien espejeaba la inminente Segunda Guerra Mundial, quedó a salvo por el simple hecho del cambio de contexto.
Tres cuartos de siglo después, las directoras Iona Weissberg y Aline de la Cruz llevan a la escena un montaje de esta obra, con un principio parecido: La anécdota del ahora clásico del Siglo XX, sucediendo en México, en los tiempos de Don Porfirio y la Revolución Mexicana. Nuevamente la cercanía con nuestro presente se vuelve intencional y descarada tanto en la adaptación y su lenguaje como en la estética propuesta. A la adaptación de la ficción se le añade un maestro de ceremonias que inserta el drama en un teatro de revista, a la vez porfiriano y brechtiano por su rompimiento franco y humorístico, y que además mantiene el ritmo de la obra vivo e impecable.
En la afortunada adaptación de Juan Alberto Alejos, cada avance en la anécdota encaja con algún hecho de la Revolución. Madre Coraje es a simple vista, una Adelita, y sus hijos son ahora “Oaxaca” (en lugar de “Queso Suizo”), Elifgardo y Catalina. Al atuendo afrancesado de Ivette Poitier (ahora acertadamente Putier) se le escapan unos tacones modernísimos, a los soldados oficiales, gorras granaderas, a la carreta, una puerta de auto de los 1970s, y plásticos y fierros que nos remiten al ambulante de hoy.
A nivel auditivo también se permea la realidad mexicana de los albores de los Siglos XX y XXI. La música de Mario Santos está basada en la de Paul Dessau (compositor del montaje original), pero él la trastoca y traduce en corridos y rancheras, añadiendo rap y ritmos modernos que hacen aún más efectivo el convivio con el espectador de lo que el formato de revista nos otorga per se.
La dirección merece un gran aplauso, pues supo llevar la estética del equipo creativo a un puerto fresco e inteligente, acompañada de la iluminación de Xóchitl González, que aportó profundidad y belleza a cada transición y a cada escena.
Un gran teatro de fusión, sin duda, de estilos, de tiempos y de Méxicos, que se verificó también en el casting. Éste fue encabezado por Alejandra Ley, cabaretera y comediante, logrando una memorable Madre Coraje por su presencia ligera y estudiada voz cantada, Rodrigo Murray, actor de teatro y televisión, bien en sus papeles, y Artúz Chávez, clown, quien nos regala un maestro de ceremonias, personaje en sí mismo, que nos hace recordar la grandeza de sus símiles de Pippin y Cabaret en las versiones dirigidas por Bob Fosse.
Cabe agradecer que este montaje está bien cantado, bien musicalizado, bien orquestado, y bien sonorizado, algo que podría obviarse, pero que no es siempre la realidad de un musical.
Madre Coraje y sus hijos entretiene y lo hace muy bien. Cabría preguntarse si los espectadores alcanzamos a ver las atrocidades de la guerra, o si para coraje póstumo de Brecht, volvimos a empatizar con la protagonista, y dejamos de lado su intención original. Cuestionarse también si vimos que Coraje es a fin de cuentas la Madre Patria matando a sus hijos por la ceguera de creer que alguien puede beneficiarse de la guerra. Si nos dimos cuenta que lo que llevamos a cuestas de manera obstinada, como Ana y su carreta, termina por acabar con nuestra vida. Tal vez no, pero en estos tiempos, en los que el miedo vuelve a asomar la cabeza seguida de un arma que le apunta, la imagen de la hija muda que deja de serlo por tocar el tambor hasta morir, quizá no solamente logró que Zapata nunca fuera asesinado, sino recordarnos con belleza y silencio nuestra responsabilidad de dejar de ser espectadores una vez abandonado el teatro.