Desconfío de las personas magras
no de cadera ni de costilla
hablo de esa flacura del alma
que se enorgullece de no sentir nada
me repugna quien administra una mano
como si fuera un subsidio,
livianos de memoria,
livianos de mundo.
no pesan porque no cargan a nadie.
yo prefiero el exceso,
la desmesura sudada,
la contradicción que muerde y aangra
el alma demasiado flaca
suele quebrarse
cuando la realidad le pide peso.
Hay quienes hacen ayuno de empatía,
que mastican el dolor ajeno
y lo escupen como si fuera un exceso.
las personas magras —no de cuerpo,
sino de mundo
me dan frío.
prefiero a quien se atreve a engordar de preguntas,
a quien no le teme
a la abundancia incómoda
de estar vivo
desconfío de los magros
no de carne,
sino de espíritu.
a esa gente
no la abrazo
la esquivo.
antes que esa pulcritud sin latido
elijo el barro,
la grasa del mundo
la emoción desbordada
aunque huela a fracaso.
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