La malquerida no cede su lugar a cambio de nada. Y ahí la ves, poniendo el ojo donde no cabe la bala.
Y ella lo pone igual. Y se desangra. Y se lastima. Y se desespera por un amor que no tiene vuelto ni retorno. Amores que no van a parir. Que no existen más que de una sola mano y entonces cuando uno quiere a quien no puede, la vida se transforma en una calle a contramano.
Todo cuesta. Todo se complica. Todo se lo chupa el desgano del desamor. El karma de la malquerida. De la no mirada. Del abandono antes de ser tenida. El otro no te quiere y uno se queda igual. Se queda en la sala de espera al llamado de un turno que nunca va a tocar. Calienta una silla pensando que un día el fuego lo va a avivar. Y se queda. Espera. Fiel a un fantasma. Y se ata. Se amputa el alma. Se pone botones en los ojos para no tentarse y mirar para otro lado. Uno se provoca su propio desgarro. Sabe que no hay amor. Lo sabe. Pero antes que tolerar el abismo del silencio se queda con las caricias no dadas. Porque una cosa es no tener dónde tirarse y otra muy distinta es poder tirarse, a pesar de que no haya nada.
Lorena Pronsky
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