Hace muchos años leí un cuento muy cortito […]
El cuento decía que cuando uno ve a un perro que es atropellado por un auto, en ese mismo momento y casi como un reflejo, lo primero que quiere es salir corriendo a rescatar a ese cachorrito indefenso, levantarlo del asfalto y encontrar desesperadamente la forma de curarle las heridas. Realmente duele en el alma ver a alguien gritar de dolor. Y casi como un acto inevitable, se lo ayuda. Sin embargo, y tal como aparece relatado en el cuento, lo más probable es que ese perro, desvalido, destrozado y con la mínima fuerza que necesita para renguear, nos muerda.
Entonces uno se enoja. No puede entender la ingratitud del animal. Se reprocha a sí mismo haber tenido buenas intenciones. Se pregunta indignado para qué se metió donde nadie lo llamó.
Nadie entiende que ese perro mordió porque estaba he-rido. Y como todo herido, está asustado.
Muchas veces yo también soy ese cachorrito que pega el salto cuando intuye que alguien quiere tocarlo donde lo golpearon. Es un mecanismo de defensa.
Pero, otras tantas, fui esa entrometida bienintencionada queriendo levantar un dolor ajeno sin que nadie me haya pedido ese favor. Y entonces también sé lo que se siente cuando te muer-den.
Acá tengo las manos llenas de dientes clavados. Y duelen. Claro que duelen. Sin embargo, y todavía con la mano lastimada, pude entender algo importante. No se le puede pedir a ese cachorro conciencia de lo que está haciendo. No se le puede exigir que sienta arrepentimiento, culpa y pida perdón. No se le puede pedir a alguien que está herido que valore nuestro gesto de amor. Nada. Absolutamente nada se le puede pedir a alguien mientras está con miedo y sangrando. Hay que dejarlo. Dejarlo que supure el tiempo que necesite. Donde necesite. Y como necesite.Asumir que con nuestro amor no alcanza. No le alcanza.
Corriendo el riesgo narcisista de que prefiera lamerse las heridas en otro lado. En otro cuerpo. En otro amor. O, lo que es peor, que con plena conciencia decida quedarse como está. No pretender sentirse mejor.
Es una situación muy difícil.
Pero cuando uno percibe cuál de los dos es el adulto de la relación, tiene que tomar coraje y plantarle la cara a esa decisión.
Los cachorros heridos no toman decisiones. No pueden. Es el otro el que tiene que agarrar el bolso y decir adiós.
Y eso es lo que hice recién.
Hace un rato. Un par de horas. Todas las que llevo sin dormir.
Jugué la última carta que tenía: decirte adiós.
Una despedida dolorosa y dramática como una novela repetida y previsible de las dos de la tarde. Pero con la certeza absoluta de que correrme sea quizá la forma que vos tengas de encontrarte.
Ojalá despiertes, mi amor.
Porque ese escalón en tu vida será también el recuerdo de un gran aprendizaje en la mía.
Dejarte para que vos puedas crecer.
Dejarte para que yo pueda seguir mi camino.