One Shot | Rubelangel | Love never felt so good
He de confesar que no sé muy bien el sentido de todo esto, estaba viendo una noticia del disco póstumo de Michael Jackson, XSCAPE, y la primera canción lleva como titulo "Love Never Felt so Good" o al español "El amor jamás se sintió tan bien", no tiene nada que ver con la canción, solo quise usar la frase. Espero sea de su agrado =D bye~~
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La alarma sonaba y un perezoso Rubius, ahora llamado por todos, menos sus amigos, señor Rubén, y es que ya rondaba los 38 años nuestro querido youtuber, su vida privada había pasado a primer plano cuando llego a los 30 años, fue cuando poco a poco fue dejando paulatinamente su vida en YouTube.
Quien una vez fue el YouTuber con más suscriptores de España, ahora vivía retirado en una pequeña casa en el campo, donde era muy feliz junto a sus dos hijas, Angélica y Katherine, y su amado esposo, qué era nada más y nada menos que Mangel. Hacía ya mucho tiempo que se habían casado y adoptado dos hermosas niñas para alegrar su vida. Ambos padres cariñosos, pero ejemplares, había decidido alejarse un poco de la ciudad para sacar a sus hijas de ese caos y desorden que dominaba en la abarrotada y moderna Madrid.
El tiempo ahí donde estaban pasaba lento pero tranquilo, sin llegar a ser molesto o tormentoso sin encontrar nada que hacer, porque para hacer tenían bastante, escapar de la vida de la ciudad no significaba que dejaban los hábitos de allá, como buenos padres tenían una buena consola, encontrando horas de diversión junto a sus hijas, o entre ellos dos. Además de eso, salir a caminar por los alrededores era algo que no podía perderse, bellos atardeceres se miraban desde su acogedora casa. Así pasaban los días, entre risas, videojuegos y paseos.
La alarma seguía sonando y Rubius estaba decidido a ignorarla por completo, era sábado y no quería salir de la cama, una larga noche le había tocado pasar y quería un merecido descanso. Pero aquel molesto sonido no dejaba de hacerse presente y a final de cuentas le tocaba levantarse y apagar la alarma.
—Joder Mangel, cuando quieres te haces el muerto—dijo quejoso mientras buscaba el botón para callar el fastidioso reloj que no dejaba de pitar de forma desquiciada, al no encontrar el botón de apagado y estar un poco cabreado por ser despertado un sábado a las 7 de la mañana, no hayo mejor solución que lanzar el reloj contra la pared, le tocaría comprar otro, si, pero con tal callar ese molesto sonido.
Luego de hacer eso, notó que la cama que compartía con su esposo estaba vacía, a excepción de él que aun seguía en ella. Se levanto pesadamente de la cama y se dirigió a la cocina, la cual estaba también desértica, se detuvo un momento a escuchar si había alguien en casa, y efectivamente como pensaba, no había nadie. ¿A dónde había ido Mangel? Se pregunto confundido, y es que aquel chico andaluz del que estaba enamorado desde hace años jamás salía sin antes avisar, dejar una nota, mandar un mensaje, porque no había ninguna de esas cosas, y aún era muy temprano como para salir a la calle, menos un sábado.
De regreso a su habitación, reviso la habitación de sus dos hijas y como pensaba estaban vacías, las camas arregladas y todo recogido, seguía pareciéndole extraño que no hubiera nadie en casa, ni una señal de donde habrían ido. Una vez en su habitación tomó su móvil y le mando un mensaje a Mangel preguntando donde se encontraba, dejo el teléfono donde estaba y se cambio de ropa, su familia no estaba y no planeaba estar todo el día en pijama esperando que aparecieran por la puerta. Unos vaqueros, camisa de leñador roja y unas botas color marrón fueron el atuendo escogido. Volvió a tomar su móvil esperando que haya tenido respuesta pero no fue así.
Regreso a la cocina y abrió el refrigerador dispuesto a comer algo antes de salir a ver donde rayos se había metido el tonto de su esposo y sus hijas, cuando lo abrió encontró una banana junto con una nota.
Aquí tienes un buen desayuno papi, algo escaso pero te puede dar energías. Piensa en un lugar donde todo puedes tocar, pero si te lo llevas tienes que pagar. Busca la banana brillante – Angélica.
Aquella nota estaba escrita con una caligrafía de una niña de cinco años, algo torcida pero tiraba a ser elegante, tomo la banana y comenzó a comerla pensando en el acertijo que dejaba la nota.
—Un lugar donde todo puedes tocar, pero si te lo llevas lo tienes que pagar—repitió en voz baja tocándose el mentón con los dedos, la respuesta para él era obvia, una tienda. Pero habían muchas cerca de donde vivían, volvió a leer la nota y observo con detalle lo que estaba escrito.
—Busca la banana brillante—dijo en voz alta, ¿en cuántos lugares puede haber una banana que brille? No lo sabía pero si tenía que ver con comprar y bananas tal vez se trataba del mercado cercano a su hogar.
Tomo las llaves de su coche y salió por la puerta, cerrando está detrás suyo. Puso el coche en marcha y fue hasta el mercado, quedaba a 10 minutos de su casa, por lo cual no tardo demasiado. Al llegar bajo con aprisa y fue hasta la sección de frutas, este mes había una oferta en bananas y tenían un cartel de neón amarillo encima de ellas indicando su posición, rápidamente las piezas encajaban en su lugar.
Se acerco hasta el cartel de neón y miro con detenimiento cada centímetro del lugar, notó que había un grupo de bananas en diferente orden a las demás, al ser tan temprano nadie lo había notado, tomo el grupo de frutas y lo levanto. Otra nota se hallaba debajo de ellas.
Veo que no tardaste en deducir donde tenías que ir, eres muy listo papá, pero ahora las cosas se pondrán difíciles. Encuéntrame en un lugar que en verano es rápido, pero en invierno se detiene, allí conseguirás tu próxima pista, piensa rápido. El juego termina a las 6 de la tarde – Katherine.
Esta nota era escrita por su hija de 8 años, al parecer se habían tomado el tiempo de armar una especie de juego para pasar el tiempo, si su cerebro no se hacía el troll, su próxima pista sería de Mangel.
Pero ahora le tocaba echar cabeza para resolver el acertijo, era algo complicado, muchas cosas van rápido en verano, pero algo que se detenga en invierno, no era fácil de pensar, salió del mercado con las bananas en la mano, las pago y volvió al coche donde comió una y volvió a pensar la posible solución.
Dedujo que si era un plan de sus hijas y Mangel, los lugares tenían que ser espacios donde ellos habían estado con anterioridad, en verano y en invierno, pero recordar tantos lugares era casi imposible y le tomaría demasiado tiempo, terminaría perdiendo el juego. Y no tenía muchas ganas de perder.
Ya había devorado 3 o 4 bananas pensando en la nota, había descartado muchos sitios pero finalmente había dado con la posible solución. Encendió el coche y tomo rumbo a las afueras del no tan pequeño pueblo donde ahora vivían. Un río en rápido en verano, pero en invierno se congela, por lo cual está detenido. Había un pequeño río a las afueras del pueblo, habían estado ahí en repetidas ocasiones para hacer días de campo en invierno y para jugar con la nieve en invierno.
No le tomo mucho tiempo llegar a aquel río. Estábamos en pleno verano así que el río fluía con tranquilidad, se precipito a buscar indicios de su hija mayor en los alrededores, ya estaban dando las 12 del mediodía y quien sabe cuántas notas más ahí por ahí, quizás hasta lo están viendo en estos momentos, el no lo sabe y tu tampoco lo sabrás.
Había caminado por diez minutos río arriba hasta que en una roca diviso una muñeca de tela, era de Katherine, la tomo en sus manos y observo que debajo de ella había otra nota.
Te habrás tardado en llegar aquí gilipollas, pero ahora te vas a tardar más. Si te preguntas cuantas notas quedan te diré que son dos más, la siguiente y la final. Es un juego corto pero vale la pena. Ahora, si me quieres hallar, tendrás que viajar, de donde se ve la inmensidad, sonando esta o no esta. Anda que tú lo lograras – con amor y mucho cariño, Mangel.
Cada vez todo se ponía más confuso, se la habían currado con esto y él lo sabía.
—Se ve la inmensidad, sonando esta o no esta—por las primeras palabras se podía deducir que era un lugar alto, pero ¿ese lugar suena? Parece más bien algo descabellado, pero fácil de resolver. Había pocos lugares altos cercas, la mayoría eran edificios residenciales, pero había uno que destacaba.
Un viejo campanario que se alzaba al otro extremo del pueblo, era alto cual torre de vigía, y cuando el viento soplaba sonaban las campanas, no había más vuelta de hoja, ya sabía dónde tenía que ir.
Volvió al coche y cuando estuvo en el, vio que ya eran casi las tres de la tarde, estaba perdiendo mucho tiempo, tardaba demasiado en pensar a donde ir y eso le costaba el ganar o no este juego que lo tenía yendo para acá y para allá, pero era encantador saber que sus hijas estaban divirtiéndose con todo esto, sabiendo que su padre anda dando vueltas por todas partes como un loco.
Se puso en marcha lo más rápido que la ley lo permitía, la idea no era terminar con una multa por exceso de velocidad o peor, en la cárcel. Atravesando el pueblo y el mar de gente que se conglomeraba a esas horas de la tarde para ir a las tiendas, este pueblo que una vez fue tranquilo se volvía una copia de Madrid y eso mosqueaba a Rubius, que precisamente se había ido por eso mismo.
Eran las 4 de la tarde cuando entro al camino que llevaba al campanario, rodeado de arboles, un viñedo se hallaba detrás, estaba abierto al público durante el día para visitarlo. Estaciono en el camino de grava y se dirigió al campanario, subiendo las escaleras de dos en dos llego hasta arriba y desde ahí se veían los verdes paisajes del pueblo donde vivían, pero no estaba aquí para ver los paisajes.
Busco otra vez indicios de la actividad de su familia y pronto encontró un dibujo que parecía ser de Angélica. Era su casa con una banana en ella, algo raro. Mangel, Katherine, Angélica y él. El dibujo adjuntaba la siguiente frase:
Mi linda familia, pero el más lindo es mi papi Rubén, no le digas a papi Mangel que dije eso, también lo quiero. Por cierto, esta es la pista. ¡Date prisa! – Angélica.
Una que otra lagrima había venido a salir por los ojos de Rubius al ver las tiernas palabras de su pequeña niña, aunque la pista era inconclusa y algo indescifrable. Tenía que apresurarse a menos que quiera ganar.
Observo el dibujo muchas veces, detallando cada cosa, no había mucho en él, la casa donde vivían, y cada miembro de la familia, nada más, solo eso. Bajo del campanario y siguió mirando el dibujo mientras bajaba. No hallaba respuesta a su interrogante ¿A dónde ir? Cuando subió al coche miro las bananas que estaban en el asiento del copiloto, y recordó la banana que estaba en el refrigerador esta mañana, velozmente entendió el dibujo.
Se puso en marcha en dirección a su casa, sus hijas eran listas, pero nunca pensó que tanto. Ya eran pasadas las cuatro, llegar hasta casa le tomaría 45 minutos si no había tráfico… y basto abrir la boca para que un embotellamiento apareciera.
Llevaba 15 minutos detenido en algo que parecía ser eterno, ya eran las 5 en punto, si no salía rápidamente de esto jamás llegaría a tiempo para la hora límite. Otros 15 minutos pasaron y por fin empezó a avanzar, y no perdió tiempo con nada, fue directo por la vía que lo llevaba a casa, todos los semáforos que pasaba se ponían en verde mágicamente, parecía que conspiraban para que él ganara.
Eran las seis menos diez cuando aparcó el coche en la entrada de su hogar, corrió hasta la puerta y al abrirla encontró a sus hijas y su amado gritándole sorpresa, estaba sorprendido, no sabía siquiera que era lo que estaban celebrando.
Mangel se dio cuenta que su querido Rubius estaba flipando por no entender, y es que hoy precisamente es su aniversario. Mangel sabía que se le olvidaría y planeo todo esto para distraerlo mientras organizaba una fiesta privada de familia para celebrarlo.
—A que se te olvido, admítelo—le reclamo Mangel
— ¿Olvidar qué? ¿Me falto algo por hacer? ¿No gané? —preguntaba Rubius aun sin entender nada.
—Es nuestro aniversario tonto—contesto Mangel mientras se acercaba a él para plasmarle un suave beso en los labios, algo muy tierno y romántico, siempre lleno de amor.
Vio a sus dos hijas mirarlos con cara de emoción, ellas amaban a sus dos tontos papás, y ellos las amaban a ellas, definitivamente eran las únicas mujeres en su vida.
—El amor nunca se sintió tan bien—dijo Rubius mientras agarraba la mano de Mangel y la de sus pequeñas hijas para finalmente darse un abrazo.