No fue amor, ¿verdad?
(Fragmentos de una historia que estoy escribiendo)
Cuando me sentía desorientada buscaba en sus lunares mi liberación. Aquello estaba bien, me recordaba a cuando estás plácidamente tumbada al sol en la hierba y no te molestan las hormigas, a levantarse desnuda un frío día de invierno y que de pronto sea verano y que, contra todo pronóstico florezcas sin luz ni agua y me dejes devastar tu cama y tu ropa, desafiar la gravedad y el sentido común sin dejar de acariciar nuestros movimientos. Aprovecharnos, bebernos enteros para el día que no volvamos a besarnos. Puta aquella idea de tener tus labios surcando mi cuerpo, las ganas incesantes de arrancar sin piedad cada una de tus prendas y que tu pecho explote al contacto con mi boca.
Que no puedas evitar esa sonrisa tonta cuando nos encontramos por ahí y la manera en que entrecierras los ojos cuando eso ocurre, pensando en matar mis dudas a base de polvos. Yo sé que te echo unas miradas que asesinan y que a veces parece que te desprecio, cuando lo cierto es que me muero por acercarme a ti.
Escribirte en el tren e incluso por la calle; amarte en silencio, no vaya a ser que me descubras y tengamos un problema. ¿Amor? Eso es mucho lío, ¿o no? Amor. Ninfomanía. Obsesión. Pero amor... Espero que no se me escape señal alguna que muestre que necesito más y más mimos, que tiene que parecer que no tengo sentimientos. ¡Qué difícil! Si eres tú quien más me hace temblar y no precisamente de frío y pones mi mundo, y a veces a mí, patas arriba. Y está bien, pero mi mente quisiera algo más cada vez que te veo en línea o cuando me duermo con el teléfono en sonido por si algún mensaje despistado tuyo aparece; pocas veces ocurre.
Sigilo. Suspiros. Madrugadas con dolor de cabeza que saben muy dulces. Casi podía imaginar el gusto de nuestros labios juntándose. Casi pero no. Y ese olor a sangre, joder. Olvidar que alguna vez existió el otoño y simplemente abrir las ventanas al buen tiempo, las noches solitarias en la cama con ese dolor de espalda de escribir párrafos en tinta que no pensaba hacerte llegar. Cenit. Polos opuestos que jamás podrán juntarse porque así debe ser.
Me dedicaste un “ya hablaremos” de esos que duelen, que suenan a despedida, amargos. Pero yo sabía que incluso si no me volvías a hablar, había algo que nos unía. A la vez me daba mucha rabia pensar esto, jamás he creído ni pienso creer en el destino ni en nada parecido.
Y es que nuestra conexión servía más para alejarnos que para otra cosa.

















