... Jesús mismo es el juez. Él dirige a la gente a la vida eterna o al castigo eterno. Las naciones reunidas delante de él no toman esa decisión. No hay nada que puedan decir o hacer para que él cambie de opinión. Lo único que importará en ese último día será lo que Jesús diga en cuanto a si eres uno de los suyos. Cuando te presentes ante Jesús —tu juez— de nada servirá cualquier evidencia que presentes. Podrás señalar todas las veces que repetiste “la oración del pecador”, o la ocasión en la que pasaste adelante, o tu bautismo, o la otra vez que fuiste bautizado en caso de que la primera vez no hubiera valido, o los campamentos juveniles a los que fuiste, o los viajes misioneros en los que participaste. Si en ese momento final Jesús no te mira y te dice: “Eres una de mis ovejas” o “Me perteneces”, nada de lo otro importará. No podrás discutir el veredicto con el Juez.
Fragmento del libro “¿Soy realmente Cristiano? de Mike McKinley









