Suiza
Y sí, que ganas de irme a Suiza. De pedir el último suspiro. De pedir la última cosa. De hablar. De escuchar. De sentir. De pensar. Que ganas de ir a Suiza, de enamorarme aún más de la idea loca y a la vez cuerda de dejar de darle vueltas a las cosas. Jamás me había interesado tanto algo como eso. Si lo llego a imaginar me da tranquilidad. Ya no más frustraciones, ya no más pensamientos culpables, pensamientos que no llevan a ninguna parte. Se acaban, se consumen, se reducen. Ya no más culpa ni temor por no encajar. Ya no más dolor, soledad, incomprensión. Que ganas de olvidarme de todo y tomar el primer avión hacia allí.
Pero entonces... el recuerdo de la risa de mi hermano me sujeta con fuerza. El recuerdo de las locuras de mi hermana se arrodillan suplicando que me quede. Las tantas de anécdotas de mi hermana me ponen en disputa. Me quedaría por personas que fácilmente puedo contarlas con las manos. Y entonces, con todo eso, ya no me quiero ir.
Solo quiero dejar de pensar. No sé como hace la gente para seguir. No sé como hace la gente para existir. No sé como hace la gente para llegar a sus 20 o 30 y motivarse. Si al fin y al cabo todos terminamos iguales. Entonces, ¿por qué yo no me siento así?
Ayúdenme a olvidar, a no sentir culpa por tener este tipo de pensamientos. A no sentirme mal por cosas que hacen otros. Ayúdenme a conversar más con papá y mamá, así ellos no quieran.
Quiero salir de este agujero, de este oscuro y profundo agujero. No sentir dolor. No sentir nada.









