“El día que cruzaste mi camino, tuve el presentimiento de algo fatal…”
One shot, basado en la ilustración de @the-musical-cc
Escrito por Xareni Moreno
- ¿Herneval? – llama Frankelda en voz baja, sin apartar su vista de la libreta en la que escribe.
- ¿Humm? - Responde una voz, a un par de metros sobre ella; Recostado sobre una rama del árbol, con sus alas balanceándose suavemente, el príncipe de los sustos dormita.
- Si me espiabas desde que éramos niños, ¿Por qué tardaste tanto en hablarme? – Continúa la escritora dejando la pluma a un lado y soplando amablemente sobre el papel, la tinta azul en la libreta comienza a secarse y, ella puede escucharle despertar con un resoplido.
Frankelda levanta el rostro con una sonrisa burlona, notando como, tras perder levemente el equilibrio, Herneval, logra estabilizarse con la ayuda de sus alas; sus extremidades se extienden, maravillando a la joven, con el color escarlata de sus plumas.
- ¿Y esa repentina curiosidad? - pregunta el príncipe mirándola desde arriba con el ceño ligeramente fruncido; Frankelda se encoge de hombros con fingida inocencia y los ojos dorados de Herneval brillan divertidos.
Tras pocos días de su llegada al reino, ambos jóvenes comparten cierta complicidad que, la mayoría de los sustos, no logran comprender; es un hecho recurrente, encontrarlos pasando el tiempo dentro de la sala del trono, como si fuera su habitación de juegos y no, el valioso lugar que debe representar.
-Mmmmmm. - piensa Herneval, acomodando sus piernas al borde de la rama, llevándose una mano hacía la barbilla. – Prácticamente, si lo recuerdas, si te hablé.
-Sí, y luego me hiciste creer que todo había sido un sueño. – Dice la joven sin sorprenderse por su respuesta y poniendo los ojos en blanco; gesto que provoca una sonrisa en el susto.
-Pero eso no cambia que SI te hablé. - ríe Herneval, balanceando las piernas y provocando que el árbol se mueva ligeramente, Frankelda suelta un bufido irritado.
La escritora desliza suavemente sus dedos sobre la hoja de papel y la yema de su pulgar se mancha ligeramente de tinta; con un sobresalto, aleja su mano en un intento de no ensuciar su reciente escrito con la pintura fresca.
Una ráfaga de aire la rodea, levantando la mirada se encuentra a Herneval, de pie, a pocos metros de distancia; varias plumas escarlatas se han soltado de sus alas por la fuerza del aterrizaje y, retenidas en el aire, por una falsa sensación de tiempo congelado, provocan en la escritora un estremecimiento similar al déjavu.
Sin borrar la sonrisa presumida de su rostro, el príncipe se acerca hacía ella y, tras sacar un pañuelo blanco del interior de su chaleco, toma la mano de la joven para limpiar amablemente la tinta en sus dedos; ambos, dentro de una bizarra tranquilidad, permanecen callados mientras lo hace. Sin embargo, Frankelda es incapaz de ignorar la evasiva respuesta del susto.
-Una parte de mí, siempre estuvo esperando que te acercaras. - Susurra la joven con tono desinteresado, llamando la atención del príncipe quien se detiene en sus suaves cuidados y levanta, confundido, su mirada hacía ella.
- ¿Cómo…? - Comienza a preguntar Herneval y Frankelda es quien, ahora, le lanza una sonrisa presumida.
- ¿Realmente creíste que no lo sabía? – Exclama la escritora, sinceramente sorprendida; el avergonzado rostro del susto, confirma su respuesta – No eres el susto más discreto, sobre todo cuando éramos niños. –
- No puedo hacer mucho para ocultar mi gallarda apariencia. - Con un floreo, Herneval guarda su pañuelo bajo el chaleco rojo y se encoge de hombros en un intento de recobrar su imagen despreocupada; la escritora levanta una ceja, divertida por su actitud.
- Eres bastante guapo. – Acepta Frankelda, interrumpiendo cualquier otra palabra que el susto intente agregar y una sonrisa satisfecha se le escapa ante la visible perplejidad de Herneval.
- Al principio, creí que soñaba despierta. - Susurra la escritora, cerrando la libreta y colocándola sobre su regazo; puede sentir la penetrante mirada del príncipe sobre ella. – Es decir, no es algo raro en mí; era la principal razón de todos los regaños de mi abuela.
Herneval se sienta suavemente en la raíz frente a ella, cruzando los brazos contra su pecho y escuchándola atentamente; la luz al interior del árbol semi muerto, alumbra tenuemente la sala del trono haciendo que el cabello azul de Frankelda brille fantasmagóricamente, en una visión que le corta el aliento.
-Pero, en Navidad, ¿Fuiste tú, no es así? - La mirada agradecida que le lanza la joven, es devuelta con amabilidad y un encogimiento de hombros. - Después de eso, en ocasiones, fui consciente de tu presencia y esperé que te acercaras, pero como seguías siendo una sombra tras de mí, me rendí en creer que realmente estabas.
- Pero si estaba, Francisca. - Responde con una sonrisa Herneval, volviendo su cuerpo hacía ella; mirándolo, Frankelda abraza firmemente la libreta de cuero contra su pecho. – Desde pequeños, estaba contigo.
- ¿Por qué? - Pregunta suavemente la escritora, perdiéndose en los dorados ojos de su interlocutor. - ¿Por qué yo?
Con el ambiente a su alrededor, repentinamente, pesado, ambos se observan intensamente. Frankelda no había planeado que la conversación se volviera tan profunda pero ahora, que el latido de su corazón la ensordece, no puede evitar sentir cierta impaciencia por el silencio del susto.
-Eso es, porque…- Comienza Herneval, con las alas ligeramente desplegadas por su agitada respiración. - … porque yo …
Una repentina angustia inunda el rostro del príncipe antes de desviar su mirada, provocando que la intimidad previamente formada, reviente como una burbuja.
Frankelda lo sabe, lo siente en lo profundo de su corazón: Herneval le oculta algo y, a pesar del obvio aprecio que le muestra, los secretos pesan sobre ambos de un modo doloroso.
Aun así, la escritora desea continuar por el espinoso camino que el susto le ha mostrado; por el bien de su sueño y su orgullo.
-Escribí una nueva historia. - Dice Frankelda con un timbre tan despreocupado que lastima. El mundo humano no tiene nada para ofrecerle y la escritora se niega a mirar atrás. - ¿Te gustaría leerla?
Herneval la observa de reojo, antes de asentir con la cabeza y sonreír tristemente; en un gesto extravagante extiende su mano y Frankelda le ofrece la libreta.
Mientras el príncipe de los sustos lee, ávidamente, la nueva pesadilla; Frankelda cierra los ojos disfrutando el profundo silencio entre ellos. Los secretos pueden esperar, piensan; No vale la pena perturbar su cercanía aún.
Permanecen ahí por un tiempo indefinido, ignorantes de la arácnida criatura que los observa, desde las sombras, con una sonrisa casi cruel.