Hoy no soy yo. No soy ni siquiera mi nombre. No soy ni la mente, ni el cuerpo, ni el alma. No soy mis sueños, no soy la luz ni la sombra. No soy vida, ni soy muerte. No soy angel... ¿Demonio? Tampoco. Estoy lejos de ser. Hoy solo existo, hoy sobrevivo, hoy respiro por respirar. Porque las memorias, porque los recuerdos, porque el viento, el día, la noche, el ocaso, el ruido y el silencio... ¡Todo en absoluto te lo has llevado tú! Demente, cruel, insana... Mujer de alma helada, impura, desconsiderada. ¡Has tomado mi vida, la miel de mi esencia, la fe que te tenía... Para mancillarlas y arrojarlas como si fueran inmundicia! ¡Oh mi Dios, esto es tan doloroso, injusto y humillante! ¡Esa mujer se ha burlado de mí como si yo fuese el criminal! Se fugó con mi ternura, con mi compasión, con mi serenidad. Desapareció dejándome hundido en esta asfixiante confusión... Y hoy no puedo desearle ningún bien, hoy no puedo perdonar la forma en cómo me mató. No puedo porque, ella robó hasta la consciencia dónde me habitaba dios. Y así, así sin ser nada... No puedo más que borrarme yo para borrarla a ella. Olvidarme a mí mismo para olvidarla a ella. Arrancarme el corazón dónde —aunque ya se ha ido— aún vive ella.
—Leukiel.

















