Reza una media verdad que cito de memoria, que la literatura infantil no es sólo un conjunto de libros ya que también incluye otros procesos como: la escritura, ilustración, edición, comercialización, distribución, lectura e interpretación, enseñanza, etc. Una serie de prácticas que configuran un sistema que no funciona en forma aislada sino en relación dinámica con los otros sistemas sociales y sobre todo, con los vinculados a la industrial cultural. No estoy muy seguro de todas las variables que se calculan en la industria cultural, pero si entiendo que todas regresan a ella para nutrirla o engordarla. Considero que hay demasiados elementos particulares que entran en juego y se activan cuando lees un libro. Entender, producir y disfrutar la literatura infantil implica tanto el poder del texto para evocar o hablarle a un espíritu y sensibilidad infantil como el ánimo de dejarse llevar por esa evocación. Tratar de sentirse niño es divertido y me refiero a hacerlo en todos los sentidos posibles incluyendo el ansia de aprender y la eliminación de los juicios a priori. Hacerlo no es cosa fácil, y es mejor tener un Guía o cómplice, que te vincule con sus hallazgos y sus consecuencias, sin poses, y dispuesto al intercambio de roles sin mucho conflicto. Tengo una Guía temeraria de 6 años, que quiere devorarse al mundo y con la que hace un tiempo, venimos descubriendo algunos libros que justifican este espacio. Tengo la intención de comentarles algunas percepciones sobre aquellos que tocaron nuestros límites estéticos y emocionales, mejoraron y ampliaron nuestra sistema de comunicación, y nos hicieron sentir más cerca del resto de la humanidad, pero alejados del amaneramiento del espíritu. Comenzaré por un libro que se rebela y se revela ¡Más te vale, Mastodonte!, al que llevas en el bolso como llevarías a un gran y delicado animal. Confieso que cuando lo abrí por primera vez sentí cierta molestia con que se abra hacia el frente, como un block de dibujo con el lomo bisagra del lado más largo. Es a la segunda o tercera lectura que esto me parece genial, que nuestro libro Mastodonte se rebele a caer manso y acunarse en nuestras piernas y que su actitud aunque molesta no deja de ser entrañable. La historia se lee en dos formatos que parecen un solo lenguaje: el texto de Micaela Chirift y el collage de Issa Watanabe. Me pregunto y también creo, que en esa complicidad creativa, ambas jugaron a ser niñas y mientras Issa armaba y probaba las texturas de su collage, Micaela acomodaba la tipografía, el texto, su tamaño y su color. Detalles que fuimos descubriendo en las múltiples lecturas, y fueron generando una mayor intimidad con los personajes. La anécdota es simple pero fantástica: un niño tiene un Mastodonte en su casa y tiene que domesticarlo para que haga ciertas tareas. El Mastodonte se niega a hacer las tareas y a cumplir las órdenes del niño, hasta que el pequeño hace gala de su poder y autoridad y grita, en una gran tipografía, la frase que titula el cuento. Entonces el Mastodonte reacciona y ejecuta las cosas que le ordenaron con la torpeza propia de su tamaño y con cierta picardía vengativa, en resumen, destroza la casa. No puedo dejar de percibir el juego de roles y poderes entre niños y padres, manifiesto en la relación del niño y el mastodonte, pero sin protagonismos. De igual forma no escapas a preguntarte por qué tiene un Mastodonte, ¿de dónde lo saco? ¿lo tendrá desde chiquito? ¿Cómo se llama el niño? ¿Dónde están sus padres?, etc. Al final todo eso no importa, aceptas su existencia y hasta los quieres un poco. Todos los conflictos se resuelven y disuelven con las palabras cariñosas del niño y el Mastodonte cubriéndolo con la cortina, dormido luego de un intenso y agotador día de domesticación. Este Álbum ilustrado fue el ganador del último concurso internacional: La otra orilla del viento que convoca todos los años el Fondo de Cultura Económica. Cuentan Issa y Micaela en diferentes entrevistas, que el proceso creativo fue divertido, intenso y largo. Que cada escena fue pensada por Micaela en una especie de guión. Que Issa se considera amiga de las moscas. Que las primeras locaciones del collage eran muy oscuras y hubo que rehacer todo. Que el título y el cuento nacen a partir de una sugerencia de Mario Montalbetti. Que el Mastodonte fue hecho de cortezas de árbol y los escenarios, con fotos de muebles miniaturas montados en un collage digital. Que hay por ahí un dibujito de Janosch y otro de Mae, la pequeña hija de Issa. Que el Mastodonte disfruta de las rosquillas, monta una bicicleta con canasta y usa zapatillas. Y es que después de leer ¡Más te vale, Mastodonte! puedes regresar a él y te seguirá contando y contando,











