- La pregunta no es en realidad por qué estamos aquí. Aun sin el revuelo que hicieron estos culicagados seguramente estaríamos aquí un sábado por la noche. La pregunta es ¿Por qué estamos nosotros dos aquí?
- Esa es fácil. Más fácil que tratar de explicar por qué aunque se burlen de ellos todos están aquí.
- Démela entonces, deme la respuesta porque sé que lo supe hace unas horas, pero ya se me olvidó.
- ¿Ya se le subieron las cervezas a la cabeza? Y yo que temía emborracharme antes que usted.
- No son los tragos, de verdad quiero saber. Respóndame o me voy.
- Es simple. Usted necesitaba alguien que la quisiera esta noche.
- ¿Y ya? ¿Eso es? ¿Yo necesitaba alguien que me quisiera esta noche y por eso estamos aquí?
- No. Usted necesitaba alguien que la quisiera y yo necesitaba cualquier pedazo suyo que pudiera conseguir.
- Eso es muy triste – dijo ella después de una pausa mirando a la carretera – No debería ser así.
- No, no, no me malentienda, no es triste. Al contrario – dijo él animado – Es una buena noche. Porque ganamos los dos.
- Una buena noche – Hizo eco ella antes de levantarse a contestar su celular.
- Una muy buena noche para tener un corazón roto – Siguió bebiendo su cerveza mientras ella caminaba de un lado a otro, hablándole de tú a quién fuera que estuviese al otro lado de la línea.
- Era el tipo del que le hablé – Comentó ella cuando volvió, sin culpa, o disimulándola muy bien – Quiere que salgamos mañana, a ver una película o alguna bobada así, de esas cliché.
- ¿No le gusta ir a cine en una cita?
- Me encanta, a todo el mundo le encanta, por eso es un cliché.
- No se llega hasta allá gustándole sólo a unos pocos ¿No?
- Bueno, parece que ya empezó a tocar la banda – Se levantó y le ofreció su mano para levantarla – Entremos, señorita cliché.
La banda podría haber sido muy buena, pero Helena no lo supo esa noche, quizá la acústica, quizá el tumulto, o quizá la intranquilidad que le producía estar tan tranquila con saber lo mucho que le gustaba a su acompañante y lo imposible que era corresponderlo. Se sacudió de la cabeza ese asunto con otra cerveza y las ansias de que llegara la próxima tarde para volver a ver al leñador de San Cristobal, además, entre ambos no había mentiras y él sabía también que nunca sería uno de los tipos por los que la tenía que calmar de vez en cuando.
- Mujer, voy a salir por un cigarro – Apenas pudo escucharlo entre los gritos y los bafles con demasiado volumen – Ojo con la mesa.
- Sí, sí, lo busco ahora – Algo había que reconocerle, y era lo agradable de su compañía, aun allá afuera. El culicagado había resultado ser un buen amigo.
El culicagado. Tan empeñado en mostrarle que la edad era sólo un número. Pero es difícil pensar en eso cuando con veinticinco años no se ha logrado nada, cuando gente más joven ha probado valer más, cuando el futuro había pasado de asustar por incierto o asustar por predecible. Estaba a un salto de los treinta y apenas empezaba su primer trabajo, hasta ahora consideraba seriamente lo que quería de su vida, empezaba a sentir un ataque de pánico en la garganta cuando un roce bondadosamente tomado como accidental le recordó que hasta ahora pasaba por su primera ruptura seria. En veinticinco años sus mayores logros eran su grupo de rock y el estatus de leyenda urbana que tenía en el pueblo, había sido una niña bonita por mucho tiempo, y con todas las aventuras e historias para contar que eso le había dejado no valía suficiente para quedarse aferrada a una etapa que ya estaba tardando mucho en quemarse. Había pensado en eso antes, esa tarde, cuando el culicagado fue a buscarla con una botella de tequila “Petit, idónea para usted”, había escuchado esas palabras de él, preocupado por el tiempo con seis años menos; se las había repetido muchas veces, pero haberlas escuchado les había dado un significado diferente, una urgencia real. Sintió una oleada de energía que la obligó a ponerse en movimiento, y se abrió paso entre la gente del bar hacia la puerta, tenía que darle las gracias, tenía que decirle que se iba a tomar su vida en serio, tenía que reconocerle que le había dado una epifanía, con suerte lo consolaría por los orgasmos que nunca le daría, con cada paso que daba más afán tenía, pero toda la energía en su cuerpo se agolpó en su rostro cuando lo vio en la puerta.
- Lena – Mucha gente la había llamado así durante toda su vida, pero él con su voz de catacumba aun le desordenaba los latidos – Lena, no te vayas – No te vayas. Lo que le había dicho cuando por fin pudo juntar rabia e indignación para mandarlo a comer mierda.
- Jorge – Ni siquiera se lo dijo a él, sólo lo suspiró, una válvula liberando la presión de verlo tan de cerca, tan de sorpresa – Jorge, hola.
- ¿Te vas ya? – Su tono no era el normal, no era como le hablaba a la gente, no era como le hablaba a sus amigos, era como le hablaba a ella – No te vayas, falta que toquen Fito y Gian.
- No, no me iba, estaba buscando a – había algo que tenía que recordar de él, algo que faltaba en ese encuentro – estoy buscando a un amigo.
- ¿Un amigo? – No le gustaba. Y a ella no le gustaba molestarlo.
- Sí, me acompañó y salió a fumarse un cigarrillo – Estaba feliz de verla, y ella tuvo que contenerse más de lo común para no sonreírle, pero es que no era cualquier tipo que le coqueteaba, era él, y estaba ahí, feliz de verla como cuando se encontraban para ir a cine
- Vale, debe estar por ahí ¿Vas a fumar tú? – Sabía que debía recordar algo, que esa cara le debía recordar algo, pero no lograba dar con ello, así que le recibió un cigarrillo, de sus manos gigantes, delicadas para ella – ¿Quién es?
- No lo conoces, nadie lo conoce, por eso me cae bien – Pensar en el culicagado la puso un paso más cerca de lo que debía recordar, lo sentía en alguna parte de su cabeza, pero todo lo demás estaba ocupado en no abrazar a su ex novio.
- ¿Qué tal está todo adentro? ¿Mucha gente? – Estaban conversando, no diciéndose apodos, no peleando, estaban conversando y ella sentía que no debía pero ¿Por qué?
- Si, bastante, igual el sitio es muy pequeño y…
- Te extraño, Lena – La interrumpió él. La desarmó él con tres palabras, le dolió porque ella también extrañaba su vida antes de sacarlo, y volteó la cara para evitar que él, de todas las personas la viera ahora así, a mitad de la pena, el dolor y la alegría vio otra cara, a unos metros de ahí, con algo extraño en los ojos, algo triste, algo cansado, y una sonrisa desaprobadora en la boca; el culicagado le hizo una seña de despedida con dos dedos y se dio media vuelta para perderse caminando a la vuelta de la esquina con otro tipo.
Entonces lo recordó. Los cachos, las perras, las lágrimas, las mentiras, la ingenuidad.
- Yo sé, yo soy lo mejor – Habían planeado esa respuesta en broma con el culicagado en uno de sus momentos de debilidad mientras le aseguraba que si Jorge aparecía de nuevo no podría resistirlo – Pero me tengo que ir.
Le tiró el cigarrillo a los pies y corrió hasta la esquina, tenía que decirle que no había sido débil, que lo había escuchado, el culicagado tenía que saber que la había ayudado. Cuando llegó a la esquina lo vio, no mentía cuando le dijo que tenía que caminar muy despacio cuando estaba con ella, ya iba bastante lejos y no quería verse desesperada corriendo detrás de él, o gritándole, después de todo seguía siendo Helena, la poderosa Helena pudo escucharlo en su cabeza “La poderosa Helena corriendo hacía mi” No, no podía darle eso; pero él volvería, siempre volvía.
Siguió caminando y escuchó a Jorge llamándola, pero no se detuvo y siguió caminando, el pueblo aún tenía algo de vida y le pareció entender por un segundo el amor que le profesaba el culicagado a esas calles. Siguió caminando, esperando que alguien apareciera para ayudarla a pensar en otras cosas, pero a pensar, ya no podía volver a no pensar, a escapar, esta era su vida y ya había dejado pasar veinticinco años sin ponerle mucha cabeza, con dolores, angustias y tiempo perdido, era suya y tenía que hacerla más suya.
Cómo era de esperar, a la poderosa Helena la recogieron para llevarla a otra parte a divertirse un poco.