OJO CAUDAL (O LÁGRIMAS DE COCODRILO)
Por Mili Herrera
El traje avanza. Las espinas en las enredaderas hacen jirones la corbata. La camisa es un nudo de insectos, tiesa de mugre. En el bolso del sobaco la piedra negra suelta sus últimos reflejos. Este traje se siente solo, de pronto incómodo, tejido en plateado llamativo entre lo brillante móvil del verde que en todo se siembra. El calor en temperaturas tropicales agota más que en el desierto pues gracias a la humedad del ambiente, los sudores no pueden enfriar al evaporarse: Se van fusionando hasta volver cualquier cara en un plato húmedo y tierno. Pero el traje avanza, encuentra los restos de una vereda y recuerda su programa televisivo de supervivencia, lame sapos para encontrar el camino o intenta sin éxito filtrar agua. Revive príncipes que lo cabalguen hasta un sitio controlado; una habitación repleta de lámparas contra la noche.
Ésta que respira zapatos y vomita pies desnudos, dedos con mollera, manos esclavas de un traje imparable. Las aves verían un harapo, desde su animalidad, bufando guerra hasta el último día. Se hunde el zapato en un charco y regresa el pie desnudo. Las arrugas de la montaña son una armadura. Ojo caudal (o lágrimas de cocodrilo) se refiere al flujo de luz que alguna vez se pensó irradiaban los ojos para poder ver; como si fueran un río sensible que sólo puede distinguir lo que tocan sus aguas. También es sobre el llanto fingido. Típicamente, las lágrimas que un cocodrilo derrama lamentándose por el venado que destazan sus dientes. El llanto del verdugo. Esta exposición pertenece a un grupo de trabajos en los que se explora, a través de metáforas visuales, las relaciones de poder presentes en el amor romántico, la masculinidad, y los procesos civilizatorios. Relata desde el reflejo, la confrontación entre el estereotipo del mundo maquinal y tecnológico bajo el manto de una armadura medieval, que protege con brillo la débil carne interior, y su relación confrontativa con un ser morado que alberga la tierra y las plantas en su interior. Así como metales que de alguna forma componen la jaula y protección del caballero. El metal y su reflejo juegan un papel importante en esta narrativa, como un recorrido discreto por la nomenclatura de edades del metal como la edad de bronce, de cobre etc., y su devenir actual, con las extracciones mineras masivas que masacran la piel de pueblos lejanos y cercanos. De alguna forma, la metafísica occidental que denigra la dimensión mágica de las cosas, se sirve de esta misma energía y de las venas de la tierra, de las fuerzas y sueños de algunas personas para sostener su versión anti-mágica de las cosas. El racismo, la misoginia, la transfobia, y otros tipos de fascismo revelan un importante miedo a reconocer la propia ignorancia y la existencia de un vacío o caos en el que las normas dictadas por el calendario oficial pueden ser tumbadas por la sincronización sobrenatural de los ciclos de la mujer y personas con vulva con un astro nocturno como la luna; así como el borrado de la existencia de un ciclo hormonal también en los hombres y personas con pene; la caza histórica que la colonización ha realizado con brujas y disidencias, las bellas bifurcaciones de lo que se entiende como género y sexo, que desafían ulteriormente el mandato de reproducción de cuerpos que trabajen, y la existencia no minoritaria de cosmogonías y culturas que escuchan más la tierra a pesar de una vergüenza heredada e impuesta. Recuerdo el mito que aparece en varias culturas: el conflicto entre una serpiente o reptil mítica que es derrotada por un hombre, y en cuya sangre se funda la fuerza de una cultura. Tal vez el metal que es utilizado para conducir la electricidad, el relámpago que es una serpiente sagrada. Este tipo de asesinato “nutritivo” aparece también en la construcción de grandes obras e infraestructuras, como cuando se rumora que sacrificaron gente y la vaciaron entre el concreto para que el puente no se derrumbara. O la multitud de cuerpos negros y marrones secuestrados y ultrajados sin consentimiento para la ciencia con el fin de conocer mejor el funcionamiento del cuerpo, de los nervios. No es coincidencia que muchos avances de la medicina occidental se basen en la tortura y experimentación violenta de lxs otrxs, que un exiliado nazi en Argentina sea el creador y exportador del sistema de sacrificio piadoso con gas venenoso genocida que ahora continúa usándose en muchas perreras municipales para sacrificar animales sagrados. Que se construya la idea de una minoría, cuando estamos en todo el mundo y somos mayoría. En este ejercicio reflexivo, tampoco es casualidad que grandes empresas y proyectos estatales se apropien al igual que Shell, una de las compañías petroleras más grandes del mundo con la concha, un símbolo sagrado marino, o Nestlé, Pemex, la farmacéutica Roche, etcétera, y decidan utilizar como estandarte o logo principal a poderosos símbolos naturales y mágicos. Los múltiples testimonios de ceremonias mágicas que prácticamente todos los políticos y empresarios llevan a cabo en secreto para asegurar sus campañas y proyectos. Es importante la perspectiva que novelas como “Nuestra parte de noche” de Mariana Enriquez nos dan sobre el mundo del poder. La otra vez platicaba con Julio García Aguilar, sobre cómo estos conocimientos sobre la meditación, gestión de las emociones como celos, dolor, enojo, etcétera eran un saber de reyes divulgado por personas como María Sabina, Jesús o Buda entre muchxs otrxs. Ahora que vibrar alto puede estar bien visto, pero rezar a la Santa Muerte es aborrecible. Textos reveladores como La invención de las mujeres de la investigadora Oyèronké Oyěwùmí (que obtuvo acceso a estos importantes registros en parte por ser hija de un importante jefe tribal de Nigeria) dan cuenta del antecedente a estos procesos civilizatorios y a la existencia de muchas otras formas de jerarquizar el mundo. Esto pretende, desde mi perspectiva, velar y privar la existencia de un mundo mágico, impidiendo una percepción del consuelo a las personas en general. La extracción de un capital mágico. Estas fueron algunas de las cosas que pensaba al planear la exposición, en estas teorías conspirativas. Me gusta pensar cada pieza como un pasaje o la ilustración de un cuento infantil. Hay un encanto especial y un desarrollo orgánico en que una historia despierte la curiosidad de lxs niñes, pequeñas personas despiertas cuya percepción no debe ser subestimada. El otro día hablé con Elisa Malo sobre nuestros libros favoritos infantiles, porque intuíamos que había algo común. Algo lúdico, como en su Museo objeto del sueño, un espacio expositivo muy pequeño, onírico, con paredes de espejos confrontados en el que estaba un personaje con cara de huevo. Algo por resolverse o eclosionar habita ese espacio en su producción reciente que nos recordó una influencia temprana común, “El país de Jauja” de Kestutis Kasparavicius, el cuento de un viaje emprendido por necios en la nave de los locos, con dirección al país de la glotonería. Así, decidí también ocultar algo. Por toda la exposición y los dibujos se dan pistas de un escape, como una escena criminal donde las evidencias indican la huída de un ave, la presencia de ojos huidizos. Quienes siguieron este rastro y hallaron, fueron una pareja de niñas y después una amiga, Lú, quienes el día de la inauguración se atrevieron a alzar la cortina de una pieza para ver los pies de la muerte y el caballero y descubrir detrás un dibujo secreto que representa un bosque. Tal vez la recompensa no está en la imagen, sino en la gratificación personal y colectiva de siempre querer alzar la cortina, correr los velos, pero también respetar algunos secretos. De intuir y respetar. La exposición se sitúa en un contexto que refleja las mismas condiciones que inspiraron las piezas. A nuestra manera personal, todxs podemos ser cocodrilo y venado. Seguirá expuesta en la galería Parallel de Oaxaca de Juárez hasta el 29 de abril.











