Las elegías de Duino - Primera elegía (fragmento)
¿Quién, si yo gritase, me oiría desde los órdenes
angélicos? Y suponiendo que un ángel me cogiese
de repente contra su corazón, me desharía
por su más fuerte existencia. Porque lo bello no es más,
que el comienzo de lo terrible, ese grado que todavía soportamos;
y lo admiramos tanto porque, como al desgaire, desdeña
aniquilarnos. Todo ángel es terrible.
Y, así me contengo y trago el reclamo
de un oscuro sollozo. ¡Ay! ¿A quiénes
somos capaces de usar? Ni a los hombres, ni a los ángeles;
y las bestias, más perspicaces, ya advierten
que no estamos muy seguros en este
mundo interpretado. Nos queda quizá,
un árbol en la vera de la pendiente, que pudiésemos ver de nuevo,
cada día; nos queda la calle de ayer,
y la fidelidad, lánguidamente a rastras de alguna costumbre
complacida en permanecer con nosotros, y que así se quedó, y no se fue
¡Oh! Y la noche, la noche, con el viento colmado de espacio cósmico,
que nos afila el rostro — ¿Para quién no quedaría ella, la anhelada,
la que suavemente desilusiona, la que penosamente
se acerca al corazón señero? ¿Es ella más leve para los amantes?
¡Ay, ellos entrambos se encumbren su destino
mutuamente! ¿Lo ignoras todavía?
Arroja ya el vacío que ciñes con tus brazos
al vacío del viento que respiras.
Tal vez las aves en su vuelo íntimo
sientan en toda su amplitud el aire.