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#WorldBrassAssociation #Concert #Puebla #Mexico #Molter #TrumpetConcerto #Bach333Birthday #Brandenburgconcertos #OttoSauter #ArmandoCedillo #Trumpet #EvaLind #Soprano #DariuszMikulski #Horn #Maestro (hier: Puebla, Mexico)
#WorldBrassAssociation #Concert #Puebla #Mexico #Molter #TrumpetConcerto #Bach333Birthday #Brandenburgconcertos #OttoSauter #Trumpet #DariuszMikulski #Horn #Maestro (hier: El Carmen)
Último adiós.
Elizabeth miro a su alrededor, su habitación estaba oscura, de ese tono oscuro que siempre le recordaba a los ojos de Lilina.
Su hermosa Lilina. De cabello negro y ojos azules, con un rostro lleno de pecas que nunca podría terminar de contar, con sus modos antiguos, con sus sonrisas perfectas y con una calma que la inundaba. Lilina siempre la inundo. Aún a cuatro años de su muerte ella aún era incapaz de olvidar a quien fue su mejor amiga. ¿Cómo puedes olvidar a alguien que cambio tu mundo?, ¿Cómo olvidar a una mujer como Lilina?, eran tan jóvenes, tan inocentes, y con un futuro completo para ellas, pero todo se cortó con un hechizo, con un murmuro.
Y su mundo se destrozó por primera vez.
Lilina dejo mil cosas a su paso, su forma de ver el mundo, su manera de cambiar a los demás. ¿Qué hacías cuando el tiempo no te permitía avanzar?, el negro, el azul, para ella eran referentes a su ángel, a Lilina. ¿Cómo debería avanzar?
A cuatro años de su muerte; su pecho aún dolía al pensar en ese día. A cuatro años de su muerte, aún sentía las lágrimas resbalar noche tras noche. ¿Cuánto tiempo tendría que pasar para que ella pudiera ser libre? Como cada noche sintió como la abrazaba, su rostro escondiéndose en su cuello y respirando con tranquilidad, sus brazos sujetándola con fuerza, pidiéndole calma y su hermoso cabello resbalándose por el cuerpo de ambas. Como cada noche sus lágrimas caían sin que ella pudiera impedirlo y su garganta se cerraba sin dejar salir ni un solo sonido.
Frente a ella apareció un pequeño Angelo, quién lloraba —como cada noche, y como ese día—. Su ropa rota y la gorra mal acomodada, el recuerdo de un niño roto; de la última vez que la inocencia había recorrido ese rostro de porcelana tan similar al de su hermana mayor.
Y a pesar de que todo era parte de su imaginación para ella era tan real. Cada noche se preguntaba qué pasaría si ella aún estuviera a su lado, si nunca se hubiera ido.
Miro su habitación, sintiendo la soledad calándole en sus huesos como si se tratara de agua helada. Tantas cosas que le recordaban a ella, tantas cosas que fueron de ella, tantas cosas que le recordaban lo que pudo ser y nunca sería. Las paredes pintadas de azul intenso como el mar al anochecer estaban abarrotadas de papeles, notas, cartas y dibujo, todos y cada uno de ellos; Johan nunca los había visto, ni siquiera Natasha, no, ellos veían lo que todos los demás, lo que estaba sobre sus papeles: posters, mapas, cartas de Johan, cartas de su padre… Nadie sabía del tesoro de Lilina debajo de todo.
Se acercó a la pared y empezó a quitar todo para revelar el tesoro debajo. Una a una las notas de Lilina, los dibujos, las cartas de San Valentin, de Navidad; todo caía al suelo siendo arrancado de su puesto mientras lo que lo cubría descansaba en el suelo. Mil letras de ella hacia Lilina, de Lilina hacía ella, las lágrimas caían una tras otra.
Dejaría que la historia se alejara de ella, esa historia incompleta y llena de “¿Y si?”, esa historia que cada noche imaginaba al lado de alguien que ya no existía. Esa historia que solo vivía en su imaginación.
“Cuidado con quién esconde su mirar”. Natasha le dijo eso cuando conocieron a los Rizzos, siempre viendo a los demás, siempre esquivando las miradas. Aunque su mirada siempre perteneció a Lilina.
Miro el montón de notas a sus pies. Se inclinó y tomo un dibujo, Lilina era buena en todo, incluso en aquellas cosas que parecían ridículas, pero el dibujo nunca fue el fuerte de la italiana; en ese dibujo se encontraban ambas, una versión extraña y divertida, en la que eran las madres de Angelo. Como siempre soñó después de ese dibujo.
Las lágrimas cayeron sobre el pedazo de papel coloreado que representaba al menor de los Rizzo. Su corazón se encontraba roto, pues otro sueño imposible se sumaba a la lista de cosas que nunca se cumplirían por culpa de los hermanos.
Los hermanos Rizzo la habían destruido, cada uno a su modo. Lilina había muerto, había escogido dejarlos atrás con dolor en el corazón; Angelo los había negado, a todos, había negado su corazón y ahora se encontraba recorriendo el mundo solo, con el único objetivo de matar para sobrevivir, ya no había rastros de ese dulce niño que correteaba por los pasillos de Alecta buscando a su hermana y metiéndose en problemas por su torpeza al socializar. Los hermanos Rizzo fueron como una bomba para su corazón.
Y por eso ellos ya no tenían derecho a estar en su corazón.
Durante cuatro años ellos habían sido la piedra con la que tropezaba su corazón. Siempre recordando las sonrisas puras y llenas de ternura que le dedicaban exclusivamente a ella, siempre recordando las palabras de Lilina en su última misión, los “te quiero” que la cada noche la morena le dedicaba durante la misión sin importar nada. El “promete que la cuidaras” que le dijo Angelo antes de que se fueran, y el “protégelo por mi” que le dedico Lilina antes de morir, durante cuatro años estuvo maldiciéndose a sí misma por no poder cumplir con el último pedido de la italiana, pero; ¿Cómo puedes proteger a quien no quiere que lo protejan?
Los Rizzo eran ángeles de la muerte, hermosos y perfectos a primera vista, pero devastadores en cuanto entiendes que significa su presencia. Los Rizzo fueron su perdición, pero Johan tenía razón, era hora de avanzar, de dejar el pasado atrás, y con él, dejar a los Rizzo fuera de su corazón de una vez por todas.
Arlet le había mostrado lo hermoso que podía ser el pasado; con cada carta que leía, con cada anécdota que contaba, Arlet había mostrado a todos que una historia de amor no tenía por qué ser cruel o completamente rosa, como alguien podía destruir su propia vida y remendarla con los trozos que quedaban. Y ella debía hacer lo mismo.
Era hora de dejar a los Rizzo detrás.
Soltó el dibujo dejándolo caer sobre la pila de hojas en el suelo. La luna entraba por la ventana siendo lo único capaz de alumbrar su habitación, la luz de la luna logro hacer brillar una hoja, una carta escrita con tinta dorada y la pulcra caligrafía de Lilina, por inercia se agacho a tomarla y a repasar cada parte de ella.
“Yo no comprendo la tecnología. No es santa de mi devoción, tal vez porque yo no pertenezco a esta era, pero si pertenezco a ti, mi hermosa salvación, mi ancla para no perder la cabeza.
Mi amada Eliza, a tu lado dejo de sentirme perdida en el tiempo, a tu lado todo cobra sentido.
Las cartas son románticas, ¿no te parece así?, yo las siento parte de mí. Siento que es lo único que es tan atemporal como yo. Cada nota, cada recado, es una carta que alguien nunca se tomó el tiempo de alargar como era debido. O tal vez solo estoy loca.
Este es nuestro secreto, tuyo y mío. Un romance entre cartas… Creo que eso suena demasiado fuerte, ¿Qué te parece mejor llamarlo “Una familia nacida de las cartas”?, creo que suena menos comprometedor. Así nadie malpensara mis palabras.
Mi Angelo te adora, siento que a tu lado podemos ser esa familia que tanto necesitamos ambos.
Hablando de eso. Creo que debo responder a tu propuesta de esta mañana; esa sobre pasar las navidades con tu familia y ser parte de su extraño ritual pastelero.”
Elizabeth no pudo evitar pensar en las cartas que Arlet leyó de su padre. Las cartas en las cuales se basaba su historia de amor, y tuvo que preguntárselo, ¿Cómo es que había dos personas que consideran las cartas tan especiales? De Lilina tenía sentido, ahora lo tenía, esa carta le había dicho toda la verdad hace años pero ella nunca se había puesto a meditar sobre ello. “Tal vez porque yo no pertenezco a esta era”, siempre creyó que la italiana se refería a lo alejada que estaba del mundo cuando era una niña, ¿quién diría que era una confesión sobre su realidad?
“Mi respuesta siempre será la misma a cualquier cosa que venga de ti Elizabeth; si es a tu lado no me importa ir al fin del mundo.
A tu lado, amiga mía, el tiempo no tiene sentido y las estaciones se vuelven un día más en mi vida. Con el corazón en el puño puedo jurar ante todo que no hay nadie como tú, nadie tan capaz de hacerme sonreír.”
Los ojos de Elizabeht no podían con tantos recuerdos de la infancia, no podían con toda la carga de sentimientos que leer las cartas de Lilina conllevaba. El padre de Arlet escribía igual, Andrew Leight y Lilina Rizzo compartieron una pasión por escribir, la pasión que ponían en cada palabra era inigualable.
Tal vez Elizabeth estaba frente a una historia de amor incompleta. Una historia que nunca pudo realizarse.
“Odio cuando la hoja esta por acabarse, porque eso significa menor espacio para escribirte.
Con todo esto debo despedirme. Eliza espero mi respuesta te haya complacido y mis palabras te alegraran el día.
Tú íntima amiga:
Lilina Rizzo.”
Lilina siempre fue alguien posesiva. “Mi Angelo”, “Mi vida” “La vida de Angelo es mía”, eran cosas comunes de escuchar a la italiana, cosas de todos los días. Hasta ahora veía el peso de la despedida que siempre le escribía su amiga en cada carta que le dedicaba. “Tú íntima amiga”, de alguien quien era tan posesiva como la mayor de los Rizzo era de esperar una despedida distinta; “De parte de mí: Lilina Rizzo”, “Se despide: Lilina Rizzo”, “Con toda sinceridad”, cualquier cosa podía ser buena, cualquier cosa podía dar fin a la carta, pero no, Lilina siempre se despedía con ese “Tú íntima amiga”.
Era la primera vez que comprendía el peso de ese “Tú”, Lilina le estaba diciendo que era suya, de Elizabeth. Ella conocía a Lilina, la conoció tan bien como se puede conocer uno mismo, su mejor amiga siempre usaba calificativos posesivos para aquellas cosas que le importaban, pero jamás se incluía a si misma hacia alguien o algo, ni siquiera hacia Angelo; jamás la escucho decir “soy su hermana”, no, siempre era: “Es mi hermano”.
Sin detenerse a pensarlo más escaneo la carta hacía su inició.
“Para la persona más importante de mi mundo, Elizabeth Molter.”
Nuevamente había una calificativo posesivo, pero no para Elizabeth, si no de Lilina. Tomo otra carta apresurada, buscando el saludo inicial, ese que nunca pensó que fuera especial.
“Muy elocuente Eliza”.
¿Qué clase de saludo era ese?, tomo otra carta desesperada.
“Bien hallado afortunada Elizabeth”.
La australiana busco y rebusco en las cartas, buscando alguna donde Lilina usara algún calificado posesivo hacía su persona. Rodeada de cartas y desesperación Elizabeth comprendió que no existía ninguna en la cual el saludo inicial tuviera un calificativo posesivo, muy en cambio en todas y cada una de ellas la italiana se despedía con un “Tú íntima amiga”.
¿Acaso esa era su historia de amor?, ¿una historia de amor incompleta, inconclusa?
Las lágrimas resbalaron por el rostro de la australiana. No era justo. Regreso cada carta al montón. Sintiendo su corazón romperse cada vez más. Estaba indefensa ante sus recuerdos, ante la realidad que se abría paso en su mente con pasos agigantados.
La sonrisa de Lilina volvió a aparecer en su mente.
Se levantó del suelo y rebusco en sus cajones, tenía que acabar con todo. No podía seguir con esa historia, una historia que nunca tendría final, una historia fracasada.
Con ansiedad en cada parte de su cuerpo Elizabeth saco un cajón de su cómoda y vertió su interior en el suelo para después arrojarlo a una pared. Corrió buscando dos piezas que pudiera usar, mientras revolvía la madera en el suelo escucho pasos afuera de su cuarto, alguien iba hacia su cuarto. Se levantó y de manera tambaleante se acercó a la puerta para abrir, frente a ella Margaret la miraba preocupada, su cabello estaba revuelto y llevaba un camisón para dormir, seguro se acababa de despertar por el alboroto.
—Eliza, ¿estás bien? —La morena la miraba preocupada. Era algo tan raro el si quiera escuchar ruido del cuarto de su Elizabeth que el estruendo que escucho la hizo correr fuera de su cuarto para ver a la más energética de la casa, las cosas no mejoraron cuando la morocha abrió la puerta con el rostro lleno de lágrimas.
—Sí, no te preocupes Margaret… todo está bien. —Sonrió con calma fingida, no era la primera vez que alguien la visitaba después de recordar a Lilina. —Estaba buscando mi pijama en mi cómoda y se me callo al cajón… No pasa nada, te lo aseguro. —Agrego al ver el rostro preocupado de su vecina.
—Si tú lo dices… Pero cualquier cosa aquí estoy para ti. —Claramente Margaret no le había creído del todo, pero Elizabeth no tenía tiempo para eso, tenía que olvidar.
—Lo sé, gracias Maggie. —Despidió a su compañera con un abrazo y regreso a la oscuridad de su cuarto.
Le puso seguro a su puerta y regreso a buscar la madera rota de su cajón. Tomo dos piezas con cuidado de no astillarse, en ocasiones como esas preferiría ser como Natasha, una hija del fuego.
Sentada frente al montón de cartas y dibujos Elizabeth intentaba prender fuego con los dos pedazos de madera. Los movía con rapidez, con desesperación, no podía tardar más, el día ya se había ido y la noche no era una buena acompañante.
El rostro de la morocha se vio alumbrado por el fuego recién creado. Estiro su mano y volvió a tomar la carta de escritura dorada, sin volverla a ver la acerco al fuego dejando que esta prendiera una esquina, observo como el fuego consumía parte de la carta y la arrojo hacia al montón.
Era el momento de avanzar. De alejar a los Rizzo de su corazón para siempre.
Al mirar como las cartas eran consumidas por el fuego las lágrimas volvieron a caer. Reprimió el impulso de correr a apagar el fuego y se dedicó a mirar el fuego, intento concentrarse en otra cosa, cualquier otra cosa. La imagen de Johan apareció en su mente, y sonrió de lado, porque sabía que Johan se molestaría por encender fuego de manera tan imprudente, le gritaría y después le diría que solo tuviera cuidado, que no permitiera que el fuego se descontrolara.
Miro las cartas quemándose. Y no pudo evitar pensar que eran las alas de Lilina quemándose, lo último que quedaba de ella en la tierra.
Ellos ya no tenían derecho a su corazón. La habían destruido, pero aun así le dolía hacerlo, le lastimaba ver las cartas de quién fue su mejor amiga destruyéndose.
Mañana iniciara una nueva vida, un nuevo día. Sin el clamor de los Rizzo torturándola a cada paso que diera.
Cuando las cartas fueron reducidas a cenizas Elizabeht apago el fuego con una pequeña tormenta. Se levantó, y sin hacer nada más, se tiró en su cama, rodeada de las cartas de Johan y su padre, de los dibujos de sus hermanas, de las notas de cariño de su madrastra, y con el corazón libre aunque destrozado.
Cerró los ojos, convencida de que al fin su tortura mental acabaría.
Wärmedämmverbundsystem "Die Architektenschaft muss einfordern, dass alle, wirklich alle Maßnahmen, die in Architektur und Umfeld eingreifen, von Architekten geleitet werden und nicht von Produktanbietern übernommen werden dürfen.
Toonami - Tom, Sara, and Tooonami Paids Tribute To Moltar! Toonami starts their broadcast for this weeks to Toonami to paid tribute to Moltar. For those who don't remember Moltar was the original Toonami Host for 1997-1999. Toonami Moltar from The Cartoon "Space Ghost". Moltar lay the ground work for Toonami from the started. Tom 1 took over as the the host of Toonami 1999 and had been host ever seen. However without Moltar there's maybe no Toonami today. RIP Clay Martin Croker aka "Moltar" 1962-2016. "May your oven stay forever lit." Tom 5 #toonami #tom #sara #saratoonami #tomtoonaami #moltar #claymartincroker #adultswim @adultswim
Composer: Johann Melchior Molter (1696 - 1765)
Work: Adagio from Clarinet Concerto Nr. 3 in G Major (1745-1765)
Performer: Henk de Graaf, Amadeus Ensemble Rotterdam; conducted by Marien van Staalen
Minitur med multeplukking i Etnedal. #multer #bær #minituren #barnesteder #utetid14 #utpåtur #utinaturen #friluftsliv #friluftsbarn #mammut #utno #ilovenorway #etnedal #molter (ved Tiriltoppen)