Yo elijo
Hay una escena en Mentes Peligrosas, en la que Michelle Pfeiffer le dice a sus alumnos que pase lo que pase, en la vida siempre tenemos elección. Lo hace con una frase pelín comprometida—primero escribe en la pizarra “nosotros queremos morir” y luego tacha “queremos” sustituyéndola por “elegimos”: nosotros elegimos morir. Su intención es enseñar a sus alumnos que incluso en ese momento, puedes elegir cómo morir. Es una de esas frases de película que se te quedan en la cabeza como el “¡Oh, Capitán, mi Capitán!” y el “Y los golpes siguen cayendo…”.
En cierto modo, Michelle Pfeiffer tiene razón. Por ejemplo, recuerdo un día que iba bajando yo por las escaleras de alumnario del instituto—sin caerme, que os veo venir—y un amigo, que estaba abajo hablando con otros miró arriba y me vio. Días atrás habíamos estado hablando de la chica que le gustaba y que se iba a lanzar y, cuando me vio, se le iluminó la cara y apareció una sonrisa de esas que deslumbran. A mí me entró la carcajada, claro, porque sabía lo que significaba: se había liado con ella ese fin de semana. Cuando terminé de bajar la escalera y me acerqué a él, que estaba tronchado de risa, me dio un abrazo de esos que se recuerdan muchos años después… Eligió darme un abrazo y compartir ese momento conmigo.
No tengo claro si antes o después de la anécdota del abrazo, recuerdo otra de una noche de viernes o sábado… Sí, tengo 31 años y la memoria me falla. A callar. ¡A callar he dicho! Estábamos respirando aire puro en uno de estos rincones erigidos a modo de jardinera, fuera del único garito del pueblo. De aquella todavía se podía fumar en los sitios públicos y lo de respirar fuera era algo necesario cada equis tiempo si no querías morir de tos, mocos y ausencia de voz al día siguiente.
Estábamos unos cuantos, entre ellos el amigo de la anécdota anterior (desde ahora Número Uno) y otro amigo que, algún tiempo después, me tuvo loca (desde ahora Número Dos). Malas lenguas decían de aquella que la que entonces le tenía loco era yo, pero jamás me lo creí. Igual el tema de reconocer indirectas y patrones amorosos merece una entrada aparte porque agüita con mi incapacidad completa en ese frente…
En fin, que Número Dos y yo estábamos hablando de algo que ahora no puedo recordar pero debió ser lo suficientemente rarito como para que Número Uno soltase una de “joder, vosotros dos vais a acabar casados. Sois igual de frikis…” En ese momento él eligió decir lo primero que se le pasó por la cabeza dejándonos a Número Dos y a mí rojos de vergüenza y mirando a todos lados menos el uno al otro. Número Dos y yo jamás coincidimos en el tiempo y nunca pasó nada, pero quedó claro ese día que Número Uno nos tenía perfectamente calados… Al menos a mí.
Tiempo después, y tras muchos años sin hablarnos, Número Uno y yo coincidimos en la fiesta de cumpleaños de una amiga. Ese día, nuestros amigos en común decidieron jugar a un juego que consistía en que, colocados en círculo, tenías que decir lo que más te gustaba de la persona de la derecha y lo que menos de la persona de la izquierda. Imagino que aposta, la cumpleañera nos puso el uno al lado del otro. Él a mi izquierda. Yo a su derecha. Él hablaba primero. Y eligió decir que lo que más le gustaba de mí eran mis mofletes. ¿Mis mofletes? ¡¿MIS MOFLETES?! Venga, coño… Yo elegí no arrancarle los ojos por ello, aun con lo mal que me sentó. ¿Mis mofletes? ¿En serio? ¿No había otra cosa que decir? Vengastaluego... Me vengué diciendo que lo que más me disgustaba de él era su nariz. Él, todo ofendido, me preguntó que por qué no me gustaba su nariz y yo le contesté que porque me gustaba más la de su hermano gemelo. Con dos cojones. Que siempre me había parecido más guapo su hermano que él. Ahí, con dignidad…
Me fliparía preguntarle ahora a qué vino lo de los mofletes o si todavía lo mantiene. Me encantaría decirle que igual me pasé con lo de la nariz... Pero a Número Uno le mataron hace hoy 5 años; un viernes 16 de septiembre, exactamente igual que hoy.
Y aquí, querida Michelle, llega la lección de hoy: no todo el mundo tiene elección. Él no eligió morir. Y ahora ya no puede elegir nada.
La elección que me queda a mí hoy es esta: elijo recordarle por los abrazos, espontaneidad y mofletes.
Descansa en paz, Héctor.











