#ErradiquemosLosMartes
No hay nada mejor para empezar el día que darle un beso en el culo a un taxista. O a lo mejor sí, yo qué sé, yo he venido aquí a hablar de mi libro…
En fin, que eso es lo que pasó hace un par de viernes. Bueno, en sentido figurado, degenerados, que sois unos degenerados. Mi forfi sí le dio un beso en el culo al taxi de verdad. Así, con violencia contenida…
Estaba yo segunda detrás de un taxi, para entrar a una rotonda, mirando atentamente a los coches que se incorporaban a la rotonda por la salida que nos quedaba inmediatamente a la izquierda. Así por el rabillo del ojo miope este que tengo, vi yo cómo el pesetas avanzaba milimétricamente cuando ya no había nadie para entrar en la rotonda y yo, todavía atenta por si se nos colaba algún listo, arranqué tambiPUM!! ¿Hola? What the fuck in the world?El jodido taxista se había arrepentido, había frenado y yo, como una Tamara Falcó cualquiera, me lo había comido de lleno.
Un parte amistoso y un par de “perdona, de verdad, que iba atenta a los que se incorporaban” después, me volví a meter en mi coche mortificada no por el golpe en sí, ni por la culpa, que también, sino porque iba a tener que llevar el coche al taller… Mátame, camión.
Y es que los establecimientos donde se hacen transacciones con el coche y yo no nos llevamos bien. No es un caso aislado de ITVs, no. Abarca todo lo que viene a ser el mundo del automóvil, concesionarios y talleres incluidos.
Todo empezó un buen día de febrero de 2013. ¿Qué día? Sí, exacto: ¡un jodido martes! Martes 19, para ser exactos. A eso de las 19:30 de la tarde entramos mi madre y yo en el concesionario para formalizar los papeles y hacerme con mi Forfi. Días antes había estado en el taller y ya había encargado el coche. Yo iba con la idea del coche que quería, porque había pasado un mes haciendo un Excel con todos los modelos de la gama, precio y características. Ganó el Forfi. El Excel no miente. Ahora bien, no ganó cualquier Forfi… Ganó el Ford Fiesta Titanium con la radio candemor chuli guay que yo quería. A ver si os vais a pensar que soy friki de palo a estas alturas… El color era secundario, eso sí. Hombre, dentro de unos parámetros de normalidad: negro, blanco, azul...
Total que el buen señor del concesionario me dijo que ellos tenían uno en el garaje, porque al ser de kilómetro cero no los tenían en la exposición, y que si quería bajar a verlo. Y claro, bajamos. Blanco era el coche. Así desde fuera, perfecto. El tema fue meterse dentro… Jijijijijijiji… El salpicadero era rosa. Vengastaluego, ¿ROSA? Sí. Rosa.
Yo miré al buen señor y le dije: “oye, ¿y en normal no lo tenéis?” El hombre vio el pánico en mis ojos y me dijo que no me preocupase, que seguro que encontrábamos uno que no diera susto al miedo. Así que pa’rriba que fuimos otra vez a llamar a las otras sucursales de la cadena de concesionarios para ver si de los 4 coches que tenían en total, ellos tenían El Forfi. Primero al que llama: blanco, salpicadero rosa. 2-0, amigo, aprieta que te quedas sin venta… Segundo: negro, salpicadero rosa. Sudaba el gachó lo que no está escrito. Tercero y último: negro… SALPICADERO NEGRO. Fuegos artificiales, confeti, volteretas laterales… “Ese, ese, rey. Tú reserva ese y que te lo traigan pa’cá ‘chando leches”.
En fin, que el martes siguiente, el maldito martes siguiente, nos presentamos en el concesionario para firmar papeles y formalizar temas. El coche, obviamente, estaba en el garaje y, por lo tanto, hacia el garaje nos encaminamos a ver a mi pequeñín, bolso, abrigo, pañuelo y chaqueta en mano. El garaje era largo y estaba oscuro, a excepción de un único punto de luz en la distancia, justo al final del interminable pasillo que se abría ante nosotros, que alumbraba un Ford Fiesta negro. Oh, mi coche…
Íbamos en una fila diagonal, donde el más adelantado era el nota del concesionario, luego iba yo en medio y, por último, mi madre. Ensimismada con la belleza deslumbrante de mi 4 ruedas nuevo, quién iba a identificar el pequeño saltito que el personaje éste dio para evitar la jodida zanja que había en el suelo del garaje… ¿Quién? Yo no. Pie dentro de la zanja y de boca al suelo, con el bolso, el abrigo, la chaqueta y mi dignidad a cuestas.
Obviamente, siendo martes, no se podía esperar una caída ridícula, un moratón y una carcajada, no. Rotura de la cabeza del radio con desplazamiento. A 0,005 mm me quedé de que me operasen… Pero yo, que a cabezona no me ganan ni los muñecos de las Fallas, pseudorecuperé la compostura, me metí en el coche, toqué un par de botones, salí, salté la zanja, subí al primer piso y, con el codo izquierdo roto, firmé los papeles de mi coche. ¿Os había dicho ya que soy zurda? JajajajajaJAJAJAJAJAJAJA… Pues soy zurda.
Salí del concesionario manteniendo la tranquilidad y le dije a mi madre “hale, vamos de paseo al hospital, que necesito un codo nuevo”. Según me metí en el coche rompí a llorar desconsoladamente y claro, mi madre, la pobre, preocupadísima: “¿tanto te duele, hija?”, y yo “NoOoOoooo…snifsnif…Es queeEeeEee…snif…¡¡YA NO PUEDO ESTRENAR EL COooOOOooOOOOoOoOoCHEEEeEeEeeeEEE!!”. Las prioridades ajustadas, coño, como debe ser.
El codo curó. Y al año siguiente tocó llevar el coche a revisión. Esta vez me negué a llevarlo a la misma sucursal del concesionario donde lo había comprado, así que me fui a una que, curiosamente, estaba más cerca de mi casa. Fue cachondísimo el momento en el que me tropecé con un socabón en el asfalto y besé el suelo, previo arrastre de mi iPhone por el alquitrán… El año anterior me rompo un codo, este año me rompo un iPhone… Señor Bendito, ¿qué será lo siguiente?
Pues mirad, no lo sé, porque desde entonces lleva mi madre mi coche al taller. Yo ya no vuelvo a arriesgar mi vida...
















