Dicen por ahí que, uno siempre es el malo en la historia del otro. Y puede ser cierto, porque ése otro también se pierde de las historias que se encastran en su espalda por acciones, omisiones u palabras que nunca se dicen.
Y, apuesto como jugando al ajedréz con los dioses del Olimpo, que yo soy el mounstruo de tus capítulos.
Y éste mounstruo que se ve de piedra, guarda entre la comisura de los labios aquél dolor que le costó varias lunas el intentar reponerse.
Y soy costura fina, frágil que se puntea por una piel lacerada por los años y la sal del océano que borboteaba por mis cuencas.
Soy sobreviviente del desprecio, de silencios, de ausencias convertidas en fantasmas.
Risa cortada, mirada cansina.
Soy lo que quizás digas que soy.
Y yo te doy la espalda lastimada.
No porque me fuera fácil arrancarte de mi vida.
Porque aún después de la no despedida, hay una canción que sigue sonando por el final de mis días.
Emilia R.B













