Verdugos del amanecer esperaban por mi al final de este camino difuso, casi invisible. Esperaban para condenarme, para liquidarme. Esperaban pacientes, sin prisa, esperaban y esperaban. Cubierto de heridas, moribundo y sin aliento, acudí a mi último juicio, donde juzgaron todos mis pecados. Por cada sentencia, sangre carmesí vertía como un río por mis abolladuras, no podía defenderme, no podía moverme. Me desangré a mitad de la audiencia, y nadie acudió a rescatarme, nadie limpio mis heridas, nadie soltó un delirio en mi lecho de penurias. Estaba solo, con una vela y mi poesía en mi funeral. Murió un poeta, un romántico. No volverá más.
~Goner











