La biografía
Haré una biografía. Confieso que mis ánimos, al menos los conscientes, no son otros que los de quitarles el tiempo. Esta obra no merece ser leída y, justamente por eso, la leerán. Se trata, sin más preludios, de un integrante de mi familia, cuyo origen tiene que ver con Francia. Su nombre poco importa, es lo más impropio que tiene. Vamos a su individualidad, si creemos en ésta, a sus rasgos, a su fisonomía espiritual. Es un chico raro. Sí, estamos hablando de un hombre. Su humor es cambiante. Un día hace gracias, baila, ríe y se empecina en mejorar el ambiente y al otro es un gótico servidor de melancolías. No habla mucho y se dificulta la aprehensión de sus dramas. Dicen, fuentes confiables, que ha tenido y que tiene problemas con la vida, como, por ejemplo, en el amor, con su papá y con eso de cocinar arroz. Le gusta caminar, como a Kant, pero es hegeliano. Anda mirando los calles, los sujetos y las sujetas, las infamias del sol, las flores. A veces sonríe cuando una lo mira. Después se angustia o se autorreprocha porque sabe que fue sin querer. No se lo ve, no lo vemos, con amigos y esas cosas. Quién sabe en qué lugar de su memoria están las circunstancias que lo llevaron a esta posición de solitario y refutador de la soledad. Sabemos, también, los que lo conocemos, que le gusta simular ser dandy y que amonesta a Benedetti y a todo aquel que hable de y con felicidad. Perdón si las palabras son imprecisas y dan carácter de corriente a este joven, pero si lo conocieran olerían su rareza. Lo verían encerrado en su cuarto leyendo e imaginando hablar a Zaratustra o llorando o escuchando música de acá nomás mientras el mundo lo ignora sin remedio. Es triste, me da pena. Nunca fue fácil ser él.














