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Ashley Greene
No esperaré a que me quieras. No lo necesito.
Desde que aprendí a amarme a mi misma, lo tuyo sobra.
- Loba majestuosa.
"Nunca he visto porno. No me interesan las experiencias sexuales de los demás. Solo las mías"
Sharon Stone
iY sí, estoy llorando; de nuevo. Siempre me preguntan el porqué tengo tatuada solo un ala y esta está rota, la historia es sencilla, es el ala de un ángel el cual le arrancaron las mismas para dárselas a su hombre amado ya que él quería volar, cuántas veces lo recuerde sigo pensando lo mismo, te dedico una parte de mi para que estes completo. Me enseñaste a volar lejos para darme cuenta súbitamente que usabas mis alas para elevar a otras, me lastimaste profundamente, tan hondo que hoy en día soy incapaz de confiar hasta en mi misma, de tanto en tanto mis inseguridades hacia las personas salen a flote, haciéndome una torpe en relaciones interpersonales, por eso prefiero la soledad. La soledad no me da miedo, pero si le tengo pánico al abandono, lo cual siento constantemente, no sé si sea justo con alguien que nunca te hizo daño y solo ha sido tu desahogó, pido tranquilidad y justicia a mi condición, quiero volver a volar tranquila, sin miedo a que me mutilen de nuevo y tan sanguinariamente.
Next reincarnation
El sol daba de lleno en el río, conflagrando el gabinete. El resplandor proyectaba en las mamparas y en el rostro de la durmiente un motivo de dorados meandros. Sekichi cerró las puertas y se sentó a su lado, con los útiles en la mano. Por primera vez podía recrearse plenamente en su extraña belleza. Le parecía que sería capaz de permanecer años contemplando aquel rostro perfecto e inmóvil. Como en tiempos remotos las gentes de Menfis labraron de esfinges y pirámides el noble solar egipcio, así Sekichi se disponía a ornamentar la piel inmaculada de la muchacha.
Mas enseguida empezó a aplicar en su espalda la tinta con el pincel, sostenido entre el pulgar, el anular y el meñique de su mano izquierda, mientras con la aguja en la derecha iba punzando a la zaga de lo recién trazado. Era como si la misma alma del tatuador entrara en el dibujo bajo la piel, disuelta en el hollín de la tinta. Cada gota del bermellón diluido en alcohol que inyectada era como una gota de su propia sangre trasfundida en el cuerpo de la mujer. Veía sus vivas pasiones en aquellas tintas.
Llegó el mediodía, pasó, y poco a poco el día de primavera fue declinando. La mano de Sekichi proseguía incansable su labor sin siquiera despertar a la muchacha de su letargo. Cuando, inquieto por su tardanza, vino a preguntar por ella el mozo que le cargaba el samisén, Sekichi le dijo que hacía mucho que se había ido. Por fin se alzó la luna sobre la mansión del clan Tosa, vertiendo su luz ensoñada en los tejados de la orilla opuesta. El tatuaje no estaba aún ni mediado y Sekichi despabilaba cada poco las velas, impaciente.
Ahora cada rasgo requería un agónico esfuerzo. Sekichi boqueaba siempre que hundía y retiraba las agujas, como si sintiera el picotazo en su mismo corazón. Poco a poco fue surgiendo el perfil de una enorme araña de seda de oro. Y cuando el primer pálido albor penetró en la habitación aquel animal de diabólica catadura desplegaba ya sus ocho patas por toda la espalda de la joven.
La noche de primavera tocaba a su fin. Se escuchaba el chapaleo de remos de los botes que subían y bajaban el río; sobre las velas —hinchadas por la brisa tempranera— se veía levantar la bruma, y los tejados de Nakasu, Hakozaki y Reiganjima destellaban. Por fin Sekichi dejó a un lado la aguja y contempló la monstruosa araña tatuada en la espalda de la muchacha. Mirándola comprendió que en aquel trabajo había destilado la esencia de toda su vida. Ahora, la obra cumplida, sentía un vacío insondable.
Las dos figuras permanecieron todavía un tiempo quietas, luego se oyó resonar tenue en aquel ámbito cerrado una voz enronquecida: «Para hacerte bella he quintaesenciado mi alma en esta tinta —murmuró Sekichi—. ¡Desde hoy no tienes rival en todo Japón! Nunca volverás a conocer la timidez. Devorarás a todos los hombres sin excepción.»
¿Escuchó ella tales palabras? Un débil gemido se escapó de sus trémulos labios. Fue recobrando paulatinamente la conciencia y mientras yacía acezante las patas de la araña se agitaban en su espalda como si cobraran vida.
—Sentirás angustia, porque la araña te estrecha fuertemente el cuerpo. —Ella entreabrió los ojos. Si al principio su mirada era vacua, pronto sus pupilas lucieron con un fulgor parejo al de la luna, reflejándose en la cara de Sekichi: —!Maestro, mostradme el tatuaje de mi espalda! ¡Si habéis puesto vuestra alma en él sin duda luciré bellísima! —hablaba como en un sueño, pero ya vibraba en su voz un dejo nuevo de soberbia.
—Primero tienes que bañarte para avivar los colores —respondió él, y luego susurró compasivo: —Te va a doler mucho ¡ten valor!
—Sufriré lo que sea por ser bella —y trataba de sonreír a pesar del dolor—. ¡Ay, ay, cómo arde! Maestro, dejadme aquí sola y esperad arriba. Subiré cuando esté lista. No quiero que ningún hombre me vea sufrir —saliendo del baño, sin fuerzas ni para secarse, apartó las solícitas manos de Sekichi y se derrumbó en el suelo. Allí se quedó tirada entre quejidos, como presa de un mal sueño, con el cabello de loca enredado sobre la cara. Tras ella el espejo del tocador reflejaba las plantas de sus pies, de un albor de madreperla.
Sekichi, estupefacto, ponderó el cambio obrado en la tímida muchacha del día anterior. Subió a esperarla como le pedía y cuando por fin apareció, media hora después, estaba primorosamente ataviada. Su cabello húmedo y peinado suelto se derramaba sobre sus hombros. Apoyándose en el antepecho alzó la mirada —con ojos encandilados pero ya sin sombra alguna de dolor bajo las curvas cejas— al cielo inmenso, sutilmente velado de bruma.
—Acepta estas pinturas junto con el tatuaje. Llévatelas, son tuyas. Ahora vete —dijo Sekichi.
—Maestro, mi alma está ya libre de todo temor. Y vos... !podríais ser mi primera víctima!
Lo traspasó con un acerado destello de sus pupilas. Un canto de júbilo embargaba sus oídos.
—Enséñame el tatuaje por última vez —pidió Sekichi.
Ella asintió en silencio y se desciñó el quimono hasta la cintura. En aquel instante los rayos del sol matinal cayeron sobre la deslumbrante espalda de la joven y la araña se inflamó.
Tanizaki Jun'ichirō
“Las mujeres” de Ira Tsantekidou es como puede denominarse su colección de obras. Nació en Grecia, en 1967, y es muy conocida por sus bellas, sensuales y tiernas, sofisticadas, melancóicas... pinturas de mujeres. Tiene una técnica asombrosa para dar vida a las mujeres en lienzos mostrando sus personajes eróticos pero sofisticados al mismo tiempo. Es conocida por sus sobresalientes habilidades gráficas y sus métodos únicos de pintura.
Todas “sus mujeres” tienen un halo de mujer fatal.
Debi alejarme, desde el primer momento que me faltó el respeto y me insulto, debí alejarme desde el momento que golpeó la pared, debí alejarme cuando cada que estába molesto me trataba mal, debí alejarme cuando me grito por no hacer las cosas como él quería, debí alejarme a la primera señal, debí alejarme..... Pero ya es tarde....
-EAR