N.Hardem Regresa «Verdor» a la CDMX
México, CDMX | Agencia de Noticias ArriTmétricA. Jueves, de una calurosa noche de verano. Afuera, sobre la avenida México-Tenochtitlán, las animadas luces de la marquesina del foro Hilvana invitaban a los coches y a los transeúntes a pasar un rato con N. Hardem y Mismo Perro e Invitados. Para quienes no pudieron verlo hace un año, el rapero bogotano ha vuelto con una gira corta por el país que arrancó ayer en Guadalajara y terminará en Puebla, hoy está de vuelta en el pardo corazón de la capital mexicana.
El set de bienvenida estuvo a cargo de Bobby Soprano quien giró una fina colección de hits duros y pavonados como Monch o Biggie para los asistentes que todavía iban llegando. Una hora después, Charlot La tribu salió a despabilar a los heads que tímidamente se acercaban. Con una actitud relajada y humor, el cacunense recibió a un público todavía discreto. Minutos más tarde, AfroOmega y Ese-O salieron a dueto para dar un show rebosante de beats duros y basslines graves. Fue una actuación imprevista luego de que la banda poblana Fat Mojo no pudiera llegar. Al irse, dejaron intermedio largo y sin música, una sensación de suspenso se sentía en el aire pues el acto principal se haría un poco del rogar.
Cerca de la medianoche, las luces del escenario se apagaron dejando caer un manto enorme de oscuridad. Mismo Perro salió primero, tomó su posición en la cabina del DJ, no hubo música o setlist ni fanfarrias; se toman su tiempo para entrar. De la nada N. Hardem emerge como un fantasma salido de los altavoces. A penas lo vieron y no se demoraron en recibirlo entre gritos, chiflidos, y aplausos. Dio unos cuantos pasos alrededor, sonaban los primeros compases; se balanceó sobre sus pies. Con el puño en alto, dedicó Mi juego Zen, la primera canción de la noche a Rafael Cassiani quien falleció este mismo día. Siguió inmediatamente con LQME, y luego oportunamente cuando el olor turbio a mota estaba en su punto, tocó 'Señales de humo'. Vapores y olores se mezclaban en la atmósfera, como las espirales de humo, la noche empezó a elevarse con un repertorio inicial de canciones que se esperaban sonar en el algún momento.
Tocó turno del relevo. Entre lo más espeso de la nebluna de la maría juana, el negro Hardem le cede su lugar a su socio, Mismo Perro, que intercambia las tornamesas por el micrófono. El estilo callejero del can trajo dictó una cadencia distinta a la noche sobre una sesión de caliginoso drumless.
La primera mitad fue un viaje ascendente a través de dos décadas de epés, música y proyectos de N. Hardem. Una variedad de estados y ritmos que resumen perfectamente su trayectoria. Sin embargo, todavía faltaba escuchar «Verdor», el álbum que todavía lo trae de aquí para allá.
El espíritu de la gente se encendió de nuevo cuando Hardem se coló entre ellos. Un tema inédito cambia la dinámica empujando un pequeño slam. El sudor, el olor, el movimiento, todos están bailando. La pista de pronto se volvió una sesión de terapia colectiva. «Hip hop es un deporte de contacto y el que diga lo contrario no es bienvenido aquí» dijo al volver a la tarima.
Pero el telón empieza a caer, desciende lento como una hoja. Las cajas jazzy y los beats sin cajas cedieron paso a percusiones percutidas sobre samples arenosos de salsa y funk, el cierre de una madrugada calurosa decorada por tiras de luces. Una nota de una trompeta suspende tan alto que toca el techo, Hardem se desvanecía con las tres últimas canciones: 'Azúcar', 'Virgo', y 'Otro Agosto'. Se marchó con piezas que representan no solo el sonido de «Verdor», sino pasos de cómo se llegó hasta acá.
El recorrido fue largo y exhaustivo, todo fue en ascenso, la música, las emociones. El resultado de ocho años, de varias vidas. Un círculo donde el encuentro hizo el ambiente. En vivo, N. Hardem es otra cosa, la música, su voz, todo adquiere otra dimensión como si sólo en el escenario alcanzaran su plenitud.
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