En el Panteón de Belén, de la ciudad de Guadalajara, hay una tumba que está rodeada de juguetes infantiles y de restos de golosinas.
Es la tumba de Nachito, un pequeñín que desarrollo un miedo a la oscuridad, que al parecer le causó la muerte.
Aquí la leyenda.
Cuentan que en un tiempo muy lejano, tanto que bien podría ser mañana, existió un misterioso lugar rodeado de mar donde la luna jamás se ponía y el daño dejaba de doler. En este lugar insólito donde siempre era de noche (¡y nunca vio un amanecer!), sucedió que sin tener la más remota idea sobre cómo había llegado hasta allí, una joven blancuzca chapoteó desorientada sobre el siempre cálido (¿para qué las estaciones?) oleaje de aquel mar repleto de pieles de culebras mudadas y salmones y conchas sin ostras.
Siempre a oscuras (¿cómo sino los corazones iban a dejar de sentir en aquel extraño lugar?), y tan aterrada y agotada como estaba, la joven blancuzca echó una veloz mirada a su alrededor, y bajo un cielo rojo de cartulina observó perpleja el dilatado trasero de un chucho raza Crespado Chino del que acababa de salir despedida (esto es: cagada); y chapoteó y lloró lágrimas de rimmel después, blancuzca.
El can estaba aferrado a una boya y era rematadamente feo, y raquítico y tenebroso, y he aquí que justo antes de que la joven blancuzca acabara perdiendo la fe posicionando su cuerpo como un ángel abatido y sonriendo a la locura que es una excusa se dejara hundir –“¿y así de temprana y penosa será mi muerte?”, se preguntaba una y otra vez la joven blancuzca oyendo su propia voz-, de pronto decenas de farolas de luces blancas iluminaron allá en la lejanía, casi como en una nueva revelación apocalíptica, una extensa playa de arena fina. La joven, blancuzca y astuta como era, comprendió perfectamente la jugada, y, reflejándose en el agua roja el cielo rojo, ausente como estaba de estrellas, estático, comenzó a bracear desesperada hacia la orilla alejándose irremediablemente de aquel perro malcarado y sus ladridos.
El señor mutilado, febril y desnudo como estaba, con su tierno muñoncito al aire, portaba con aparente indiferencia una losa clavada en la espalda (¡con clavos descomunales y galvanizados, sí!) en la que a duras penas se podía leer grabado un triste mensaje. Y el triste mensaje decía así:
“Soy el señor mutilado y siendo yo un chiquillo mi abuelo me daba por el culo y mi padre lo aprobaba y mi madre también estaba al corriente del asunto y todos callaron, callaron todos”.
Sucedió entonces que la joven blancuzca, apenada como estaba por lo acabado de leer en aquella losa, con arqueado caminar (¡esas piernas largas siempre dispuestas a cabalgar!) se acercó un poco más al señor...
–Ho… hola, hola señor mutilado. No quisiera importunarle, de veras que no, pero no soy más que una pobre joven blancuzca que no sabe cómo ha ido a parar a este remoto lugar. Parece usted un hombre singularmente bueno y cortés, así que si no fuera molestia, ¿sería tan amable de explicarme dónde estoy?
Ahora bien, dicho esto, el señor mutilado apuró en vena el speedball sobrante y sombrío cabizbajo murmuró:
–Deja, mujer, tu vacío agasajar y no des ni un solo paso más. Deja que agarre algo de lumbre y pueda leer quién eres, muñeca. Quieta ahí –ordenó.
–Sí señor –obedeció la joven blancuzca con un ligero temblor en su voz. Y como no acabó de comprender qué quiso decir el señor mutilado con aquello de dejarlo leer, quiso saber-. ¿Qué cosa es la que quiere usted…
–¡Sshh! Silencio, pequeña –la interrumpió-. Sé buena y cállate; y no oses moverte de donde estás, no es ésta tu luz –advirtió el señor mutilado.
–¡Sí señor!, ¡sí señor! –repitió respetuosa la joven blancuzca.
Despacito, entonces, muy despacito el señor mutilado agarró una vela, y con ella hasta la joven blancuzca se aproximó dando pequeños saltitos con la única pierna que le quedaba entera. Alargó entonces el brazo con el que sujetaba la vela y lo adentró en la oscuridad, allá donde el círculo de luz blanca no alcanzaba.
–Caramba, ¿qué te parece? ¡Menudo bombón nos ha traído la mar! –dijo entusiasmado el señor mutilado mientras la iluminaba con su vela-. Sí sí, realmente hermosa, sí. Pero venga, ahora sé buena y date la vuelta. Permíteme que lea de qué huyes tú, preciosa.
–Claro, claro –respondió la joven blancuzca sin saber muy bien a qué se refería.
Y se dio la vuelta. Y clavada a la espalda en una losa igual que la suya, el señor mutilado leyó detenidamente el grabado de la piedra.
–Vaya vaya, con que eres “Soy la joven blancuzca y ¿saben?, temo tanto a la oscuridad como el marinero al imprevisto temporal. ¡Ay, cómo la temo! ¡Y es que tanto la temo!” –leyó el señor mutilado con un sutil tono burlón-. Con que eso es lo que te hizo salir cagada del chucho, ¿eh?
–¿Oh, también yo llevo una losa clavada en mi espalda, señor mutilado? –preguntó curiosa la joven blancuzca.
–¡Claro que la llevas! ¡Cómo deshacerse de ellas! Todos la cargamos en estas tierras felices que nunca vieron el albor –dijo el señor mutilado dando un rápido vistazo a las demás farolas iluminadas-, y tú, joven blancuzca, no ibas a ser menos. Aquí yacemos los que no soportábamos seguir viéndole las entrañas al condenado chucho de la boya. Cada uno vino a su modo –musitó desviando la mirada hacia la jeringuilla que le colgaba del brazo-, pero al menos aquí, sabrás joven blancuzca, el daño duele un poco menos, ¿no es cierto? ¡Aunque pese!
–¡Oh! ja ja ja –rió entonces ella-. Ya decía yo que pese a la paz inmensa que me inundó nada más llegar a esta playa, algo seguía pesando bajo mis hombros..., ¡y yo que llegué a pensar que andaba por un impío aquelarre…! ¡O en el mismísimo foso del Tártaro, ja ja ja!
Pero el señor mutilado no condescendió a responder y se dio vuelta otra vez, y anduvo hasta su farola de nuevo dando equilibrados saltitos a una pierna.
–Busca tu farola –apostrofó morigerado a la joven blancuzca-, y lárgate de aquí, preciosa.
–Muy agradecida, señor mutilado. ¿Algo más quisiera decirme?
–¡Nada… –exclamó él- sino advertirte de lo imposible que te será escapar de su luz una vez la penetres!
Y he aquí que entonces la joven, blancuzca y silenciosa vagó por la orilla sintiéndose como acabada de confesar (¡ligera, ligerísima!); y así lo hizo hasta que llegó a la segunda farola iluminada.
La brisa soplaba ahora refrescante y mansa, y a lo lejos se podía oír el rabioso ladrar del perro como el rugir de un monstruo en las profundidades del mar. La farola, igual en aspecto a la primera, alumbraba a un niño delgaducho sentado a un pupitre repleto de libros. El niño delgaducho era primorosamente cabezón, cabezón hasta lo grotesco, y tenía el cabello largo y de un pulcro rubio platino; era preciosísimo aquel pelaje dorado, aunque tal vez algo ralo, incluso descuidado si tenemos en cuenta su corta edad. El niño delgaducho leía con detenimiento uno de aquellos libros del montón de su pupitre. Uno de fantasía. Todos lo eran, de fantasía. Mientras lo leía, estiraba los brazos hacia su espalda y descascarillaba con sus uñas el grabado de la losa: tanto había rascado en la piedra aquel niño (¡cuán le dolería su pesar al niño delgaducho!) que el mensaje ya era del todo ilegible; cabe destacar, además, que el estado de sus rechonchos dedos, ahora brutalmente descarnados, presagiaban que no cesaría en su testarudo cometido.
Entretanto, sucedió que la joven blancuzca, tal como hizo en la primera farola, se detuvo justo antes de pisar el círculo de luz.
¡Niño delgaducho, niño delgaducho! – gritó.
Pero el niño delgaducho no quería escuchar. Incluso parecía incomodarle en sumo grado los gritos que con tanto ahínco profería la joven blancuzca. También su presencia. Aun así la joven, infatigable como era, blancuzca siempre, lo intentó hasta en cincuenta ocasiones más, pero a cada afanoso intento el niño delgaducho reaccionaba elevando frenéticamente el ritmo de la lectura (¡llegó a tapar sus diminutas orejas!) para no perder hilo de las aventuras que tenía entre manos. “No debes molestarlo”, se dijo en aquel momento la joven blancuzca; “no debes, no”. Y continuó con su vacilante caminar reprochándose a sí misma duramente lo inapropiado de su conducta.
Y allí, por la ribera de aquel lóbrego lugar, la joven blancuzca vagó durante años y años en la más profunda soledad. Con verdadero esfuerzo caminó noche tras noche tratando de dar con alguna farola desocupada (¿estaría nuestra joven blancuzca condenada a nunca pisar el resplandor de una farola?), pero su búsqueda resultó siempre en vano. Hizo lo imposible por cruzar unas palabras (¡y exasperada suplicó y suplicó la respuesta que nunca llegó!) con alguno de los muchísimos individuos que adueñaban las blancas luces de las farolas, pero a cambio no recibió más que silencio desalmado.
Así pues, y después de algunos trascendentales pensamientos sobre su idoneidad, dominada por la confusión –“¡debería haber farolas para todos, debería!”, gritaba la joven blancuzca sin censar- acabó por iniciar su mudo retorno hacia la boya.
Pronto pasó de largo la segunda farola, aquella donde con las manitas bien abiertas el niño delgaducho cubría su losa mientras dormía. “Que no molestes”, volvió a decirse la joven blancuzca; “que ni se te ocurra”.
Y así fue que llegó a la farola primera, donde el señor mutilado parecía estar masajeándose placenteramente los genitales.
–¿Acaso te marchas, joven blancuzca? –preguntó extrañado el señor mutilado justo cuando finalizaba su actividad.
–Pues…, en fin, sí. Sí, así es, me marcho señor mutilado, pues no hay en este desdichado lugar una sola luz donde pueda resguardarme de tanta oscuridad.
–Tal vez, joven blancuzca, eso se deba a que el modo en que viniste a esta playa no fue lo suficientemente porfiado –dijo el señor mutilado mientras ataba con los dientes un cordón en su agujereado antebrazo y agarraba una nueva jeringuilla-. Puede que se trate de una sencilla cuestión de perseverancia, muñeca.
–Ella contemplaba la luz de la farola, silenciosa. Ni si quiera abrió la boca.
–Diablos… ¿Y antes de que te vayas no querrías probar un poco de esto? –ofreció el señor mutilado relamiéndose los dedos pringosos de secreción-. ¿Ni que sea para tomar fuerzas para la travesía que te depara?
La joven blancuzca, sin embargo, se mantuvo callada. El buen señor mutilado sonrió.
–¿No?, ¿estás segura de que no quieres tomar ni siquiera una pizca? Vaya…, no me mires así, haz el favor, no me juzgues mal joven blancuzca, no soy de esa clase de depravados, no no. Es solo que de algún modo debo alimentarme, ¿comprendes? ¡Ni que sea consumiéndome a mí mismo, ja ja ja! En fin, que te vaya bien joven blancuzca, que ya vendrán tiempos mejores, ¡no pierdas la esperanza!
Y como absorta mirando la luz de la farola, la joven blancuzca contestó:
–¿Cómo perder lo que nunca se llegó a soñar, señor mutilado? ¿Cómo hacerlo?
Y así, sin adioses de por medio, la taciturna joven blancuzca pisó de nuevo la calidez del mar con el gesto derrotado y valiente, tanto como el que sabe de la superioridad del enemigo en la batalla y aun así no tuerce el rumbo. Con heroico esfuerzo logró alcanzar a nado al tenebroso Crespado Chino, que continuaba asido a la boya con su siempre semblante hosco. Entonces el chucho la vio llegar, y dejó de ladrar y esbozó la sonrisa propia de los ganadores. La joven blancuzca, no sin recelos, se arrimó al Crespado Chino y adentró los brazos hasta el fondo de su trasero, y era blando y grumoso al tacto. Luego aguantó la respiración y acabó introduciendo su perfecto cuerpecito en la negrura. Hasta el fondo. Todo entero. Y cerró los ojos y se limitó a flotar.
···
Cualquier día al anochecer, en diciembre. La joven blancuzca, arrojada de nuevo al mundo real, abrió al fin sus ojos color caramelo y volvió al doloroso conocimiento; ya saben, ese que zanja la ilusión de los desmayos (¡ese bendito olvido transitorio de existencia, ay!) que despierta y evoca y que ríe y devuelve al viviente (¡oh!) de nuevo a lo sufrido de la carne. Porque, en efecto, la joven blancuzca había gozado de un perecedero episodio sincopal (¡y dijo adiós muy buenas, trasmundo!).
Se cuenta que desveló tirada sobre la profunda oscuridad de una habitación de motel de carretera. Una coqueta cama de doscientos quince centímetros de longitud por noventa y seis de ancho –estructura de madera; sábanas de franela a cuadros escoceses, algo roídas por el uso- y una bombilla fundida que como un ahorcado colgaba de un cable en el techo desconchado, completaban el escaso mobiliario de la estancia. Que estaba sola (¡siempre sola!), se dice; y afuera no se oía más que el caer de mil hojas secas que como mil truenos rajaban el viento. Una asfixia espantosa se le multiplicaba a cada jadeo a la joven blancuzca (¡habladurías, habladurías!) y colmaba su pecho, estrangulando su alma como si un ofidio constrictor la abrazara con la ternura de una madre. Que “¡dónde está la luz!”, aseguran las lenguas más dramáticas que entonces gritó la joven blancuzca como poseída por una horrible afección nerviosa. Que “¡dónde se ha metido mi luz!”, dicen que repitió con desespero.
Angustia, también se cuenta que sentía, muchísima angustia; más que ninguna otra mujer haya sentido en el mundo. Que ni siquiera espectros de sombra era capaz de distinguir entre las tinieblas de la habitación. Y que así, inmersa en aquella oscuridad que tanto la aterraba, alzó su cuerpo empapado de vino (¡tan joven y blancuzco él, pálido palidísimo, casi cadavérico!) y peregrinó a tientas, pasito a pasito, por las rugosas paredes del habitáculo hasta dar con el roce liviano de unas cortinas. Que sollozante enfurecida las corrió de un tirón y abrió hacia fuera las puertas de la ventana (¡solo cerradas a la vida ajena y al frío viento de invierno!) bien ansiosa, pues la ansiedad ya era en aquel momento del todo insoportable.
Y es que se dice que al otro lado de la ventana había una luna tan inmensa que el cielo partía; que era tan grande que ni siquiera hubiese necesitado de noche para resplandecer. Y que olía a guiso de salmón y a hiedra húmeda, ahí afuera.
“Al fin hay paz que me devore”, pensó la joven blancuzca. Ahora sí. Sí entonces.
Y así fue que mientras el resplandor de la luna distinguió a las claras el morado hundimiento de sus ojeras, un fuerte vendaval azotó las nubes, que se desplazaron por el firmamento con la ligereza de un gato salvaje hasta cubrir la totalidad de la luna. Media docena de pajaritos saltaron asustados de las ramas despojadas, desprovistas del menor atisbo de vida, y emprendieron así el vuelo hacia el sur. No serían mayores que el tamaño de una lata de refrescos, esos pajaritos.
–¡Apartad apartad, os lo ruego apartad! –suplicó la joven blancuzca con los ojos hechos brasa mientras alzaba las manos hacia las nubes. Luego las agitó de un modo espasmódico, tratando de apartarlas así, a golpe de manotazo-. ¡Fuera de mi luz, permitidme iluminar! ¡Dejad que brille blanca, dejad! ¡Que duela de luz, que hiera, si eso quiere! ¡Que queme de luz, si eso desea! ¡Que llague y de la llaga nazca una flor, si es que lo ansía! ¡Pero apartad apartad, os lo ruego apartad de mi luz!
Y que esto clamando acabó por caer del ímpetu, cuentan. Y que en mitad de la caída la joven blancuzca seguía agitando las manos hacia el cielo (¡tan infatigable como era!), se dice. Que ya retorcida en el suelo –la inclinación del asfalto, la lágrima, lo descoyuntado del cuello-, cuando apenas un halo de vida le restaba, vio cómo las nubes dieron paso de nuevo al fulgor de una luna que en su dulce agonía (¡eso sí era paz!) la hizo brillar como la plata pura. Y una hoja seca se posó sobre su cuerpo partido de huesos.
Y que apenas si pestañeaba la joven blancuzca por aquel entonces, se dice. Que casi no lo hacía, que cada vez menos, aseguran. Que al fin ya era todo oscuridad, se cuenta. Que allí estaba ya su luz.
Soy noctambulo, a pesar de mi nictofobia y de las amenazas de mis padres, más soy noctambulo porque en la noche encuentro consuelo para mis llantos guardados, encuentro reflexión, e inspiración y últimamente me recuerda a sus ojos hipnóticos y su cabello aventurero, soy noctambulo porque soy amante de soñarle despierto