Detestaba los hospitales, pero no podía simplemente marcharse de allí ---en realidad, sí podía, pero para eso tenía que asegurarse que ningún enfermero o personal de seguridad la viera andar por los pasillos y eso, teniendo en cuenta que no podía dar más de dos pasos sin quejarse por el dolor que sentía en su abdomen, era algo difícil. Soltó un bufido y volvió a dejar caer su cabeza contra la almohada, observando el techo blanco sobre ella; detestaba la falta de color del lugar. Al sentir que alguien golpeaba la puerta, la castaña giró su cabeza, con el ceño fruncido. “Pase,” dijo, lo bastante alto para que la otra persona escuchara.











