Con el cabello recogido y arreglado como nunca, la castaña alemana caminaba por las calles del barrio con el propósito de ir a dejar una solicitud de empleo a una importante empresa. Vestida con una falda negra (de un largo más elegante que el que suele usar en sus shorts cortos) y una blusa blanca abotonada, parecía casi impecable-- el look que la haría irreconocible. Sigue en el barrio a pesar de las adversidades con su familia (la cual, al fin, ha decidido irse poco a poco, restando ella) pero, por cosas de la vida, se ha quedado desempleada y con algunas deudas que pagar, empezando por su apartamento, el cual ya casi llegan a embargar. Cuando sus ojos cruzan miradas con alguien más en la acera, se sorprende de que le reconociera vestida así, como secretaria cuarentona, y abre los ojos con una sonrisa avergonzada, para proseguir intentando mirar al suelo, a ver si se alejaba y se evitaba esa frase de ‘¡wow! ¡hasta pareces santa!’. Igual no lo logra, puesto a que esa persona que acerca a ella.











